domingo, 10 de junio de 2018

La gorda que no se mojaba


Si existe el Más Allá estoy segura que el funcionario de Aduanas que se encarga de revisar tu paso por la vida me miraría con el ceño fruncido y dispararía algunas preguntas difíciles de responder con lógica.
—Aquí pone que vivió 15 años en la costa del Mediterráneo y apenas se bañó en él, ¿a qué se debe?

"No me gusta nadar en el mar".
"Tenía la regla".
"No quería perder de vista los niños".
"El trabajo de temporada me dejaba molida".

En realidad las pocas veces que pisaba la playa ni siquiera llevaba bañador. Yo era la gorda que no se mojaba. Las contadas excepciones fueron en playas perdidas, al frente de las fábricas químicas de mi pueblo, donde van los pescadores, las mascotas y las acomplejadas.
"Así nadie nos molesta" decía.
Mi cuerpo era el fracaso evidente de cada verano, una tarea pendiente, el responsable de todo lo malo, un talón de Aquiles de 75 kilos.
Defendía el derecho de las mujeres a hacer de su cuerpo lo que quisieran pero a mí que me dejasen tapar el mío que era un amasijo de varices, celulitis y tejidos flácidos.

Y mi cuerpo se cansó de tanta agresividad, tanto odio y tanta vergüenza. Dejó vía libre al dolor para que entendiese. Llevaba años batallando con un par de enfermedades en solitario. Mi cuerpo era un héroe que hacía lo que podía y mi cabeza quejándose de tonterías. Casi puedo imaginar una reunión de órganos con el cerebro en el banquillo de acusados. Necesité pisar el borde del abismo para reaccionar.

Si eres de las que siempre salen al fondo de la foto grupal, las que se tapan con los niños, las que se hacen selfies solo de la cabeza y mirando hacia arriba para disimular la papada, las que no pisan la piscina comunitaria y antes una lipotimia que quitarse ropa tengo algo que contarte.
Esa cárcel no tiene puertas y aquí fuera somos muchas esperándote.

Tengo unas cuantas cicatrices nuevas, un pastillero muy organizado, 15 kilos más y un bikini para estrenar. Este verano me saldrán branquias.


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miércoles, 14 de febrero de 2018

El camino que lleva hacia ti






Hace un año tuve el mejor San Valentín de mi vida. Había participado en el sorteo de la obra de un escultor que admiro, Roberto Reula Gómez. Estaba tan ilusionada que puse la alarma del móvil para no perderme el directo en Facebook. Cuando el artista dijo mi nombre empecé a gritar de alegría como hacía años no hacía. Ni la groupie más fanática debe haber sonado igual de eufórica al teléfono. El hombre reía mientras apuntaba mis datos para enviar el premio.
Llevaba una racha de sopapos variados y el horizonte pintaba negro. De repente la vida, el universo o el niño gigante que juega con nosotros me mostraba su mejor cara.  Al día siguiente escribí esto en mi muro.

ARTE

Recuerdo cada detalle del día en que su escultura me emocionó. 
Fue un flechazo, un síndrome de Stendhal de andar por casa. 
En medio del agobio de la rutina sus figuras llegaron hasta el fondo de mi alma.
Como aquel día en que la sacristía del Convento de Guadalupe me aflojó las rodillas 
o la mañana en que el Salón de los Embajadores de la Alhambra me dejó sin habla. 
El arte no pide permiso ni da explicaciones, pone patas arriba tu mundo
 y te recuerda las cosas realmente importantes.
Por los designios de la Fortuna, la generosidad de un escultor maravilloso y el romanticismo del dueño de una imprenta de Orihuela, en mi hogar hay un original de Roberto Reula Gomez
Tendrá un sitio de honor como se merece y desde allí será ejemplo de la manera en que uno se enfrenta a las dificultades: desnudo, con la frente alta y sin miedo al camino que recorrer.


La escultura se llama "El camino que lleva hacia ti". Fue un presagio, sin duda. En este año he recorrido una senda intrincada que me ha llevado hasta mi esencia. Encontré dentro las fuerzas que creía externas, acepté las cartas que me han tocado y decidí divertirme mucho mientras dure la partida. Publiqué un libro, estoy escribiendo el segundo y he aprendido a quererme como esperaba que me quisiesen los demás.
Ah, el hombrecito de la escultura tiene un tratamiento químico especial que le otorga una fosforescencia bellísima en la oscuridad. Será que muchos necesitamos una época oscura para encontrar nuestra luz.


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Si quieres conocer más del trabajo de Roberto pasa por aquí.






sábado, 6 de enero de 2018

Mañana de Reyes


Amaneció este seis de enero con el sabor amargo de la casa en silencio. Los padres que compartimos el tiempo de nuestros hijos sabemos que es lo que toca pero no por eso es menos triste. Una tristeza domada a base de años, de las que pinchan un poco como las cicatrices viejas.
Puse una lavadora y decidí limpiar el escritorio sin encender el ordenador. No tenía el ánimo para redes. A veces uno limpia para ver fuera lo que necesita dentro, para silenciar esa música de violines que a nuestro yo dramático le gusta poner en los días grises.
En esas estaba, sacudiendo el teclado para resetear su memoria de galletas molidas, cuando sonó un mensaje en el móvil. Mi amigo José mandaba uno de sus audios. Él es un digno hijo de Castilla que llegó de los primeros el día que repartían voces y por eso le tocó una de las más bonitas. Lo hemos convencido entre varios de que lee bien y tras batallar con las tecnologías se ha convertido en un entrañable narrador de relatos propios y ajenos. Por eso recibir uno de sus audios siempre es una buena noticia. No tienen título ni aclaración previa por lo que toca estar atento para descifrar la autoría.
Le di al Play mientras dejaba el móvil sobre la mesa para seguir limpiando comedor y alma. Las palabras comenzaron a flotar y el tintineo inusual de su voz me dio una pista. Sólo lee así cuando el texto lo ha acompañado desde la infancia. Las frases me sonaban muchísimo y cuando estaba a punto de decirlo sonó el nombre. Platero.
Desapareció el comedor, el trapo y la tristeza. Volví a tener en mis manos aquel ejemplar forrado de azul como mandaba la maestra, me escabullí de nuevo entre las mantas para robar un rato más de lectura al toque de queda nocturno de mi madre, y soñé otra vez con esas tierras del otro lado del mar donde los hombres pronunciaban las zetas.
Comprendí que treinta y cinco años después he podido ver con mis ojos los campos donde ese burro jugaba con mariposas blancas, que los niños son felices con poco en todos los rincones del mundo y que la mañana de Reyes no puede ser triste si la niña que fui me mira a los ojos y sonríe.
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domingo, 10 de diciembre de 2017

Mi árbol





Suelo sonreír cuando escucho las críticas a la Navidad como celebración comercial. Para mí siempre ha sido una época especial, de las pocas que podía ver al resto de mi familia. Un zafarrancho de costumbres variopintas producto de la integración cultural argentina. Sidra, pan dulce (panettone), turrón de cacahuetes, vitel toné y regalos debajo del árbol a las doce de la noche.
El árbol. Mi preferido era el de mi abuelo, tenía como treinta años y unas ramas de plumas teñidas de verde. Un Papá Noel de cuando mi mamá era chica con una barba de algodón carcomida, unas bolas de vidrio finísimo que iban cayendo como soldados en combate y unas guirnaldas de felpa eran los adornos. Nunca hubo presupuesto para luces. Lo adoraba y a la danza de comida, vestidos de tirantes, petardos y lágrimas melancólicas que se formaba alrededor.
Cada 8 de diciembre de mi vida adulta he montado el árbol. No he faltado a esa tradición ni en el primer diciembre en este lado del mundo. Mi árbol europeo ha ido creciendo en estos quince años de navidades invernales. Está torcido y es hortera como pocos. En sus ramas de alambre y plástico cuelgan las tarjetas/manualidades del cole, que son las protagonistas de las discusiones tradicionales sobre autoría. Hay poemas en castellano, en inglés y en catalán, estrellas de cartulina con deseos de trabajo para todos que llevan una década sin cumplirse, muñecos de nieve hechos con calcetines, una punta dorada que hemos arreglado mil veces y dos hilos de luces que coronan la esperpéntica decoración. Las dos veces que el desamor tocó mi puerta y hubo que partir peras lo tuve claro: mis hijos y el árbol. El resto era intrascendente.
Al poner el trapo que tapa las patas apuntaladas con cartón lo miro una vez más y me vuelvo a enamorar. Cómo no quererlo si tiene quince años de caricias de mis enanos, horas de peleas sobre el orden de los adornos, cientos de sonrisas recordando anécdotas de otras Navidades, y el abrazo que nos damos cuando terminamos de armarlo.
Mi arbolito de Navidad, el dios pagano de la República de mi casa, emocional y destartalado como yo. Que la vida nos permita celebrar muchos años juntos y que algún día alguien te recuerde con el mismo amor que yo al de las plumas verdes.

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