sábado, 6 de enero de 2018

Mañana de Reyes


Amaneció este seis de enero con el sabor amargo de la casa en silencio. Los padres que compartimos el tiempo de nuestros hijos sabemos que es lo que toca pero no por eso es menos triste. Una tristeza domada a base de años, de las que pinchan un poco como las cicatrices viejas.
Puse una lavadora y decidí limpiar el escritorio sin encender el ordenador. No tenía el ánimo para redes. A veces uno limpia para ver fuera lo que necesita dentro, para silenciar esa música de violines que a nuestro yo dramático le gusta poner en los días grises.
En esas estaba, sacudiendo el teclado para resetear su memoria de galletas molidas, cuando sonó un mensaje en el móvil. Mi amigo José mandaba uno de sus audios. Él es un digno hijo de Castilla que llegó de los primeros el día que repartían voces y por eso le tocó una de las más bonitas. Lo hemos convencido entre varios de que lee bien y tras batallar con las tecnologías se ha convertido en un entrañable narrador de relatos propios y ajenos. Por eso recibir uno de sus audios siempre es una buena noticia. No tienen título ni aclaración previa por lo que toca estar atento para descifrar la autoría.
Le di al Play mientras dejaba el móvil sobre la mesa para seguir limpiando comedor y alma. Las palabras comenzaron a flotar y el tintineo inusual de su voz me dio una pista. Sólo lee así cuando el texto lo ha acompañado desde la infancia. Las frases me sonaban muchísimo y cuando estaba a punto de decirlo sonó el nombre. Platero.
Desapareció el comedor, el trapo y la tristeza. Volví a tener en mis manos aquel ejemplar forrado de azul como mandaba la maestra, me escabullí de nuevo entre las mantas para robar un rato más de lectura al toque de queda nocturno de mi madre, y soñé otra vez con esas tierras del otro lado del mar donde los hombres pronunciaban las zetas.
Comprendí que treinta y cinco años después he podido ver con mis ojos los campos donde ese burro jugaba con mariposas blancas, que los niños son felices con poco en todos los rincones del mundo y que la mañana de Reyes no puede ser triste si la niña que fui me mira a los ojos y sonríe.
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domingo, 10 de diciembre de 2017

Mi árbol





Suelo sonreír cuando escucho las críticas a la Navidad como celebración comercial. Para mí siempre ha sido una época especial, de las pocas que podía ver al resto de mi familia. Un zafarrancho de costumbres variopintas producto de la integración cultural argentina. Sidra, pan dulce (panettone), turrón de cacahuetes, vitel toné y regalos debajo del árbol a las doce de la noche.
El árbol. Mi preferido era el de mi abuelo, tenía como treinta años y unas ramas de plumas teñidas de verde. Un Papá Noel de cuando mi mamá era chica con una barba de algodón carcomida, unas bolas de vidrio finísimo que iban cayendo como soldados en combate y unas guirnaldas de felpa eran los adornos. Nunca hubo presupuesto para luces. Lo adoraba y a la danza de comida, vestidos de tirantes, petardos y lágrimas melancólicas que se formaba alrededor.
Cada 8 de diciembre de mi vida adulta he montado el árbol. No he faltado a esa tradición ni en el primer diciembre en este lado del mundo. Mi árbol europeo ha ido creciendo en estos quince años de navidades invernales. Está torcido y es hortera como pocos. En sus ramas de alambre y plástico cuelgan las tarjetas/manualidades del cole, que son las protagonistas de las discusiones tradicionales sobre autoría. Hay poemas en castellano, en inglés y en catalán, estrellas de cartulina con deseos de trabajo para todos que llevan una década sin cumplirse, muñecos de nieve hechos con calcetines, una punta dorada que hemos arreglado mil veces y dos hilos de luces que coronan la esperpéntica decoración. Las dos veces que el desamor tocó mi puerta y hubo que partir peras lo tuve claro: mis hijos y el árbol. El resto era intrascendente.
Al poner el trapo que tapa las patas apuntaladas con cartón lo miro una vez más y me vuelvo a enamorar. Cómo no quererlo si tiene quince años de caricias de mis enanos, horas de peleas sobre el orden de los adornos, cientos de sonrisas recordando anécdotas de otras Navidades, y el abrazo que nos damos cuando terminamos de armarlo.
Mi arbolito de Navidad, el dios pagano de la República de mi casa, emocional y destartalado como yo. Que la vida nos permita celebrar muchos años juntos y que algún día alguien te recuerde con el mismo amor que yo al de las plumas verdes.

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sábado, 15 de julio de 2017

Roberto Bolaño

Hace 14 años se apagaba la vida de unos de los mejores escritores 
que ha dado la literatura latinoamericana en el siglo XX, Roberto Bolaño.
Vivió la mitad de su vida en España y recorrió sus ciudades sin apenas llamar la atención. Como a tantos otros grandes maestros de las letras, el éxito sin cuestionamientos 
le llegó después de la muerte.
A modo de sencillo homenaje compartiremos la lectura del primer capítulo de 
una de sus novelas más famosas, "Los detectives salvajes", en la voz del escritor J.D. Martín.








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martes, 4 de julio de 2017

Firmas


     La primera firma de mi vida se pierde en la memoria de la infancia. Cuando no sabía hacerla dibujaba cuatro monigotes: una nena, un perro, una casa y un sol. Era mi manera de firmar las cartas kilométricas que mi madre escribía a mi abuelo. La escenificación de un “Yo estuve aquí” que repetí en algún pupitre escolar y en las poesías que escribía en aquella época. Con grandes círculos y tachones o pequeñita con subrayado titubeante, dependiendo del ánimo de ese día.
     Luego vendría el graduado y el primer contrato de trabajo. Los papeles van cambiando de tamaño e importancia con el correr de los años, el trazo se vuelve seguro y cuando menos lo esperas estás firmando delante de una jueza mientras la familia aplaude, tu madre llora y tu flamante marido te da un beso en la boca con más nervios que arte.
     Haces planes, desordenas sábanas y discutes por tonterías. Exiges a tu compañero de aventuras la devoción y equilibrio de un monje tibetano y después de deshojar media docena de calendarios ya has firmado una libreta de familia. Tiemblan las convicciones y tu otrora palacio es una habitación pequeña de la que dos rinocerontes intentan escapar derribando las paredes. Las promesas que has hecho por escrito se convierten en papel mojado, de lágrimas básicamente. Toca mirar hacia donde no quieres, asumir que el acuerdo ha terminado y repartir lo más preciado, el tiempo de tus hijos.
     Nunca olvidaré ese día tan importante. Juro que al firmar el final pude oler las flores del principio, pero esta vez no había aplausos ni familia cerca. Salí del juzgado y caminé sola hasta la estación. Los primeros pasos del camino que me llevaría de vuelta hacia mi esencia.
     Si me hubiesen explicado que tardaría unos años, pero conseguiría hacer las paces con los demonios de fuera y de dentro; que bajaría hasta lo más profundo y allí encontraría el amor propio que había perdido; que dejaría de cuestionar a los espejos y escucharía en cambio las historias de vida de los que me rodeaban habría preguntado sin dudar.


—¿Dónde hay que firmar?
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