miércoles, 25 de diciembre de 2013

La olvidada costumbre epistolar




Querida Antonia:

Te escribo esta carta porque ayer por la tarde cuando te llamé, entre mi resfrío y tu sordera, me pareció que no entendías quién era. “Saludos a tu marido” dijiste al despedirte. Y, que quieres que te diga, espero que falte mucho tiempo para que pueda darle tus recuerdos a mi Paco, que en gloria esté.

Es una pena que este verano no podamos ir al pueblo. Tenía tantas ganas de verte, y ponernos al día de nuestras cosas mientras remojábamos los juanetes en el río. Es que este año mis hijos no harán vacaciones. Mi Lola me lo confirmó hace unos días. “Mama, es que bajar con las niñas en coche tantos días es un dineral. Y con la crisis...” y mi Pablo un poco más de lo mismo. Pobres, se los ve tan asustados. Por suerte mis nietas no se enteran, o no quieren enterarse. Mejor así.
El otro día mi Vera, que ya tiene 3 años, hizo una de las suyas en la frutería. Estábamos en la cola para pagar y como se aburría se sentó en el suelo a mi lado. Y como si tal cosa, mirándome las piernas, soltó “¡Yaya! ¡Tienes un mapa en esta pierna!” “¿El qué?”Dije yo “Mira un mapa, como el del cuento de piratas que me lee la mama” decía señalando con su dedito la araña de varices que tengo en la pantorrilla. Te imaginas las sonrisas de los que estaban ahí. Y el frutero, ese setentón descarado del que te hablé,  agregó “Y ese mapa también lleva a un tesoro, niña” ¡Desvergonzado! Collar de guantazos te daría mi Paco como tesoro. Sí, lo sé, te estarás riendo tú también. Roja como un tomate me puse, tan nerviosa que no podía sacar el dinero del monedero. ¡Estos niños!
Julia, la mayor, está hermosa. Su madre dice que la adolescencia le ha quitado la alegría, porque siempre anda de mal humor. Y yo la entiendo. A la niña, no a su madre. Porque mi Lola es una chica muy espabilada, trabajadora y decente, pero como madre anda perdida. Desde que se divorció, duda si hace las cosas bien con las niñas. Yo le digo que tiene que ponerse firme, para que entiendan que hasta que sean mayores la que manda es ella. Le digo, para ver si me entiende “Es como si te subieses a un avión y vieses al piloto buscando los manuales y preguntando a las azafatas cómo tiene que conducir” Si no hace las cosas decidida, las niñas no están seguras ni tranquilas.
Como esa tontería de los móviles. Mis hijos pretendían que tuviera uno. ¿Para qué? “Por si te pasa algo, mama” Si me pasa algo ya habrá quien me socorra, como toda la vida se ha hecho. Además en eso han salido a su padre, quieren saber que hago todo el rato. Ni loca llevo yo un cacharro de ésos cuando salgo de mi casa. Si para eso salgo, para distraerme, para que no me busquen.
A veces la tratan a una como una tonta. Te dejan a sus hijos y te dan tantas instrucciones que una no sabe si la niña se queda a dormir o a hacer un curso de supervivencia. Si supiesen, si alguna vez escucharan, si creyeran las historias que les contamos de pequeños. ¿Te acuerdas, Antonia? Juntábamos lo tuyo y lo mío para llenar la olla grande  y dar de comer a los niños, mientras nosotras nos conformábamos con un mendrugo de pan y una naranja. Ya comeríamos a la noche, con nuestros hombres, remendando calcetines. Si me parece ver a mi Paco, tan joven, tan cansado, pero sonriendo mientras escuchaba mi relato de las diabluras de sus churumbeles.
Aquello no era crisis, era la vida, dura y sencilla. Es que no entiendo por qué se asustan ahora. Tienen más estudios, más comodidades, más tiempo y más dinero. Pero no se les nota. Se ríen poco y hace años que no los escucho canturrear. ¿En qué nos habremos equivocado, Antonia? Son hijos de trabajadores y aún así les cuesta aceptar que la mayor parte del camino es cuesta arriba.
¿Sabes qué? Voy a hablar con mi Julia, ella sabe mucho de ordenadores y le voy a pedir que me ayude a buscar un billete de tren y de autobús para irme sola. ¿Te parece bien? Me pongo esas medias que me mandó el médico para la circulación con las que parezco un lomo embuchado, dejo aquí todas las pastillas, que en el pueblo a mí no me duele nada y me voy. Podemos hacer como cuando niñas, que hablábamos y reíamos hasta la madrugada. Y quien te dice, a lo mejor tenemos suerte y tu madre, desde el otro lado, nos chista para que durmamos.
Voy a hacer el viaje, amiga mía, que la vida son dos días y ya vamos por el segundo a la tardecita. Prepara el orujo y las sillas plegables para tomar el fresco. Ya te avisaré cuando tenga la fecha.
Todo mi cariño para ti, y un beso especial a Aurelia, que seguramente te está leyendo la carta.
Hasta muy pronto.
Tu amiga Carmen



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1 comentario:

  1. Una carta realmente emocionante, llena de ternura y donde la amistad no tiene límites, ni siquiera las barreas que nos intentan poner las familias, la costumbre, la obligación... por encima de todo están unas Thelma y Louise octogenarias que me han enternecido!! Abrazucu apretadín desde Villa de Rayuela!

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