lunes, 9 de diciembre de 2013

Historia Austral


En la libertad que daba la siesta materna, María se trepaba a las paredes del patio. Fijaba sus dedos finos en los bordes de los ladrillos y maldecía la obsesión de su madre en vestirla con falda, calcetines con puntilla y zapatos abotonados. Diez años era una edad más que suficiente para decidir qué ropa usar. Tenía cuidado de no arañarse la piel con la enredadera y llegaba a la cima con los cachetes rojos y la rebeldía intacta. Caminaba por las alturas, un pie delante del otro, jugando a ser equilibrista. Cuando llegaba a su esquina favorita se sentaba apoyada en una pared más alta y sacaba el libro de turno. Las dalias manchaban de naranja el verde salvaje del jardín y su tortuga Manuela concluía su travesía de día completo, bajo el jacarandá. Las sábanas tendidas vestían la brisa. Un mundo predecible.

Fue en una de sus escaladas disfrazada de niña buena cuando lo vio. En el patio de la casa que estaba en diagonal a la suya había alguien más. Sentado en uno de los peldaños de la escalera que daba a la terraza de esa casa estaba sentado un chico joven leyendo. Asustada por el peligro de haber sido descubierta agachó la cabeza, pero pronto notó que él era de los suyos. Ni siquiera se molestó en levantar la vista. Tenía el pelo negro, los brazos largos y la adolescencia casi terminada. Pasaba las páginas despacio y cerraba los ojos por momentos como si saborease las palabras con todo el cuerpo.
El encuentro se repitió a diario el resto de la semana. Compartiendo silencios cada uno viajaba a lomos de páginas. A la semana siguiente un par de días de lluvia retrasaron la reunión, al volverla a ver él pronunció unas palabras
-Gabriela Mistral – dijo levantando su libro.
-Emilio Salgari- contestó María imitando su gesto.
Y así se estableció el ritual entre ellos. Sólo los nombres de los autores acompañados de gestos de aprobación o entrecejos fruncidos por parte del otro. Él disfrutaba la poesía y ella la prosa. María no entendía la fascinación de su amigo por ése género pero respetaba a las personas que leen, más que a los curas. Los nombres que él pronunciaba iban quedando en su memoria y se prometía que cuando fuese más grande los leería, porque su abuela decía que los años cambian los gustos.
Neruda, Whitman, Pessoa, Storni y Machado danzaban en la enredadera con Poe, Verne, Sant Exupéry y Bioy Casares. El verano estaba en su esplendor tropical cuando él tuvo que cambiar la poesía por los borceguíes y el uniforme verde oliva. María paseaba en bicicleta cuando lo vio salir de su casa con la mochila reglamentaria. Él la saludó desde lejos con una mueca divertida. Ahora los dos estaban disfrazados.
Abril amarilleaba las hojas de la higuera del colegio cuando la radio anunció la noticia. Guerra. Los adultos seguían siendo, para María, seres incomprensibles. Malvinas. Un par de islas de las que nunca había oído hablar eran razón suficiente para enfrentarse a otro pueblo. La gente llenando las calles, festejando la valentía. “Locos, rematadamente locos” pensaba la niña.
Los barcos ingleses que nunca llegarían, llegaron. El ejército invencible era sólo una intención y el dinero que hasta el último jubilado puso para ayudar a las tropas argentinas se perdió en una cuenta de Suiza. Las mentiras oficiales eran el pan de cada día y los viejos, veteranos en la tradición golpista del continente, auguraban que este delirio bélico era el principio del final.
El cartero llegó una mañana de mayo al barrio y con el pulso temblando entregó los dos primeros telegramas. Los vecinos iban a consolar a esos padres, a esa viuda, a esos hijos que ni siquiera tenían cuerpo que velar. Las veredas se poblaban de ojos enrojecidos y personas abrazándose. Tiempos en que el dolor borraba la mezquindad.
Esa noche María se revolvía inquieta en su cama. Harta de pelear con el insomnio se acercó descalza hasta la puerta de la cocina. Sus padres hablaban susurrando.
-Una masacre. Desembarcaron en Ganso Verde, donde estaban las dos compañías del Regimiento 9. Mandaron primero a los gurkhas. Y los nuestros no tenían ni armas en condiciones. Muertos de frío.¿ A quién se le ocurre mandar compañías del litoral que ni saben lo que es la nieve? Si llevaban nomás dos meses de servicio. Dicen que no quedó nadie vivo- murmuraba su padre
-Qué desgracia, Dios mío, qué desgracia- repetía su madre
Ya no pudo oír más. Caminó como un espectro hasta su habitación y buscó en el cajón de su mesita el libro de Pizarnik. Se lo había dejado él en la esquina del muro antes de irse. “Dale una oportunidad a la poesía. Hasta la próxima siesta”

La muerte ha restituido al silencio
Su prestigio hechizante.
Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo.
Aún si el poema (aquí, ahora)
No tiene sentido, no tiene destino.


Dos flores de agua salada subrayaron los últimos versos.
Image and video hosting by TinyPic

3 comentarios:

  1. Otra guerra patrocinada por las élites y con el único propósito de enriquecerse y hacer más pobres y miserables a los más necesitados a los que, además, dejaron sin hijos, hermanos u amigos. Muy triste pero el ser humano nunca aprenderá. Trágico relato, Lorena, pero, a sí suena la dura realidad.

    ResponderEliminar
  2. Todas las guerras son producto de la ambición, ésta fue innecesaria y cruel. La muerte sin sentido de tantos hombres, por la soberbia de demostrar poder...

    ResponderEliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...