lunes, 2 de diciembre de 2013

Nunca Más

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Amanece. El grifo roto deja caer su repetida gota sobre la pica de la cocina que en un tiempo remoto fue blanca. Los azulejos de la pared guardan restos de grasa de pretéritas comidas. El motor de la nevera arranca ignorando el vacío de su interior. Sobre el estante una radio pequeña parlotea sus buenos días. Por la ventana asoma un mar de tejados grises bajo los cuales incontables luces dan comienzo al día, más por costumbre que por convencimiento. La ciudad bosteza de hastío y suelta su aliento dantesco desde los tubos de escape y los respiraderos del Metro.

Él está sentado a la mesa. La vista fija en un punto remoto desde hace horas. Los ojos inyectados en sangre y las ojeras lilas son una ínfima muestra de su tormento. No recuerda la última noche que durmió sin sobresaltos. Ella ha vuelto. La encuentra en los rincones de su casa, unas veces riendo, otras llorando. Pero siempre con la misma mirada vacía. Intenta acercarse, la nombra, pero ella se aleja. Desaparece al contacto de sus dedos y su cabeza ya no reconoce el sueño de la vigilia.

Pensaba, es más, estaba convencido de que había controlado a sus demonios. Nada más lejos de la verdad. Las heridas están abiertas y el dolor ha aniquilado la cordura. Sobre la mesa desvencijada hay una piedra de afilar, él fija en ella la vista y comienza a frotar el cuchillo que tiene en sus manos. Hacia arriba y hacia abajo, como la bilis amarga que le recorre el esófago. Arriba y abajo, como repetía escaleras ella cuando se olvidaba las llaves. Arriba y abajo, como el cuadro que cambiaba de sitio cada verano. Arriba y abajo, como su mano saludándolo desde el autobús.

Hoy es el día. Sabe lo que tiene que hacer y no duda. Ha pagado una pequeña fortuna por la información que necesita. Recorre las seis calles y ocho paradas de Metro en apenas un momento. Una niebla densa borra el contorno de las imágenes, sólo piensa en el tacto frío de la hoja metálica que esconde el bolsillo de su abrigo.

El bar señalado hace esquina y tiene la fachada acristalada. Desde la otra acera puede verlo sentado en la barra. Valió la pena el precio que pagó por el dato. No ha cambiado mucho, un poco más gordo quizás. El mismo semblante de oficinista rutinario. Debe esperar, porque de otra forma alguien podría estropear sus planes. Se refugia en la entrada de un edificio con vista despejada hacia la puerta del bar. Un par de horas más tarde sale su hombre. La calle está casi desierta, unos pocos transeúntes y un coche aparcado con dos hombres dentro. El hombre del bar se enciende un cigarro y sigue caminando. Él cruza la calle sin hacerse notar y comienza a seguirlo. Se adentra en las callejuelas y antes que pierda su rastro se acerca y le habla

—Perdona, ¿tienes fuego?

El hombre se gira y lo mira mientras él recorta distancias. Cuando está lo suficientemente cerca saca el cuchillo y se lo clava en la garganta con tanta fuerza que la punta queda enganchada en un hueso. Con la mirada desorbitada el hombre cae al suelo e intenta sin éxito sacar el arma de su cuello. La sangre forma burbujas en su boca.

Él se arrodilla apoyando una mano en el pecho del otro. Las mandíbulas apretadas apenas dejan oír su voz

—Descansa, mi chiquita, descansa.

Siente unas manos fuertes que lo cogen por los brazos y lo empujan contra la pared. Son los dos hombres que estaban en el coche. Uno lo mantiene de pie contra la pared y el otro se agacha a mirar al herido que abre la boca intentando respirar.

—Tranquilo, ya está hecho. A este cabrón le quedan 5 minutos como mucho —dice el que se ha agachado mirándolo a los ojos— ¿Cuál era la tuya?

Ahora él entiende, son los policías de paisano que debían vigilar a ese monstruo por un tiempo.

—Alicia…la tercera para él. La única para mí.

—En diez minutos voy a llamar a la ambulancia para asegurarme de que no haya reanimación posible. Vete cagando leches y piensa que nos has hecho un favor a todos.


Tambaleante y aturdido vuelve sobre sus pasos. Al bajar la escalera de la estación escucha las sirenas. Muchas otras Alicias tienen ahora un futuro, uno que ningún burócrata de Estrasburgo pueda truncar.





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