lunes, 22 de diciembre de 2014

Las antípodas del Congreso

"Ocurra lo que ocurra, morirán luchando. 
Y eso es a veces el único consuelo que un hombre puede permitirse."
                                         José Martín Bartolomé



Chasquea la lengua para cerrar el suspiro profundo mientras acomoda los paquetes de arroz en el armario de la cocina. Ella duerme, por fin, después de una larga noche de dolor. La medicación ya no hace efecto y la fecha de cirugía se retrasa gracias a los recortes. Los niños han marchado al Colegio dejando una estela de cepillos, pantuflas y galletas a medio comer. “Estudiar es procurarse un buen futuro” les miente a sabiendas más de una vez. Como mucho será un futuro muy lejos de casa.
Controla la fecha de caducidad en cada envase para evitar problemas y coloca las más cercanas en el frente. En el Banco de alimentos lo repiten hasta el cansancio. Los voluntarios que despachan los lotes son buena gente. Él lo intuye por la incomodidad que se respira en el ambiente el día de reparto. No saben qué decir, ni cómo alentar a la fila de “beneficiarios” que abarrotan la sala. Cada mes son más por lo que las cajas adelgazan. Nadie mira a los ojos en la fila porque son vecinos y el orgullo aún persiste, agonizante, entre ellos. Y en esta última hoja del calendario todo parece más complicado. “Puto Diciembre” piensa.
En el comedor un vinilo comienza sus giros de belleza. Frank Sinatra detiene las motas de polvo en el aire de la mañana. Ella aparece en la puerta de la cocina con el pelo revuelto y su pijama de corazones. Sin decir nada coloca la mano de él en su cintura y apoya la cabeza en su pecho. Bailan despacio entre macarrones, latas de tomate y miedos inconfesables.

En las antípodas del Congreso la guerra continúa.


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sábado, 8 de noviembre de 2014

El laberinto del destino






Este cuento va dedicado a Javier, un gran luchador, 
que me enseñó a ver más allá de los prejuicios.


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lunes, 22 de septiembre de 2014

A prueba de tijeras




Pocas cosas tan arriesgadas en la España del rey Felipe VI como entrar en las Urgencias de un hospital público. Las caras de la atestada sala de espera no pronostican nada bueno, y la de la enfermera que me atiende aún menos.
—¿Ha tenido fiebre?
—No.
Voy perdiendo puntos para “urgenciar” la consulta.
—¿Diarrea?
—No.
30 puntos menos.
—¿Náuseas? ¿Vómitos?
—No.
80 puntos menos.
—¿Dolor al orinar?
—No.
200 puntos menos y peleando por ser la última de los 17 postulantes. Difícil explicarle que soy de las personas anti-hospitales, que sólo estoy allí porque después de tres días de dolor continuo en la «fosa ilíaca izquierda» mi médico de cabecera me derivó y mi compañero de desventuras me ha traído a la rastra.
Evito comentarle mi teoría de que tengo el apéndice en el lado contrario y por eso casi no puedo apoyar la pierna. Me hacen pasar sola al box después de entregar el botecito de orina correspondiente. Allí me piden el cambio de vestuario. Bata atada a la espalda con abertura generosa para ventear el culo. No llevo móvil ni reloj. El tiempo se para.
Duele mucho, mucho, y me concentro en contar cuántos azulejos rotos hay en la pared de enfrente. En esas estoy cuando entra el médico de guardia.
—No se asuste—dice mientras me coge la mano. 
La profesional en cuestión tiene la piel de ébano, los ojos gris plomo y el pelo encrespado al más puro estilo del actor secundario Bob. Le faltan los caracoles y el pollo medio degollado para completar la escena.
Explica que ese tipo de dolor puede tener múltiples causas que irán descartando. Hace la palpación abdominal pidiendo que puntúe el dolor del 1 al 10. Nunca sabrá lo cerca que estuvo de un puñetazo cuando apretó el punto álgido.
Cambio de turno. Mi compañero de desventuras aparece tras la cortina, pálido, desencajado. Tres horas esperando sin ninguna información han podido con su eterna paciencia. Llevo veintidós horas sin dormir, diez sin comer y cuatro en urgencias. El nuevo médico avisa que el único ginecólogo del hospital está atendiendo tres partos complicados, y dice las palabras mágicas «analgésico vía endovenosa». Se baraja una espera larga por lo que convenzo a mi fiel Sancho de su necesaria presencia en casa, para contener la ansiedad de mi trío favorito. Como las paredes están plagadas de carteles sobre la sustracción de efectos personales, decidimos que sólo me dejaría la ropa y, en el bolsillo de la chaqueta, el móvil.
El Paracetamol entra frío en el torrente sanguíneo y Morfeo me recibe cálidamente. 
Al despertar, una cirujana de impecables guantes azules me comenta que va a hacer una exploración rectal. Siempre creí que los hombres exageraban con su pánico al urólogo, pero estaba equivocada. Deberían darle a uno un vaso de buen whisky antes o después de esa práctica medieval.
Sobre la silla desvencijada veo la camiseta y el pantalón. Ni rastro de la chaqueta. Me han robado. Salgo al pasillo con el carro del suero en la mano izquierda y los lados de la bata impúdica en la derecha. Aviso a la enfermera y se monta el operativo de recuperación. El guardia recorre los boxes y no encuentra nada sospechoso. Me dicen que llame desde una línea del hospital y compruebo el grado de indefensión que sufrimos sin nuestros «amigos comunicacionales». No recuerdo ni un solo número de la agenda. Dejo la llamada para más tarde y subo a una silla de ruedas a la que le falta un reposapiés rumbo a la sala de Rayos. 
Placa. Dos horas más de espera. Silla de ruedas hacia sala de ecografías. ¡Aleluya! Cruzo medio hospital con la cara hinchada, los ojos de mapache, el pelo de la bruja Cachavacha y los calcetines deportivos a mitad de pantorrilla. Ahora entiendo por qué no hay espejos en los hospitales. Como el sitio está al lado de la sala de partos, los parientes que esperan me miran con cara de pena imaginándose mil y un pronósticos desgraciados.
La ecografía muestra un quiste del tamaño de una pelota de ping pong en el ovario izquierdo. Ese día le llamaron quiste, luego le dirían tumor y nombrarán una palabra extraña «endometriosis», pero eso es parte de otra historia. Me dan analgésicos más fuertes y firman el alta. En medio del caos recuerdo el número de la línea fija que acaban de instalar en casa. Llamo y mi compañero atiende
—¡Me traje la chaqueta!—suelta después del hola.
Ni fuerzas para enfadarme. Fuera una tromba de agua sacude los cristales. Un par de ventanas de la sala de espera no se cierran bien por lo que varios cambiamos de asiento.
Cuando aparece el coche que anhelo, su conductor lo aparca bajo la saliente del techo, exactamente colocado para que la catarata de agua de en la puerta del acompañante. Me agacho para entrar y al abrir la puerta me clavo la punta de chapa en la frente.
Vuelvo a entrar en Urgencias, llorando a mares. Lloro por el dolor en la cabeza, por las tripas revueltas, por el miedo a lo que se viene, y por la impotencia de ser pobre en un país que se desmantela.

Y entonces veo la magia. El chico de recepción se apresura a llamar a la enfermera que sale del despacho y me llama por mi nombre mientras me acompaña a un box. El médico que firmó el alta me acaricia la cara mientras sopla la herida y con la enfermera ponen tres puntos de aproximación para evitar la sutura. Mi fiel Sancho, empapado, respira más tranquilo cuando los tres soltamos la carcajada. El personal sanitario sigue preocupándose por las personas que entran en un hospital, aunque no haya manera de atenderlas a todas. Me voy a casa creyendo a rajatablas que hay cosas que ningún presupuesto artero puede recortar.

Dedicado a aquellos que en este preciso momento esperan en una sala de Urgencias y a los que desesperan por no poder atenderlos como merecen.

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lunes, 23 de junio de 2014

Noche mágica

 En la luna nos hemos tomado un mes sabático para atender asuntos mundanos y aburridos. Para volver no hay mejor noche del año que ésta así que aquí les dejo un mini para abrir temporada nueva. Gracias por los mensajes y las visitas, que son la verdadera luz de este satélite. 




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viernes, 23 de mayo de 2014

Backstage



Casi las nueve de la noche y no he escrito el micro de hoy. ¡A quién se le ocurre lo de uno al día! Ana me mira desde el sofá, parapetada detrás del portátil con la suficiencia de sus trece años. Sólo tengo una frase que me ronda en la cabeza desde la mañana “Uno se muere del todo cuando nadie lo recuerda”. Busco en Google por si la he leído en algún sitio y no, es mía. Sobre esa frase comienzo a buscar en mi mente la historia mientras termino de pelar las patatas y ponerlas a hervir.
— ¿Verdura para cenar?—pregunta Ezequiel con cara de adolescente contrariado.
Ante mi mirada furibunda sigue camino hasta la habitación.

“La sala está llena de cajas que evita con dificultad hasta llegar al sofá. Recoge del suelo…”
¡Ostras! ¿Cómo corcho se dice “carpeta al crochet” en español?
Twitter. Mensaje de S.O.S. a mi enciclopedia de las sombras y múltiples saberes, José M.Bartolomé.
—Si aún estás despierto, consulta técnica. Cómo se llaman acá esas mantitas tejidas a ganchillo que decoran los sofás de las abuelas?
—Tapetes. Yo los llamo “putasmierdascogepolvo” pero por tapetes los conoce todo el mundo.
Salvada. Sigo con la escena del hombre recordando a su mujer.

“De una caja cercana asoman unas fotos Ya dije “cajas” en la primera línea.
“Del reposabrazos asoman…” ¿Es reposabrazos o reposabrazo? ¿Apoyabrazos?
“En una silla cercana” ¿Silla cercana? Suena fatal.

—“En la MESILLA descansan unas fotos” —sentencia Ana evidenciando que llevo un rato hablando en voz alta. Carcajada mutua de complicidad.
Redondeo la idea y termino de teclear. Contengo la respiración un momento. Siempre lo hago cuando acabo una historia por más simple que sea. Blogger. Publicar.

La verdura está lista. Pongo la mesa con mis hijos y disfruto del placer inmenso que provoca confirmar que, un día más, he sido fiel a mí misma.

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jueves, 22 de mayo de 2014

Epifanía


El viento frío le despeina el pelo y las ideas consiguiendo que se detenga en medio de la acera. Ella deja en el suelo la bolsa del supermercado y se frota la mano marcada por el exceso de peso. Y ocurre.
Un golpe seco en el centro del pecho, un escalofrío que recorre la espalda, el estómago deshaciéndose en alas agitadas. La tibieza, recorriendo todo el cuerpo y los latidos repicando como las campanas del Ángelus.

Un segundo, dos, cinco y la belleza se esfuma. Con los ojos empañados de emoción acaricia su pecho. Quizás allí dentro el corazón dormido sueña, o tal vez son sus estertores  negándose a morir.  

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lunes, 19 de mayo de 2014

Operación Justicia



Las ocho y media de la noche. Hora perfecta para pasear en la agonizante primavera de la ciudad. El sol aún alumbra y la brisa acaricia. Ella elige minuciosamente la posición ideal en el banco del parquecito. La cristalera lateral del gimnasio queda a escasos seis metros. Ni un solo obstáculo que interfiera las deliciosas vistas. Clase de "spinning", nombre refinado para referirse a doce atléticas y sudorosas personas encaramadas a bicicletas fijas con gesto concentrado cual corredor del Tour de Francia.
Deja el bolso a un lado y comienza el ritual. Con una cucharilla de plástico come muy despacio el helado pantagruélico que acaba de comprar. Siente el despertar de las papilas gustativas, el paroxismo de las endorfinas, la saliva mezclando sabores y acompañando el líquido exquisito hacia la garganta. Entorna los párpados de manera involuntaria mientras las comisuras de los labios se estiran en una sonrisa.
Al abrir los ojos nuevamente, cinco pares de ojos lanzan llamas de envidia desde el otro lado del cristal. Ella levanta del banco esa figura que inspiraría a Rubens para sus Tres Gracias y saluda a los del otro bando.
Inmejorable resultado de la Operación Justicia. Ambas partes saben qué significa desear lo que no pueden tener. 





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viernes, 9 de mayo de 2014

Mis geriátricas

Si eres mujer, mayor de 40, con hijos a cargo y formación fuera de los circuitos oficiales, te encuentras en lo que llamo “el limbo laboral”. Tienes una vasta experiencia que se refleja en toneladas de curriculums, que entregas sólo para masacrar bosques enteros porque su destino final es una papelera.
En las oficinas de empleo tienen una palabra interesante “RECICLARSE”. Que yo sepa, en este país lo único que suele reciclarse es la basura, por lo que cuando salgo de estos despachos de esperas eternas me siento el despojo de un sistema que se llevó los mejores años de mi físico y a cambio tiene poco para ofrecerme.
En ésas estaba, renegando de la máquina de triturar optimismo en que se ha convertido el llegar a fin de semana (lo de fin de mes suena utópico), cuando me enteré de un curso que hacían en mi pueblo. Llevaba tres cursillos en el último año por lo que me sentía bastante conforme, seguramente la parada mejor capacitada de la comarca. Pero Judith, mi incansable trabajadora social, insistió.
“Atención socio sanitaria a personas dependientes en instituciones sociales” Vamos, el auxiliar de geriatría de toda la vida. Allí estábamos, 16  mujeres y un pobre hombre, Josep María, al que pronto rebautizamos como “María José”. El curso duraría la friolera de 5 meses y obtendríamos un certificado de profesionalidad que nos habilitaría para trabajar en instituciones. Sólo 6 tenían experiencia trabajando en el sector y hacían el curso para obtener la titulación imprescindible en Cataluña a partir de enero del 2015. El resto éramos paracaidistas de actividades variopintas buscando una salida.
Como era de esperar, tanta mujer junta 25 horas a la semana generó algún roce, gruñido y/o ceja peligrosamente levantada. Pero con el correr de los días el grupo se fue consolidando. Hubo que dejarse las pestañas estudiando. La falta de costumbre después de diecimuchos años lejos de exámenes hizo que las cefaleas camparan a sus anchas y los intestinos acusaran recibo de los nervios. Anatomía, Farmacología, Nutrición, Patologías Físicas y Psíquicas, Estimulación Cognitiva, Estructuras de las Organizaciones, Comunicación, Movilizaciones de pacientes, Primeros auxilios, Manipulación de Alimentos y hasta preparación de un cadáver.
Y ya se sabe, cuando el conocimiento llega a nuestra vida derrumba muros y prejuicios. Ahora entiendo el mal humor de muchos ancianos. Su cuerpo ya no responde, los huesos se quiebran y no sueldan, el cerebro trastabilla y el pasado devora irremediablemente al presente. Conviven con el dolor cada día y se adaptan lo mejor que pueden.
Las residencias no son “depósitos de personas mayores” y en la mayoría de ellas hay sitio para las risas, los abrazos y la aceptación. Cuando el ayer no admite contradicción, las auxiliares pierden su nombre y se transforman en la esposa, hermana o madre que el delirio reclama. Cuidar a personas mayores no se limita a cambiar pañales XL. Es escuchar 14.000 veces la misma historia y sonreír como si fuese la primera vez, es aprender la letra de una canción con más de medio siglo para tranquilizar al abuelo que no quiere ducharse, es arriesgar el tipo cuando la demencia avanza, es contener la preocupación de las familias y asumir el olvido de otras.
He visto como cada una de nosotras evolucionaba en estos meses. Una se libró de la condena perpetua hipotecaria pactando una dación, otra de la condena sutil del maltrato psicológico cargando sus petates en el coche una tarde cualquiera, un par se enteraron de la llegada del primer nieto y una tercera pudo sostener en brazos a su nieta antes de acabar el curso. Una se casa dentro de unos días, aunque intentamos convencerla de lo contrario y otra descubrió que llevaba siete años legalmente divorciada sin enterarse.
Hemos compartido anécdotas, recetas de cocina, risas, ánimos para lidiar con adolescentes, tristezas y bromas sobre sexo, muchas.
Mujeres que cierran etapas, cosen las heridas del alma, respiran hondo y levantan la frente para mirar a la cara al miedo traicionero con el orgullo de haber sobrevivido a las tempestades.
Una profesora nos dijo “Vais a estar para acompañar a la persona en el tramo final de su vida” Nada más y nada menos.

A saber qué nos depara el porvenir, por qué mares nos llevará el viento, pero en esta incertidumbre hay algo que tengo claro. Si mis días terminasen en una residencia, me iría tranquila si personas como ellas sostuviesen mi mano en el último segundo.

Les presento a mis geriátricas

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jueves, 24 de abril de 2014

Desde la trinchera: "Aprendiz de mago"



Se muerde el labio inferior, concentrado en terminar los dibujos a tiempo. Mira de reojo la puerta de la habitación. Un momento cortito y ya estará listo. Vuelve a contarlas, una, dos, tres, cuatro, cinco y seis. Perfectas.
Su madre lo espía asomando los ojos  sobre ese libro aburrido, sin colores, que según ella lee. ¡Mentira cochina! Le va a crecer la nariz. Él sabe que lo usa de escondite, de fuerte invencible, de torre de vigilancia.  Se hace la que lee para  mirar sin ser vista. Es un juego que a él le gusta, un súper poder que quiere tener de mayor. Pero se necesita practicar mucho, porque es réquete difícil no reírse.  Ella es capaz de pasarse noches enteras controlando todo lo que pasa en esa habitación. Seguro que sabe el número exacto de cuadrados que hay en el suelo.
Escucha las risitas y los aplausos. ¡Ya llega! Primero aparece su compañero, Gregorio, un oso color canela con gafas que se asoma por el marco de la puerta saludando. Luego esa nariz roja, esponjosa, inconfundible y colgando de la mano enguantada un reloj enorme que tintinea.
La hora diferente. Durante un rato no hace falta  que mire hacia otro lado ni que sea valiente ni mayor. Puede aplaudir, saltar sobre la cama y jugar a caballito con el colgador del suero. Ella, su payasa de los jueves, hará salir flores de la cuña,  globos de debajo de la cama y carcajadas detrás del libro de su madre.

Le muestra, orgulloso, las estrellas que ha dibujado. Una por cada semana en el hospital. Su madre hace sonar unas tijeras que ha pillado a saber dónde y las recortan. La enfermera de la tarde, que tiene las cejas dibujadas como las muñecas, corta trozos de esparadrapo y le cuelga las seis estrellas de campeón en el pijama de Doraemon. Más aplausos y risas. Se hacen una foto para que cuando vuelva al cole sus amigos puedan conocer a los que le enseñaron magia. La magia de curar el cuerpo y el corazón.
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martes, 15 de abril de 2014

Desde la trinchera: "Lluvia"

Hay una guerra sin cuartel ni tregua, que se pelea en el día a día. La que declaramos al miedo y el desánimo, donde está en juego nada menos que nuestra esencia.
Esta serie de relatos, escritos en las trincheras, estarán basados en las historias que maravillosamente me regalan los compañeros de lucha. El de hoy nació por uno de los mejores mensajes que ha plasmado la pantalla de mi móvil.
"Por fin he dado el paso. Me voy"







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miércoles, 9 de abril de 2014

Querida alma gemela

Hace casi diez años, estaba pintando una puerta que daba a la calle. De la nada apareció una mujer mayor. Bajita, pelo blanco con diadema y unos 80 años.
—¿Tienes novio?—preguntó la mujer.
—No, señora, me estoy divorciando.—respondí disculpándome, y esperando la reprimenda típica.
—Haces bien.—dijo regalándome la mejor de las sonrisas— Debes buscar el amor verdadero, el que te haga sentir que recorrer el camino vale la pena. Yo hace 7 años que soy viuda y el recuerdo de ése amor aún me reconforta. Que tengas un buen día.
Y se fue como había venido, dejándome con los ojos llenos de lágrimas y el interrogante de dónde escondía esa mujer las alas.
Pensando en ella escribí estas líneas.






Querida alma gemela:
No me queda claro si esto que escribo es una carta, una despedida o una declaración de principios. Tal vez sea un monólogo terapéutico, muy al estilo psico-argentino.
Contra todo lo que dicta la razón y la lógica, llevo 26 años esperando que aparezcas. Digo 26 porque cuento a partir de la primera vez que me enamoré.  Esa época mágica en que la poesía de Benedetti cobraba sentido y ese adolescente con acné era la quintaesencia del amor. Mis dientes se torcían irremediablemente porque la coquetería condenaba al cajón la ortodoncia y mi cabeza habitaba una Luna de la que nunca bajaría.
Como soy una mujer de finales del siglo XX no asumí el papel pasivo de la espera y emprendí la  búsqueda. Allí donde creía distinguir tu sombra le daba una oportunidad al destino. Conocí hombres estupendos y otros no tanto. Compañeros de ruta que me enseñaron infinidad de cosas. Hasta me atreví a cruzar el océano para vivir nuevas aventuras, como los héroes de mis libros infantiles. Las hojas del almanaque van cayendo y sé, por ejemplo, que no serás el padre de mis hijos ni el cómplice de mis desvaríos de juventud. Ya no verás la piel tersa y la confianza suicida. Con cada golpe perdemos algo de inocencia.
Tal vez en esta vida te has fragmentado y llegas a mí en cada uno de mis amores. La mirada de uno, la paciencia de otro, la pasión exquisita de éste o la creatividad artística de aquél. Quizás resoplas cada vez que alguien habla del tema y maldices a Platón, Coelho y el resto de sus secuaces.
Si es así, si dejaste de creer  y te conformaste con una mujer de la serie, que nunca se pregunta por las historias que esconde el viento del desierto, sabiendo cómo y dónde va a desayunar el resto de su vida, te mereces que deje de buscarte. Aceptaré que la Luna sólo recibe visitas temporales.

Si en cambio, tu aprendizaje te mantiene alejado pero aún sigues preguntándote, al acabar una copa de vino, por mi existencia. Si maldices el cosquilleo que generan en las yemas de los dedos las caricias sin dueño. Si coses las heridas con punto apretado para que no se noten tanto y  así disimular la amargura que encierran. Si entiendes que hay tiempo de sobra aún para recorrer nuevas sendas. Entonces haz el favor de no creer la sarta de patrañas que voy a soltarte cuando te conozca. Abrázame fuerte y no me sueltes, conjuremos  de nuevo la primavera.
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martes, 1 de abril de 2014

Camino a casa

Hace 75 años alguien mintió que la Guerra Civil Española había terminado. 
Como si del infierno se pudiese regresar.
Todo el respeto hacia los que allí quedaron.





Abro los ojos. La habitación en la que estoy es sencilla. Por la ventana entra una brisa que mueve las cortinas blancas y trae el olor de un patio recién regado. Los rayos del sol delatan la danza del polvo en el aire. Las sábanas limpias tienen un tacto suave. Se escucha una voz de mujer que canturrea. Paz. Podría quedarme una eternidad en este sitio pero no puedo. Debo continuar mi camino. No sé cómo he llegado aquí. Lo último que recuerdo es la huída del hospital de campaña. Aproveché la oscuridad de la noche para escapar Los médicos habían dicho que mi oído no estaba cicatrizando bien y que debían operarme la pierna para quitar las esquirlas. Maldita suerte. El sargento que nos hizo avanzar antes de hora y el obús nos cayó al lado. Casi me mata uno de los nuestros, tiene gracia la cosa. Estamos perdiendo. Tanta carnicería inútil no ha detenido el avance de los franquistas. ¿Cómo diablos habré llegado a esta casa?

sábado, 29 de marzo de 2014

¿Paseamos?

Ante la repetida pregunta “¿Cómo llevas lo de estar tan lejos de tu tierra?” escribí estas líneas. Precios que se pagan en el camino del aprendizaje vital.




Vení, cerrá los ojos. Agarrá fuerte mi mano y dejá que mis palabras te lleven. Vamos lejos, muy lejos. Cruzamos un océano, más grande desde hace unos años, porque se alimenta de las lágrimas que lloramos los que nos fuimos, que lloraron los que se quedaron allá con los brazos vacíos.
Al sur, en la que fue la tierra prometida hace un siglo, hay un pueblito. Se llama Mendiolaza. A un par de kilómetros de ese pueblo hay un valle. Valle del Sol. Las calles de tierra tienen nombre de pájaros. En la que se llama “Los Caranchos” hay un lugar especial para mí. La ladera de la montaña que elegí en el 96, porque en ese trozo de tierra los árboles formaban un monte apretado que hacía de cada rincón un descubrimiento. Algarrobos, espinillos, quebrachos y chañares. Y pájaros, pájaros que hacían las veces de despertador al amanecer.
Veintiocho. Veintiocho escalones tenía la escalera que bajaba de la calle hasta mi casa. Lo sé porque la mitad de ellos los hice con mis propias manos. Buscando la manera de acompasar la tierra en cada peldaño. La mezcla rematada con los dedos entre piedra y piedra. Entre ladrillo y ladrillo. La escalera en la que me sentaba a ver el atardecer, porque al cubrir las sombras el monte, en verano se veían las luciérnagas.
A la mitad de la escalera hay un rosal. Un rosal que florece cuando quiere y que nadie riega. Un rosal que vive porque le da la gana.
En la puerta de mi casa, mi casa de madera, que huele siempre a caja de lápices recién estrenada, hay una galería. En la galería hay una hamaca para tumbarse a soñar.
Dentro, donde los colores reinan a mi antojo, hay un comedor con una cocina abierta. Abierta a los amigos, a las confesiones, a las papillas, a las empanadas, a mis eternos canturreos, al saludo matutino a mi gata que se asoma a la ventana. El suelo del pasillo tiene un diseño inventado que logré plasmar a base de romper el doble de mosaicos de los que coloqué. Las habitaciones están llenas de recuerdos. Unas figuras de papel, pájaros que cuelgan sobre la cuna de Ana, los hice cuando estaba embarazada y le di un beso a cada uno. Para que mi princesa o príncipe, no lo quise saber hasta que le vi la cara, tuviera cientos de besos de mamá sobre la cabeza. En un rincón de esa habitación infantil hay un collage de notas de amor. Las que nos escribieron amigos y parientes cuando Ezequiel llegó para convertirnos en familia.
En las otras habitaciones hay muebles de maderas nobles, cuadros originales de mi madre y sus compañeros de Bellas Artes.
Debemos irnos, los ojos se me nublan de ayer  y no voy a poder emprender el camino hacia el norte. Sí, esa de ahí soy yo. Una parte de mí se ha quedado acá. Antes de irnos cerrá la puerta de arriba para que Mafalda y Libertad, mis perras, no se escapen.

Volvamos. Mi otra casa me espera. Mi nueva tierra, mi mar. Ojalá hayas entendido un poco más lo que a veces te explico. Es un viaje que no podemos hacer en la realidad cotidiana. Porque mi gata y mis perras murieron hace casi seis años, porque el rosal se secó el día que me fui, porque los nuevos dueños demolieron la casa. Sólo queda la puerta de entrada que da a la calle. La que usaba mi hijo para medir lo que crecía.

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lunes, 17 de marzo de 2014

Un imprescindible

Dicen que si el cienpies pensara en cómo mueve las patas no podría caminar. Lo mismo pasa cuando eres madre. Son innumerables los frentes en los que has de presentar batalla y tantos los campos que siembras de manera inconsciente.
Asusta y genera interrogantes ¿Con qué parte del baúl de experiencias se quedarán ellos?¿Sabré explicar la belleza caótica de la jungla que les espera?
En esos devaneos estaba, cuando mi hijo mayor (15 años bien puestos) me contó que ante una pregunta de la profesora de Castellano, sólo él supo responder quién era Joan Manuel Serrat. Mi Ana (13) comentó risueña que no hacía mucho en su clase había pasado lo mismo.
No, no hacemos las cosas bien. Si en un pueblo de la provincia de Barcelona, los adolescentes no saben quién es el Nano, los adultos estamos equivocando la siembra.
A finales de los 80, en mi Córdoba del hemisferio sur, hice horas de cola para entrar en mi primer concierto de Serrat. Era una cría con acné y emoción contenida que la soltó a borbotones cuando el catalán subió al escenario. Porque cuando el Nano canta en Argentina, provoca ovaciones desmesuradas. Nunca ni en mis más remotos sueños hubiera imaginado que disfrutaría del Mediterráneo que él cantaba ni que mis hijos hablarían esa lengua dulce.
Tan ocupados estamos que perdemos de vista lo importante ¿A qué sonarán hoy las palabras de amor?¿Quién recita versos de libertad en sus oídos? ¿Qué nombre tendrá la que espera en un banco marrón?
Será que nací en el siglo pasado, que tanta información y tantas prisas me están hartando. Quizás haya cosas que estén destinadas a desaparecer, pero me niego en rotundo a que entre ellas figure el arte de Serrat.
No quiero esperar a que una triste noticia nos despierte. Por eso va esta entrada, para seguir como entonces remando contracorriente



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