viernes, 31 de enero de 2014

Un vacío en el corazón (por José Martín Bartolomé)

En esta semana de Luna Nueva, queríamos darle un toque de misterio y oscuridad a nuestra libreta; y para ello un habitante de las sombras nos ha honrado con su visita.
Sus historias tienen la rara conjunción de fantasía y realidad que envuelve la mente con preguntas difíciles de responder. Ve por ellas con cuidado, querido lector, son capaces de robar más de una noche de sueño. Yo he perdido la cuenta de las que entregué a sus letras.
Gracias, José, por enseñarme que detrás de la calidad literaria hay 15% de inspiración y 85% de trabajo disciplinado. 

Un vacío en el corazón
(por José Martín Bartolomé)






—Adiós, mi corazón. Hasta mañana.

El hombre acarició la vitrina con suavidad, los ojos tristes, hundidos en profundas bolsas y fijos en la momia que, por algún milagro de la ciencia, seguía pareciendo una niña de trece años en la flor de la vida y no un cadáver que llevaba años lejos del mundo de los vivos.
El doctor Velasco suspiró con fuerza, como cada noche, tan profundamente y de forma tan sostenida que parecía querer llevar ese aliento de aire vivo al otro lado de la muerte, allí donde su hija aguardaba, quizá, el día del Juicio.

Se giró, dando la espalda a la vitrina, y se alejó con el sombrero sujeto entre las manos temblorosas, saludando con una leve inclinación de cabeza a Ambrosio, el bedel del museo, que hizo una respetuosa reverencia hacia el doctor antes de reiniciar su trabajo, barriendo con una escoba de raíces el suelo ya brillante. Mientras movía la escoba, el viejo bedel no dejaba de mirar la espalda hundida del doctor, hechizado como siempre por la pena y la desolación que exudaba aquél hombre, como si fuera un aroma a tumba vieja, a pergamino reseco, propia ya de su naturaleza por el mucho tiempo que llevaba acompañándole.
Ambrosio llevaba demasiados años trabajando en el museo como para no conocer la historia del doctor Velasco, uno de los mejores médicos que jamás habían existido.
Trabajador infatigable, fiel marido, padre amante, eminente doctor, revolucionario embalsamador, generoso mecenas, protector de los pobres; todos estos y muchos más calificativos podrían usarse para definir al hombre enjuto, prematuramente envejecido, nervudo y sombrío que atravesaba en ese momento las puertas del museo, hundiéndose en la noche rota sólo por las luces de las farolas de gas.
Desesperado, sin embargo, sería el adjetivo más adecuado.
Aquel médico insigne, aquel padre ejemplar, soportaba sobre sus hombros estrechos la más horrible de las cargas. Una equivocación en su diagnostico, una de las pocas veces en que no supo reconocer los síntomas de la enfermedad y corregir sus consecuencias, había acabado con la vida de Elvira, su hija menor, la doncella con cara de ángel que, momificada por el propio padre, permanecía eternamente niña en aquella vitrina sagrada, expuesta a estudiosos y espectadores como el mejor ejemplo de momificación moderna que la ciencia podía conseguir.
Quizá quien no conociera al doctor Velasco consideraría odiosa o enfermiza su actitud de mantener a la hija en exposición perpetua, vista sólo como un objeto curioso por quienes nada conocían, y menos les interesaba, la historia de su tragedia.
Ambrosio, sin embargo, sabía que aquella era la única forma en que el doctor podía mantener económicamente el enclaustramiento de su hija, a la vez que podía conservarla eterna y con apariencia de vida.
Y sabía también el enigma que buscaban eminentes sabios, médicos distinguidos, célebres científicos. Conocía el secreto de aquel aspecto de vida que la momia, tantos años después de su muerte natural, conservaba incólume y sin cambios aparentes.
En su ya lejana juventud, Ambrosio era un hombre recio, fornido, y no el anciano de esqueleto grande que barría con una escoba de raíces los pasillos desiertos del museo.
Sus ojos eran iguales, más brillantes y con menos arrugas alrededor, pero iguales en su aspecto básico. La escoba de raíces, antepasada lejana de las mil escobas siguientes, era también igual sin ser la misma. Y la tragedia del doctor Velasco era la misma, sin ser igual, puesto que dolía como herida reciente y aún sangrante.
Aquella primera noche, Ambrosio sintió una inquieta aversión hacia la nueva pieza del museo, Elvira, la hija menor del admirado doctor Velasco, que durante la tarde había sido instalada en la vitrina que él contemplaba ahora.
La belleza inocente de aquella niña, respetada por una enfermedad y una muerte que no respetaron de la misma manera su vida, trascendía su aspecto frío y lejano, ajeno ya al crecimiento, el aprendizaje, los sinsabores propios de quienes aún habitaban el mundo consciente.
Ambrosio no pudo sino sentirse sobrecogido y, a la vez, embargado por una emoción y un deseo de protección que sólo los niños indefensos pueden despertar incluso en el más recio de los hombres.
El horror, o al menos la duda tenebrosa, caló en él sólo unas horas más tarde, cuando el doctor Velasco, aún en la tragedia una presencia sólida y autoritaria más por el respeto que inspiraba su sabiduría y humanidad que por el miedo, escaso como mucho, que pudiera derivarse de su físico, apareció por la puerta del museo.
De la mano diestra, diestra y firme, colgaba un gran maletín de cuero cubierto por las cicatrices de muchas guerras contra la enfermedad; de la siniestra, aquella noche de mayo más siniestra que nunca y más siniestra que siempre, venía prendida una niña harapienta, morena como un ángel tiznado, delgada como galgo corredor, vital como primavera nueva.
El doctor, sin hacer más caso del bedel que el necesario para dedicarle un educado saludo, se llegó hasta la sala donde su hija descansaba. Allí, susurrando palabras tranquilizadoras a la niña que le acompañaba y cariñosas a la niña que le esperaba tras el cristal, Velasco desplegó el extraño arsenal de lancetas, bombas manuales, redomas y tubos que su maletín contenía.
Antes de que Ambrosio, embebido por la curiosidad, aún no fascinado, pudiera reaccionar, preparó su equipo de transfusiones enlazando la muerte macilenta de Elvira con la vida hambrienta de aquella niña sin nombre. Cuando el bedel vio la sangre surgir del brazo negro de suciedad hacia el brazo blanco de muerte, soltó su escoba de raíces, tambaleándose como si hubiera perdido repentinamente una pierna mientras corría hacia el doctor, tratando de evitar lo que pensaba era un asesinato, amén de un pecado mortal.
El médico, sereno, alzó su cabeza —algo demasiado grande para el cuerpo laso, pero en algún sitio debía encontrar abrigo su genialidad frustrada—y le miró con tal calma, con tan prístina mirada, que Ambrosio no pudo sino detenerse a la espera de acontecimientos.
—Es la única manera de preservar a Elvira —explicó el médico con una sonrisa triste y cansada. Apenas necesitaré una décima parte de la sangre de esta niña, que noblemente ha accedido, de forma voluntaria, a ayudarme.
Ambrosio miró a la niña. Parecía débil y mareada por la transfusión, pero también parecía débil y mareada por el hambre cuando entró en el museo. Durante unos instantes, el bedel esperó acontecimientos, fascinado ya por aquella extraña técnica que, fuera medicina o brujería, cambiaba visiblemente el aspecto de la momia, dotándola si cabe de una belleza aún mayor, haciéndola llegar más allá de lo hermoso. Como pasaría de lo excelso a lo sublime un ángel si fuera bañado por la luz que refleja el rostro de Dios.

El anciano Ambrosio, perdido en el recuerdo, contempló la momia de Elvira. ¿Cuántas niñas, cuántas jóvenes vagabundas, había visto pasar por aquella fría sala? Todas y cada una de ellas entregaron su sangre, todas y cada una de ellas recibieron de Velasco dinero, cuidados y, en último término, la tramitación de una adopción adecuada o del ingreso en alguna orden monástica femenina, acciones que aseguraron para ellas atenciones, educación, alimento y la salida digna de un mundo de pobreza y miseria que sólo les ofrecía la mancebía o el latrocinio como opciones.
Sin embargo, el bedel aún no sabía si Velasco era un loco, un hombre noble o una mezcla ecléctica de ambas cosas.
Ambrosio salió a la puerta del museo para liarse un cigarrillo y tomarse un descanso. El amanecer se acercaba, y con él el fin de su jornada, fin de jornada de luna baja y carajillo en la taberna, acompañado del sereno, el madrugador cura párroco de Santo Tomás y quizá algunos mozos de almacén dispuestos a calentar con aguardiente la sangre que la niebla querría entumecer pocos minutos después.
Al final de la calle, o quizá al principio desde donde él miraba, Ambrosio distinguió la figura enjuta del doctor, inconfundible con su ajado sombrero, la diestra portando el maletín, la siniestra guiando a una niña que, bien alimentada, habría sido hermosa, lozana y alegre. Una niña que se le antojó familiar incluso en la distancia, quizá por su porte o por sus andares, tal vez por la equívoca media luz de la niebla oscurecida por el gas de las lámparas.
Encendió su cigarrillo, ahogando luego la mecha, y saludó cordial al doctor y su acompañante. Otra jovencita, pensó, que pronto tendrá un futuro a cambio de un poco de su sangre. Quizá no sea tan malo, ni tan raro, si perpetuar la imagen de Elvira mantiene feliz al pobre doctor.
Apuró su cigarrillo, y fumó un segundo mientras hablaba con el sereno, Manuel, un andaluz que abandonó el hambre latifundista de Sevilla en una juventud tan lejana como lo era para Ambrosio la suya propia, con quien le unía la intimidad cordial de quienes se ven obligados primero, y agradecidos después, de compartir muchas horas de laboriosa soledad.
Tardó quizá media hora, quizá tres cuartos, en abandonar la conversación y volver dentro del museo.

—Me meto, Manuel, que va siendo hora.

—Anda y entra, Ambrosio, que ya casi pasan las burras de la leche...

—¿Tomarás un carajillo donde el Cojo?

—Habrá que tomarlo, habrá que tomarlo.

Empujó lejos de la puerta las colillas de cigarro con su escoba de raíces, y se la echó al hombro mientras recorría los pasillos del museo, de regreso a la sala de Elvira.
Muchas veces estuvo tentado de contar a alguien, a quien fuese, lo que el doctor Velasco hacía por las noches, noches de luna llena, en las oscuras salas del museo, y muchas veces le calló el médico con el repiqueteo de los reales que, puntualmente, dejaba caer en su mano. Con aquellos dineros Ambrosio había tranquilizado su conciencia, pero también con la idea, de la que estaba sinceramente persuadido, de que el doctor no hacía nada malo, ni irreversible, ni contra la voluntad de las niñas. Sólo mantenía una ilusión de vida en aquella niña que tanto había amado, y de paso, como compensación adicional, mejoraba el porvenir de todas aquellas vagabundas que le socorrían. La fantasía del doctor era, para Ambrosio, una leve falta más que un pecado punible.
Sin embargo, cuando se cruzó con Velasco en el pasillo, Ambrosio no pudo dejar de pensar que algo iba mal en aquella fantasía. La niña, familiar casi, quizá por su porte o sus andares, tal vez por la equívoca media luz del pasillo durmiente, llevaba los vestidos ricos y elegantes de Elvira, las ropas oscuras que el mismo doctor había usado para cubrir su cadáver.
Como todas las niñas que participaban en las transfusiones, la niña parecía mareada, casi tambaleante.
Como todas las veces, Velasco parecía orgulloso, triunfador.
Como siempre, el doctor se despidió de Ambrosio con una respetuosa inclinación de cabeza.
Como siempre, el bedel preguntó “Ahora a llevarla a desayunar, pa que se recupere”
Esta vez, el doctor no respondió “No cumplo con menos, amigo Ambrosio”
Esta vez el doctor respondió, “Ahora a casa”, mientras dejaba una buena cantidad de monedas en la mano libre de Ambrosio.
El bedel se detuvo unos instantes, mirando la espalda de Velasco y su acompañante, pensando que debía detenerlos, que algo andaba mal, que tenía que actuar.
Después, con una sensación de ahogo en la garganta, corrió hasta la sala de Elvira, demasiado asustado como para dar crédito a sus sospechas.
 Demasiado asustado, y aún así no le sorprendió encontrar la vitrina abierta y vacía, ni el cuerpo de la vagabunda muerta en el suelo, junto al maletín del doctor, con el pecho abierto y sólo un vacío allá donde estuvo su corazón.

Contado a mi manera


Si eres inteligente, no te perderás la oportunidad de visitar los universos de este escritor

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13 comentarios:

  1. No se me ocurre nada ingenioso, Luna. Gracias, gracias, gracias.

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    1. Haberte dejado sin palabras es el mejor de los halagos, José. De nada, de nada, de nada ;)

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  2. Me has dejado realmente impresionada (y no sé de que me impresiono, a estas alturas y conociéndote un poquito).
    Estaba esperándolo. La Lunática iba a grabar, con un tiempo de mil demonios, un vídeo contándonos de memoria un excelente relato de José Martín Bartolomé. Lo haría en el exterior, con una cámara corrientita, una faringitis de agárrate y fiebre. No quería decirte nada pero... "Lunática, esto no puede acabar bien"- ¿Que no? Waaaaooooo!!! Vaya si acabó. El resultado es una Lorena súper seria y un pelín oscura (ejem, como soy fémina lo digo y ya está: sexy, sexy...) Respecto a la moto y el perro... Cosas del directo!!!! Y hablamos de un relato en el que el ruido de un motor y el ladrido de un perro, bien podían ambientar las peripecias del doctor y del bueno del conserje...

    Por último, déjame piropear un poco a nuestro ahijado Luna... inquietante, excelentemente bien ambientado y como siempre, con esas frases que nos descubres, no son de Silencio si no, del Sr Bartolomé.

    Abrazucu apretadín para ambos desde Villa de Rayuela!!

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    1. Mi vida es un desafío permanente jijijiji La historia de nuestro ahijado literario era uno de ellos. Pero José se merece el esfuerzo extra, por estar siempre al pie del cañón para dar su opinión y su tiempo cuando gritamos SOS. Un abrazo confianzudo,hechicera. Has visto qué bien queda el Negro Gárgola en mi Luna?

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  3. Esta historia de Jose es realmente buena. Me encantó la primera vez que la leí y me sigue encantando. Ahora, ya que he conseguido escucharla contada por ti, Lorena, te diré que me gusta aún más. Lp has bordado y Lucía tiene razón: se te ve fantástica pese a la gripe. Un beso.

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    1. Tu mirada es benévola, Mayte, pero se agradece desde mi cerebro chirriante de congestión. Los mundos de José...Su talento literario es rotundo e indiscutible. Un besito virtual, que no transmita virus ;)

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  4. Precioso el video y el relato, claro. Me gusta mucho como te expresas, como comunicas y lo espontáneos que son los diálogos. Parece que estuviera hablando el personaje. Me gustó muchísimo. A ver si animas a la maga para que grabe. Me gustaría mucho verla relatar, y seria estupendo verlas a las dos juntas. Un beso para la luna y mi enhorabuena al autor.

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    1. Gracias, Olaya, por visitar mi Luna, hoy más oscura y misteriosa por la visita de este escritor fantástico. Un abrazo confianzudo desde mi Luna

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  5. La historia es esplendida y la representación increíble, no me extraña que hayas dejado a José Martín sin palabras. Magníficos los dos. Un saludo desde La Oscura Realidad

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    1. Querido Esteban, el relato de José daba tanto material para la narración que apenas quedó un esbozo de su riqueza. Agradezco tus palabras y ojalá te animes a dejar tu huella también, en este humilde satélite. Un abrazo confianzudo

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    2. Cuando quieras Lorena sería un honor para mí. Dime como y estoy a tu disposición. Saludos.

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  6. Hola, Lorena. Qué gran regalo este. Quiero dejar en este espacio mi más enérgica enhorabuena al autor por este brillantísimo relato. Muy muy bien narrado, sí señor, y con un final buenísimo, digno de las alturas más laureadas. Y la narración, como bien decís, deja sin palabras. Enhorabuena de nuevo. Un saludo.

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    1. Querido José, tu tocayo es un genio a la hora de conjurar las sombras. Sus textos tienen tantos matices que, para el que los narra, es imposible no quedar con la sensación de haber hecho un simple boceto del original. Gracias por tu visita a mi Luna, es un honor. Un abrazo sincero, amigo mío

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