sábado, 28 de diciembre de 2013

¡Ánimo!

Más allá de la costumbre, va esta entrada porque me apetece decir algunas cosas.
Gracias por el cariño y el apoyo, soy más que feliz de tenerlos en este espacio.




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miércoles, 25 de diciembre de 2013

La olvidada costumbre epistolar




Querida Antonia:

Te escribo esta carta porque ayer por la tarde cuando te llamé, entre mi resfrío y tu sordera, me pareció que no entendías quién era. “Saludos a tu marido” dijiste al despedirte. Y, que quieres que te diga, espero que falte mucho tiempo para que pueda darle tus recuerdos a mi Paco, que en gloria esté.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Deseo Concedido



El murmullo que venía desde la cocina lo despertó. El dolor de estómago con el que se había acostado lo estaba esperando intacto cuando se movió. ¿Habrían escuchado su pedido? Se frotó los ojos y apoyó los pies en el suelo. Frío. Las estufas ese invierno eran un adorno más de la casa porque no había dinero para encenderlas. Eso había dicho su madre mientras le ponía otra manta en su camita. Esta tenía que ser la mañana más bonita del año, pero él tenía miedo. Miedo de no haberlo conseguido. Miedo de no poder cambiar la tristeza que tenía presa a la sonrisa de su padre. Caminó despacio con el corazón repicando en el cuello. El olor a chocolate caliente le despertó la nariz. Lo había traído la abuela ayer. Él había escuchado como le decía a su madre
-Vamos, no llores, ya verás como las cosas se solucionan. Venga que no te vea así.
La cabeza de su madre perdida dentro de los brazos, parecía la de una niña más pequeña que él.
Repasó mentalmente, durante el trayecto por el pasillo, las buenas acciones que había hecho. Se había duchado sin protestar, le había dejado los juguetes a su hermanito aunque  los rompiese, le había dado besos a su tía Emilia aunque pinchase y ni una sola vez había molestado a su padre cuando miraba sin mirar la tele en el sofá. Se lo merecía.
Al pasar por la cocina escuchó el grito ahogado de su madre. Los vio. Su padre sonreía y la abrazaba. Los dos daban saltos de alegría.
-Se lo confirmó el encargado anoche pero como era tarde mi primo esperó hasta ahora para avisarme ¡Comienzo el lunes a las 7!
El estómago desató su nudo, y sus manitos aplaudían nerviosas. La sonrisa le llegó hasta los lóbulos de las orejas y caminó triunfal hasta el comedor para sentarse a la mesa y revolver el tazón de chocolate. Su madre, que no lo había visto aún, apareció con su hermanito en brazos.
-Juan, mi cielo, buenos días ¿Es que no vas a ver lo que te dejaron los Reyes?
 Juan negó sonriendo con el bigote marrón. Él ya tenía exactamente lo que había pedido.


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domingo, 15 de diciembre de 2013

Rito


Como cada diciembre acudió a la cita. Eligió una mañana soleada en que el viento dibujaba en el mar pequeñas olas. Le gustaba escuchar el arrullo del agua. El azul turquesa del Mediterráneo que no dejaba de fascinarla.
Como las otras nueve veces anteriores se quitó los zapatos acomodando los calcetines prolijamente dentro, y se acercó a la orilla. La brisa jugó con su pelo y enfrió la punta de su nariz. Tomó aire, cerró los ojos y entró en el agua. Lo justo para que le cubriese los pies.
Abrió los brazos en toda su longitud y lo sintió. La memoria abriendo telón. El agua que todo lo conecta. El Mediterráneo uniéndose con el Atlántico y el océano acariciando su tierra. Al sur, muy al sur. Volvió. Desanduvo  miles de kilómetros y regresó por un momento al verano familiar de diciembre. A la mesa navideña preparada en el patio, a los farolillos de papel que encendidos vuelan al cielo, a su madre maquillándose delante del espejo, a la casa inundada de olores exquisitos, a las ausencias tan presentes esa noche, a las raíces, al hogar de antaño.
- Mamá.
Esa voz la devolvió al presente. Se giró con una sonrisa humedecida. Corrió a abrazarlo. Su catalán favorito. Le cogió esas manos diminutas y dando vueltas lo hizo volar.  Acabaron en la arena ,  bañados de sol y risas. Era feliz, mucho más de lo que alguna vez hubiese imaginado.

Es que para conocer a algunas personas vale la pena cruzar medio mundo.

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lunes, 9 de diciembre de 2013

Historia Austral


En la libertad que daba la siesta materna, María se trepaba a las paredes del patio. Fijaba sus dedos finos en los bordes de los ladrillos y maldecía la obsesión de su madre en vestirla con falda, calcetines con puntilla y zapatos abotonados. Diez años era una edad más que suficiente para decidir qué ropa usar. Tenía cuidado de no arañarse la piel con la enredadera y llegaba a la cima con los cachetes rojos y la rebeldía intacta. Caminaba por las alturas, un pie delante del otro, jugando a ser equilibrista. Cuando llegaba a su esquina favorita se sentaba apoyada en una pared más alta y sacaba el libro de turno. Las dalias manchaban de naranja el verde salvaje del jardín y su tortuga Manuela concluía su travesía de día completo, bajo el jacarandá. Las sábanas tendidas vestían la brisa. Un mundo predecible.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Nunca Más

 Crédito Imagen






Amanece. El grifo roto deja caer su repetida gota sobre la pica de la cocina que en un tiempo remoto fue blanca. Los azulejos de la pared guardan restos de grasa de pretéritas comidas. El motor de la nevera arranca ignorando el vacío de su interior. Sobre el estante una radio pequeña parlotea sus buenos días. Por la ventana asoma un mar de tejados grises bajo los cuales incontables luces dan comienzo al día, más por costumbre que por convencimiento. La ciudad bosteza de hastío y suelta su aliento dantesco desde los tubos de escape y los respiraderos del Metro.

Él está sentado a la mesa. La vista fija en un punto remoto desde hace horas. Los ojos inyectados en sangre y las ojeras lilas son una ínfima muestra de su tormento. No recuerda la última noche que durmió sin sobresaltos. Ella ha vuelto. La encuentra en los rincones de su casa, unas veces riendo, otras llorando. Pero siempre con la misma mirada vacía. Intenta acercarse, la nombra, pero ella se aleja. Desaparece al contacto de sus dedos y su cabeza ya no reconoce el sueño de la vigilia.

Pensaba, es más, estaba convencido de que había controlado a sus demonios. Nada más lejos de la verdad. Las heridas están abiertas y el dolor ha aniquilado la cordura. Sobre la mesa desvencijada hay una piedra de afilar, él fija en ella la vista y comienza a frotar el cuchillo que tiene en sus manos. Hacia arriba y hacia abajo, como la bilis amarga que le recorre el esófago. Arriba y abajo, como repetía escaleras ella cuando se olvidaba las llaves. Arriba y abajo, como el cuadro que cambiaba de sitio cada verano. Arriba y abajo, como su mano saludándolo desde el autobús.

Hoy es el día. Sabe lo que tiene que hacer y no duda. Ha pagado una pequeña fortuna por la información que necesita. Recorre las seis calles y ocho paradas de Metro en apenas un momento. Una niebla densa borra el contorno de las imágenes, sólo piensa en el tacto frío de la hoja metálica que esconde el bolsillo de su abrigo.

El bar señalado hace esquina y tiene la fachada acristalada. Desde la otra acera puede verlo sentado en la barra. Valió la pena el precio que pagó por el dato. No ha cambiado mucho, un poco más gordo quizás. El mismo semblante de oficinista rutinario. Debe esperar, porque de otra forma alguien podría estropear sus planes. Se refugia en la entrada de un edificio con vista despejada hacia la puerta del bar. Un par de horas más tarde sale su hombre. La calle está casi desierta, unos pocos transeúntes y un coche aparcado con dos hombres dentro. El hombre del bar se enciende un cigarro y sigue caminando. Él cruza la calle sin hacerse notar y comienza a seguirlo. Se adentra en las callejuelas y antes que pierda su rastro se acerca y le habla

—Perdona, ¿tienes fuego?

El hombre se gira y lo mira mientras él recorta distancias. Cuando está lo suficientemente cerca saca el cuchillo y se lo clava en la garganta con tanta fuerza que la punta queda enganchada en un hueso. Con la mirada desorbitada el hombre cae al suelo e intenta sin éxito sacar el arma de su cuello. La sangre forma burbujas en su boca.

Él se arrodilla apoyando una mano en el pecho del otro. Las mandíbulas apretadas apenas dejan oír su voz

—Descansa, mi chiquita, descansa.

Siente unas manos fuertes que lo cogen por los brazos y lo empujan contra la pared. Son los dos hombres que estaban en el coche. Uno lo mantiene de pie contra la pared y el otro se agacha a mirar al herido que abre la boca intentando respirar.

—Tranquilo, ya está hecho. A este cabrón le quedan 5 minutos como mucho —dice el que se ha agachado mirándolo a los ojos— ¿Cuál era la tuya?

Ahora él entiende, son los policías de paisano que debían vigilar a ese monstruo por un tiempo.

—Alicia…la tercera para él. La única para mí.

—En diez minutos voy a llamar a la ambulancia para asegurarme de que no haya reanimación posible. Vete cagando leches y piensa que nos has hecho un favor a todos.


Tambaleante y aturdido vuelve sobre sus pasos. Al bajar la escalera de la estación escucha las sirenas. Muchas otras Alicias tienen ahora un futuro, uno que ningún burócrata de Estrasburgo pueda truncar.





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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Despertar


Mi hija ha vuelto del colegio distinta. Le ha cambiado la mirada. Es un cambio minúsculo pero las madres tenemos visión de águila e intuición infalible. Sé perfectamente lo que le pasa.
En el último año de la primaria mi excentricidad era más que evidente. Los libros me habían dado tanta información, tantas emociones, tanto vocabulario que para mis compañeros era lisa y llanamente “la extraterrestre”. Y no sólo destacaba a nivel intelectual sino que, como si no tuviera suficiente, mi cuerpo había crecido tan rápido como mi mente. Medía 1,70m, lo que me convertía en la más alta del colegio entero. Ni siquiera las maestras superaban mi estatura. El pelo largo, cual Rapunzel y una forma conservadora de vestir. Conservadora porque la ropa venía “conservándose” desde hacía varios años entre los primos que la cuidábamos cual dote familiar. A una no le quedaba más remedio que poner cara de “auténtica”, con la frente bien alta y los dedos entumecidos dentro de los zapatos pequeños.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Reparto Estelar

Hace pocos días hemos iniciado este proyecto. Digo "hemos" porque La Lunática no habría podido ver la luz sin la inapreciable colaboración de Ana. Adolescente autodidacta que se ha sumergido de lleno en su última pasión: plasmar virtualmente las imágenes que pueblan su cabeza.
Juntas, pues, pasamos horas desentrañando códigos HTML para conseguir una mísera flecha. Nos miramos y decimos al unísono "Tanto lío para esto?!!!" Pero luego chocamos las manos con satisfacción por nuestra bellísima flecha verde.
Las ventanas de luz por las que nos comunicamos, además de comernos dioptrías, abren nuestros pensamientos hacia los demás. Ésta en particular, no tiene más pretensiones que la de compartir un buen rato contigo, que ahora recorres estas líneas. Seas bienvenid@, que disfrutes del paseo



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lunes, 4 de noviembre de 2013

Final


Era la última vez que él entraba en esa casa con algún derecho de propiedad y ambos lo sabían. Los niños utilizaban el recurso del avestruz, sumergidos en sus pantallas, para huir de la tormenta cercana.
Mientras él recogía sus cosas del garaje, ella bajaba las escaleras con preguntas. La conversación comenzó cordial, pero había tanta tristeza y dolor en el aire que la furia no tardó en aparecer. Las heridas sangrantes le hicieron los coros a una música de gritos. Las causas y los insultos pueden variar, pero el final del amor provoca la misma puñalada en todos.
Ella subió a la habitación con la voz y los brazos en alto y él la siguió replicando. La prudencia, el respeto y la memoria iban agonizando con sus pasos. Ella abrió el armario y arrancó la ropa de hombre que aún lo habitaba. Tiró de ella con fuerza para arrancar también los recuerdos, el perfume, la ausencia que nunca había ocupado tanto sitio, la frustración y el desasosiego.
¿Cómo iba a seguir adelante sin él? ¿Quién iba a intuirle la niebla o las ganas? Lo vio de pie, pálido sin atreverse a cruzar la entrada de su paraíso compartido. Lo empujó fuera y cerró la puerta. Para no gritarle, para no suplicarle, para no mostrarle el miedo que ganaba la batalla, para que no viera como caía de rodillas doblada por el llanto.
Él escuchó el sollozo con la cara pegada en esa puerta, acariciando el sitio donde oía a su amor. Sólo quedaba el pasado. Los veinte años de ritos y rutinas. El presente mostraba la sinrazón de dos que sólo saben herirse porque se han perdido el rastro hace mucho. Y sin presente el futuro es una quimera. Apretó los puños para aferrar lo poco que quedaba de su hogar. Sintió el líquido caliente que desbordaba los ojos y le pareció sangre de tan amargo. Dijo sin voz el “te quiero” más sincero de su vida y se marchó. Cruzó la puerta de calle y el frío de la noche lo recibió inmisericorde.


Ella lo observó alejarse desde la ventana y sintió cómo morían las caricias en la punta de sus dedos. En sus retinas volvía a ver aquel adolescente asegurándole amor eterno. Y comprendió que “siempre” es una palabra despiadada que no cumple sus promesas.

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Rivalidad





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domingo, 3 de noviembre de 2013

Reunión






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Perdidos



¿Hacia dónde? ¿Cuál es el camino? Los pájaros se han comido las migas y las piedras de Hansel no se distinguen de las demás. Cenicienta ha vuelto a su trabajo de limpieza después que al príncipe lo encarcelaran por malversación de fondos y la Bella Durmiente ha encontrado un tratamiento efectivo para su narcolepsia.
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