viernes, 31 de enero de 2014

Un vacío en el corazón (por José Martín Bartolomé)

En esta semana de Luna Nueva, queríamos darle un toque de misterio y oscuridad a nuestra libreta; y para ello un habitante de las sombras nos ha honrado con su visita.
Sus historias tienen la rara conjunción de fantasía y realidad que envuelve la mente con preguntas difíciles de responder. Ve por ellas con cuidado, querido lector, son capaces de robar más de una noche de sueño. Yo he perdido la cuenta de las que entregué a sus letras.
Gracias, José, por enseñarme que detrás de la calidad literaria hay 15% de inspiración y 85% de trabajo disciplinado. 

Un vacío en el corazón
(por José Martín Bartolomé)






—Adiós, mi corazón. Hasta mañana.

El hombre acarició la vitrina con suavidad, los ojos tristes, hundidos en profundas bolsas y fijos en la momia que, por algún milagro de la ciencia, seguía pareciendo una niña de trece años en la flor de la vida y no un cadáver que llevaba años lejos del mundo de los vivos.
El doctor Velasco suspiró con fuerza, como cada noche, tan profundamente y de forma tan sostenida que parecía querer llevar ese aliento de aire vivo al otro lado de la muerte, allí donde su hija aguardaba, quizá, el día del Juicio.

domingo, 26 de enero de 2014

Discapacidad



Subieron en la parada de Plaza Francia. Un joven de poco más de veinte en silla de ruedas y una chica que rondaba los diecisiete. El chofer del autobús les pidió que esperase a que bajara la rampa, a lo que ella le contestó entre risas que podía subir la silla sin problemas, que si el mecanismo se atascaba iba a ser peor. Apoyó el peso de su cuerpo sobre las empuñaduras y subió las ruedas delanteras, levantó los codos con destreza y prueba superada. El joven la miró sonriendo . Ella colocó la silla en el respaldo solitario del autobús y comenzó a asegurarlo. Le costó encontrar la otra mitad del cinturón que estaba enganchada y resopló cuando acabó la faena. Le acomodó la chaqueta torcida y sacando un pañuelo de su bolso, le secó la saliva que amenazaba con desbordar la comisura de sus labios.
Era bella, tanto que hizo girar todas las cabezas, incluyendo la mía. Una Remedios Buendía encarnada del otro lado del Atlántico. Tenía una belleza sin discusión posible, sin vanidad, sin maquillaje. De la raza de mujeres que reinan en las fantasías y las pesadillas de los hombres.
Él tenía una mirada serena, un rostro común que ocultaba la descomunal batalla diaria. Apenas movía los brazos y su manera de vocalizar exigía mucha atención para entenderle. Ella se puso de rodillas a su lado. Le acariciaba la cara, le acomodaba el flequillo y le pellizcaba la nariz  cariñosamente mientras hablaban. El trato entre ambos era tan agradable que había que esforzarse para no incomodarlos con la mirada.
Los observaba de reojo mientras el sol de la tarde y su ternura hacían más hermoso el paisaje urbano. Guardaron silencio unos segundos, mirándose profundamente y se besaron. Un beso suave, largo y húmedo.
Me bajé del autobús con la certeza de mi estúpida ignorancia.


Esta historia es verídica, fui testigo de ella en un autobús de Mataró. 
Si aún crees que la discapacidad limita a una persona haz click aquí

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domingo, 19 de enero de 2014

Espera necesaria



El olor a vainilla provoca suspiros y exclamaciones de júbilo. Revuelvo la leche en el cazo, sonriendo, mientras en el sofá ellos juegan a la guerra de cosquillas.
Ana es la primera en caer al suelo. Eloy presenta batalla, como de costumbre, y consigue con habilidad que Ezequiel acabe haciendo compañía a la hermana. El más pequeño exhibe los bíceps cual Popeye y luego se tira sobre ellos, triunfal, reclamando el abrazo. Pijamas, pelos revueltos, lágrimas de risa... Afuera llueve y el domingo se despereza.
El vapor en los azulejos condensa una gota que rueda solitaria hacia la encimera. Las natillas van tomando cuerpo, como los recuerdos. Más de catorce años han pasado desde que la maternidad llegó a mi vida ¿Tantos?
 Sí, tantos. Cuando nos divertimos, el hueco del reloj de arena es más grande.
Fue un día de otoño. Después de una noche sin dormir, acomodando paquetes de tres tallas de pañales y tratando de descifrar instrucciones de una cuna plegable, cerré la puerta de casa sabiendo que nunca volvería a ser la misma.Ni la casa, ni la vida, ni yo. Se había acabado la espera. Dos años y medio, una docena de test de embarazo, las insoportables miradas compasivas y las preguntas sin respuesta. Todo eso perdió importancia ante la imagen de ese bebé de ocho meses que dormía en brazos de la trabajadora social.
—Se llama Ezequiel —dijo la mujer mirándome a los ojos.
Mejillas rosadas, orejas de duende y chupete verde. El ser más bello que había visto en mi vida. Cuando me lo entregaron, tuve que sentarme para sentir unas rodillas que habían desaparecido. Él abrió los ojos, me observó y volvió a dormirse.
El equipo de Adopciones me explicó el tipo de leche que estaba tomando y las medidas correctas en el biberón. No entendí una palabra, pero no pedí que me lo repitiesen por miedo a que se arrepintieran. A quién se le ocurriría dar un bebé a una mujer que no sabía preparar un biberón. Mi recién estrenado retoño bebió durante un par de días una mezcla espesa, casi tanto como las natillas que caían ahora fundiéndose con el caramelo.
Lloraba las noches enteras y su padre llegó a componer una versión rockera del arrorró que cantábamos entre risas y bostezos. Se le perdonaba la sesión trasnoche, porque al amanecer su sonrisa era el mejor corrector de ojeras.
En el comedor, la guerra de cosquillas ha dado paso al Paris-Dakar sobre los muebles. Testigo privilegiado, grabo las imágenes de un tiempo que tiene fecha de caducidad cercana, y tal vez por ello es más hermoso. Lo observo haciendo el ruido de los motores y el relato de la carrera que disputan sus hermanos. No sé de quién ha heredado la forma de las cejas o el lunar de su mejilla izquierda, pero reconozco la manera de reír y el sentido del humor.
Si el tiempo circular fuese verdad, si en algún punto existiese ahora mismo esa Lorena que se abraza las tripas, llorando ante una mancha de sangre, le susurraría al oído
— Espera. Ten paciencia. Tu hijo existe y está venciendo la adversidad. Está formando una fuerza interior de la que aprenderás toda la vida.

Porque hay personas que tardan más tiempo en llegar a casa.


Para Ezequiel, mi hijo.
Y para Karina, la mujer que lo acunó nueve meses en su vientre.

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martes, 14 de enero de 2014

El último vagón


Le cuesta un poco levantar en vilo la bicicleta para subir el peldaño de la puerta automática del tren. Los hombros acusan recibo del esfuerzo hecho el día anterior. Busca un asiento donde acomodarse mientras sostiene el manillar. Las puertas se cierran detrás de ella para evitar que el frío siga colándose en el habitáculo. 5: 57hs  -2° marcan las luces rojas del letrero electrónico. La noche enmudece  las ventanas de cristal, que se limitan a reflejar el interior del vagón.
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