martes, 14 de enero de 2014

El último vagón


Le cuesta un poco levantar en vilo la bicicleta para subir el peldaño de la puerta automática del tren. Los hombros acusan recibo del esfuerzo hecho el día anterior. Busca un asiento donde acomodarse mientras sostiene el manillar. Las puertas se cierran detrás de ella para evitar que el frío siga colándose en el habitáculo. 5: 57hs  -2° marcan las luces rojas del letrero electrónico. La noche enmudece  las ventanas de cristal, que se limitan a reflejar el interior del vagón.
Estela comienza a quitarse capas de abrigo. El gorro, la segunda bufanda, el chaleco reflectante y el segundo par de guantes. Cuando está quitándose el otro par, ahoga un quejido de dolor.  Los pliegues de los nudillos han vuelto a sangrar y las yemas de los dedos no se han recuperado de las quemaduras. Manipular sábanas y toallas hirvientes  deja secuelas.
Sonríe. ¿Le importará a esas personas que han pagado por una noche de hotel su sueldo de un mes, qué pasa más allá de las sonrisas del personal?
Dos filas de asientos más adelante hay una mujer joven. Falda, tacones, abrigo de paño impoluto, pendientes delicados, anillo a juego, maquillaje perfecto. Está concentrada en la pantalla de su tablet. Estela la observa y suspira. Alguna vez fue como ella, trabajando en una oficina con aire acondicionado, café del bueno y futuro. Parte de la juventud de un país que tenía sueños de gloria y terminó dispersándose por los aeropuertos del mundo. Hace tanto tiempo, que parece otra vida. Se ha acostumbrado a convivir con los prejuicios, a tolerar que personas ignorantes la miren con soberbia, a aceptar como normal la desconfianza cuando expresa sus sentimientos.
En el bolsillo de la chaqueta lleva el juguete que le dio su hijo pequeño la noche anterior “para que tengas suerte, mama”. Lo aprieta para recordar la luz que aún conserva en su vida. Por la megafonía anuncian su estación. Vuelve a abrigarse, como hacen otros compañeros de viaje. Un hombre con piel de ébano le alcanza un guante que se ha caído. Ambos sonríen con la mirada cansada. Afuera comienza a llover. Mal día para sentirse digno.

Las puertas del tren se abren. Los esclavos del primer mundo han llegado a la ciudad.

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12 comentarios:

  1. Sabes que siento debilidad por Estela. Podría decir que me encanta su "forma de ver el mundo" y cómo nos lo cuenta pero la realidad es que, esta ciclista de la vida, pedalea despacio para no perderse nada y nos expone una realidad, la que muchas veces, las prisas o el miedo nos ocultan. Todos somos emigrantes, o ninguno... yo no participé en la decisión de poner una frontera política aquí o allá. Si fuera en ese vagón probablemente habría un guineano o una paraguaya o qué sé yo, con la que compartiría mucho más que con la chica del ipad, pero a las 8:00h empieza mi turno, a las tres soltaré el grillete y cogeré el tren, o el coche, o la bicicleta, qué más da!! para volver a la seguridad de mi casa, a cuya hipoteca culpo de formar parte de los eslabones de mi cadena cuando en realidad la cobardía, el miedo a perder esa "seguridad" que es una ficción, me impiden soltar los grilletes de la rutina. El despertador volverá a sonar a las 06:45h y seguiré tratando de fingir que soy feliz... Abrazucu apretadín desde Villa de Rayuela y para ti y para Estela!

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    1. Como dice mi Ana, "cuando te pones seria..." Tu reflexión merece una entrada en el blog por sí sola. Nada más bello y conmovedor que escuchar a una persona "despierta". Abrazo confianzudo desde la Luna

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  2. Estupenda instantánea de la realidad. Buen relato. Un saludo.

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    1. Gracias, María del Mar, por regalarme un rato de tu tiempo. Es el bien más preciado del mundo. Un abrazo desde mi satélite.

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  3. Parece mentira cómo nos insensibilizamos ante lo que vivimos día a día. Y cómo la vida puede dar giros de 180º sin que seamos capaces de tener ningún control sobre ella. Una historia maravillosamente contada. Me encantó. Un abrazo.

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    1. Cuando decimos "la vida es una noria", no imaginamos el grado de profecía que tiene esa afirmación. Me alegra mucho tenerte por aquí, cosa que agradezco a nuestro pigmeo barbudo ;) Un abrazo para ti también, Mayte

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  4. Muy buen retrato de la indiferencia, y de la falta de empatia que cada vez es más acusada. Me cae bien esa Estela.

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    1. Una parte de la sociedad se vuelve "invisible" cuando el miedo al abismo es más fuerte. Estela, Estela... si yo te contara, Bartolomé ;) Un escalofrío y pizca de salsa para ti

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  5. Me alegra encontrarte de nuevo. He estado muy liado con el trabajo y otros proyectos y te había perdido la pista. Maravilloso blog al que has dado vida. Un placer leerte como siempre. Magnífica representación en un momento de un mundo cortado por fronteras que no deberían existir, pues como dice La Maga todos somos emigrantes o ninguno lo somos. Muchos Saludos Lorena. De nuevo enhorabuena por el blog.

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  6. Si supieras la exclamación de alegría que solté cuando vi tu comentario, sonreirías. Mi Luna se ve honrada por tu presencia. Ojalá muy pronto podamos hacer cosas juntos, que para eso son estos espacios virtuales,para compartir sueños y pesadillas. Abrazo radiante desde mi Luna

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  7. Hola, Lorena. Aquí llego para quedarme un rato y dar un paseo por todas las cosas que me he perdido en estos días, que preveo son algunas. Te agradezco muchísimo tus muestras de afecto y tus comentarios, que aprecio enormemente, viniendo de una sensibilidad como la que demuestras. Este texto es una prueba de ello: la necesidad de supervivencia nos ha llevado a ese estado de esclavitud, de sometimiento a la ignorancia reforzada de la diferencia. Cuántas miles de Estelas nos encontramos en esos vagones de hierro mañaneros, en cuyos tantos rincones se destila la tristeza y la resignación de este mundo fracasado. Bellísimo pasaje, compañera.

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  8. Ya decía yo que mi Luna estaba más nítida, más HD ;) Tu visita es un placer inmenso. Las miles de Estelas están allí, a unos centímetros de las anteojeras que rutinariamente vestimos. Bienvenido, José

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