miércoles, 13 de noviembre de 2013

Despertar


Mi hija ha vuelto del colegio distinta. Le ha cambiado la mirada. Es un cambio minúsculo pero las madres tenemos visión de águila e intuición infalible. Sé perfectamente lo que le pasa.
En el último año de la primaria mi excentricidad era más que evidente. Los libros me habían dado tanta información, tantas emociones, tanto vocabulario que para mis compañeros era lisa y llanamente “la extraterrestre”. Y no sólo destacaba a nivel intelectual sino que, como si no tuviera suficiente, mi cuerpo había crecido tan rápido como mi mente. Medía 1,70m, lo que me convertía en la más alta del colegio entero. Ni siquiera las maestras superaban mi estatura. El pelo largo, cual Rapunzel y una forma conservadora de vestir. Conservadora porque la ropa venía “conservándose” desde hacía varios años entre los primos que la cuidábamos cual dote familiar. A una no le quedaba más remedio que poner cara de “auténtica”, con la frente bien alta y los dedos entumecidos dentro de los zapatos pequeños.

Con el final del colegio llegó la noticia de que, por el trabajo de mi padre, debíamos mudarnos a la otra punta del país. El último día antes de irnos, mi madre (que no hacía otra cosa que intentar que su hija encajara y fuese “normal”) me comunicó que esa noche iría a una reunión en casa de Laurita. Laurita, morena, atlética, con un año y dos tallas de sujetador más que yo. Simpática, moderna, hermosa, la viva imagen de lo que yo nunca sería. Mordiendo mis convicciones, mis complejos y mi protesta, me até el pelo con una media cola y me puse la única ropa limpia que quedaba fuera de las maletas. A los 12 años poco importa lo que uno opine.
Sentada en un rincón del patio de la anfitriona estaba, mirando mi reloj de Snoopy y maldiciendo que las horas pasaran tan despacio, cuando empezó a sonar “No more lonely nights” de Paul McCartney. Los lentos. De un salto estaban los galanes avistando a las candidatas, inofensivos  porque como la mayoría me llegaban al hombro no había peligro. Hasta que lo ví. Era él, sin dudas. Martín, el hermano de un compañero. Martín, 14 años, flequillo negro, hoyuelos. Martín, el protagonista de los suspiros de todas las presentes. Cruzaba el patio hacia donde estaba yo, para invitar seguramente,a la dueña de casa que estaba a mi lado. Pero en el último instante siguió recto y me dijo “¿Bailás?” Un mecanismo automático que desconocía se hizo cargo de mí, porque sin entender cómo estaba de pie bailando. No dijimos una sola palabra. Sonreíamos sin dejar de mirarnos a los ojos. Sentía que las mejillas y las orejas se iban a fundir con el fuego que bombeaban. Era y no era yo misma. Un terreno nuevo y desconocido. Él me apartó de la cara un mechón de pelo rebelde en el momento que acababa la música. Sentí a mis espaldas la voz de Laurita
-Te vino a buscar tu mamá.
Martín sonrió, y besándome el dorso de la mano izquierda se alejó. Fui al encuentro de mi madre flotando. Ella me miró frunciendo el ceño, para luego sonreír pasándome una mano sobre el hombro.
Mi hija, de 12 años, ha vuelto del colegio distinta. Su mirada grita que mi niña ha dejado atrás su infancia.


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