lunes, 4 de noviembre de 2013

Final


Era la última vez que él entraba en esa casa con algún derecho de propiedad y ambos lo sabían. Los niños utilizaban el recurso del avestruz, sumergidos en sus pantallas, para huir de la tormenta cercana.
Mientras él recogía sus cosas del garaje, ella bajaba las escaleras con preguntas. La conversación comenzó cordial, pero había tanta tristeza y dolor en el aire que la furia no tardó en aparecer. Las heridas sangrantes le hicieron los coros a una música de gritos. Las causas y los insultos pueden variar, pero el final del amor provoca la misma puñalada en todos.
Ella subió a la habitación con la voz y los brazos en alto y él la siguió replicando. La prudencia, el respeto y la memoria iban agonizando con sus pasos. Ella abrió el armario y arrancó la ropa de hombre que aún lo habitaba. Tiró de ella con fuerza para arrancar también los recuerdos, el perfume, la ausencia que nunca había ocupado tanto sitio, la frustración y el desasosiego.
¿Cómo iba a seguir adelante sin él? ¿Quién iba a intuirle la niebla o las ganas? Lo vio de pie, pálido sin atreverse a cruzar la entrada de su paraíso compartido. Lo empujó fuera y cerró la puerta. Para no gritarle, para no suplicarle, para no mostrarle el miedo que ganaba la batalla, para que no viera como caía de rodillas doblada por el llanto.
Él escuchó el sollozo con la cara pegada en esa puerta, acariciando el sitio donde oía a su amor. Sólo quedaba el pasado. Los veinte años de ritos y rutinas. El presente mostraba la sinrazón de dos que sólo saben herirse porque se han perdido el rastro hace mucho. Y sin presente el futuro es una quimera. Apretó los puños para aferrar lo poco que quedaba de su hogar. Sintió el líquido caliente que desbordaba los ojos y le pareció sangre de tan amargo. Dijo sin voz el “te quiero” más sincero de su vida y se marchó. Cruzó la puerta de calle y el frío de la noche lo recibió inmisericorde.


Ella lo observó alejarse desde la ventana y sintió cómo morían las caricias en la punta de sus dedos. En sus retinas volvía a ver aquel adolescente asegurándole amor eterno. Y comprendió que “siempre” es una palabra despiadada que no cumple sus promesas.

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2 comentarios:

  1. Terriblemente triste por tener que admitir que un bello sentimiento pueda tener este final..." Sintió el líquido caliente que desbordaba los ojos y le pareció sangre de tan amargo"- Una situación angustiosa bellamente relatada. Enhorabuena lunática, es un placer leerte!

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  2. La altura del vuelo, mi querida amiga, determina la dureza de la caída. Aún así, allí arriba las vistas son tan hermosas que intentaremos toda la vida repetir el viaje. Gracias por tu apoyo, significa mucho para nosotras

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