viernes, 14 de febrero de 2014

"Exorcismo de puño y letra" Cap 3



Las voces de su cabeza estaban bastante tranquilas esa tarde. Solía ocurrir después del paroxismo que dejaba sus oídos pitando durante horas. Cada diez o doce días, las voces gritaban de forma desquiciante, como un estertor rabioso de quien maldice hasta el último segundo de vida. De fondo siempre sonaba una campana ruinosa y fúnebre. Diana tenía los oídos inflamados y doloridos.
“El día menos pensado, de tanto grito voy a quedarme sorda. Loca y sorda” pensó mientras quitaba el polvo a las estanterías de la tienda. Su tía Carmen, la dueña, le había repetido hasta el cansancio que ella no estaba loca, que sólo tenía el don de escuchar las voces del inframundo.
Tras la muerte de su hermana, la familia había perdido las ganas de vivir. Ella decidió crear en su mente un hogar distinto, la casa donde le gustaría crecer. Sus padres, sumidos en la pena, olvidaron a esta niña que reía por los pasillos y hablaba con seres inexistentes. Los años pasaron y la pubertad trajo consigo una refinación del tormento. Susurros al principio y gritos más tarde. Las voces se instalaron en su cabeza, clavando el estandarte de territorio conquistado. Fue su tía, la rara, la bruja, la esotérica, quien abrió la puerta de su habitación esa madrugada y la encontró en un charco de sangre. Contra la opinión de los médicos que querían internarla en un centro psiquiátrico, la llevó a su casa, dedicando cuerpo y alma a la recuperación de esa frágil criatura.  Se sentaba frente a ella en el suelo, y mirándola a los ojos, le explicaba ejercicios para controlar el volumen de esas voces. Le costó meses que Diana fijara las pupilas en las suyas, y casi un año que volviese a hablar. Ahora, más de veinte años después, su salvadora luchaba una guerra de antemano perdida contra la demencia senil.  Fue un proceso tan rápido que su sobrina apenas pudo hacer algo. En menos de un mes, la vastísima sabiduría de esta mujer había quedado reducida a una eterna historia que repetía sin cesar. La de una ciudad oculta, con puertas numeradas, llenas de secretos.
Acomodó las velas por tamaños y colocó a San Judas Tadeo junto a Santa Rita, los patronos de causas imposibles casi rozándose las manos. Le gustaban los gruñidos de desaprobación que emitían sus monstruos cuando tocaba las figuras religiosas. Era su manera particular de darles una patada. Cuando terminaba de quitarle el polvo a un atrapa sueños entró una clienta. El pelo casi blanco, quemado por el decolorante, y la algarabía de las bestias delataron los fines para los que compraba jengibre y ónix. Mientras atendía a la mujer entró un hombre en la tienda. Todos sus sentidos se pusieron en guardia,  un calambre recorrió su espalda y no pudo evitar mirarlo fijamente.
Hermes Acevedo quedó petrificado en la entrada de la tienda esotérica, como si de pronto le hubiesen crecido raíces en los pies que atravesaran el suelo de mosaicos. En lugar de Carmen, la dulce anciana que desde siempre le proporcionaba los elementos necesarios para sus conjuros protectores, la figura desconocida de sus sueños estaba allí.
“Mi Bastet” pensó abriendo los ojos como platos y recibiendo la fuerza descomunal de su mirada. Sólo tres humanos habían aparecido en sus pesadillas: Aurelia, la bibliotecaria; Manasés, su mentor y esa mujer a la que no conocía. Cuando ella aparecía, la luz se abría paso por doquier y las bestias se convertían en mascotas bajo su control. No podía creerlo, era una mujer real. “Por favor, no digas una estupidez. Por lo que más quieras intenta no ser tan tú, una vez en la vida”
Silencio. Por primera vez en más de veinte años sólo oía el latir de su corazón. Un latir acelerado, por cierto. Desde que ese hombre había entrado en la tienda las voces callaban. Intentó concentrarse y atender correctamente a la clienta.  Los minutos se le hicieron eternos. Al quedar solos los dos, el desconocido se acercó al mostrador. “Ése debe ser el color de mis mejillas ahora mismo “pensó observando el rojo que incendiaba la cara de él.
—Perdona ¿La señora Carmen?— dijo Hermes intentando, sin éxito, mirarla a los ojos.
—Soy su sobrina. Ella no se encuentra bien y yo la reemplazo.
— ¿Está enferma?
—Sí, mucho.
Hizo una pausa porque ese extraño silencio asociado al recuerdo de su protectora le cerró la garganta de emoción “Cómo te gustaría escuchar esta historia, hermosa mía ¿Te he dicho alguna vez lo que significaste en mi vida? Siempre has sido la más cálida fantasía hecha realidad” Un par de lágrimas redondas y brillantes corrieron hacia la boca.
—Oh…Lo siento…No quería molestarte con mis preguntas…Es que…—se atropelló Hermes tratando de disculparse.
—No, no…tranquilo. Ha sido algo muy rápido y aún me cuesta hacerme a la idea—dijo Diana rebuscando en su ropa un pañuelo.
Él sacó uno de tela del bolsillo trasero del pantalón y se lo ofreció. Ella lo cogió y frunció el entrecejo mirándolo intrigada.
—Nací en el siglo equivocado. —dijo tendiéndole su mano derecha— Hermes Acevedo, antigualla irremediable.
—Diana Salvatierra—contestó divertida, estrechando esa mano—damisela desconcertada. Nombres de dioses ambos ¡Serendipia!

—Eran los setenta—dijo Hermes levantando la ceja izquierda—nadie estaba en sus cabales.
Ambos soltaron una carcajada que deshizo el hielo de toda una vida. La brisa de aire tibio que anhelan los habitantes del destierro voluntario, hartos de juicios y condenas.
Él le dio la lista de cosas que necesitaba, y ella fue poniéndolas sobre el cristal del mostrador. Cuando llegó al último ítem fingió no encontrar la artemisa.
—Hice un pedido que tiene que llegar en estos días. Si me das tu teléfono te aviso.
“Como si tengo que quemar los cuadernos con musgo seco. No sonrías tanto que se va a dar cuenta” pensó mientras apuntaba el número en un papel. Observó las cicatrices que ella tenía en las muñecas y confirmó la humanidad de la mujer de sus pesadillas.
Ya tenía excusa para volver. Se despidió con un
—Hasta pronto, entonces. Un gusto.
La noche recién nacida desdibujó el perfil de la ciudad. Las comisuras de su boca se estiraron nuevamente con un gesto inusual para él.

Nada hay más bello e irresistible que la persona que domina tus demonios.

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11 comentarios:

  1. ¡Te superas Lunática! No sólo resulta original tu relato, si no, también las sorpresas en forma de palabras claves para hacer un guiño a tus compis de pluma ;-) De este capítulo, me ha gustado que, manteniendo la tónica sobrenatural y oscura de los dos anteriores, tiene ese toque de humor, que tanto me gusta... esas ocurrencias lunáticas como la de quemar cuadernos con musgo seco... ;-) Abrazucu apretadín desde Villa de Rayuela!!

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    1. Ustedes son mucho más que compañeros de pluma, y lo sabes. Anda que no costó nada colocar la de color violeta ;) Un abrazo, hechicera

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  2. Me ha gustado mucho la ambientación, y veo que progresas en tus estudios sobre esoterismo... santos protectores, artemisa. Agradecido por lo guiños, no hace falta decirlo. Y Hermes me cae bien desde ya, una magistral forma de presentarse. Apetece leer más.

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    1. Anoche el hombre del tiempo hablaba de la rareza del halo lunar que se vió estos días. No me extraña, con la de cosas que he estado probando allí!! Pronto el final de la historia, aunque me pese acabarla. Un abrazo, José

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  3. "Nada hay más bello e irresistible que la persona que domina tus demonios" Buenísimo Lorena. No la acabes todavía. Esto da para mucho más. Gracias por la mención a La Casa. En esa casa habrá siempre sitio para historias como ésta.Saludos desde La Oscura Realidad.

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    1. Ains!! Si no recorto lo que dan de sí mis musas tengo un par de capítulos más. Así que, querido Esteban, no prometo más allá de eso. Un abrazo confianzudo, compañero.

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  4. Estoy de acuerdo con Esteban: qué frase final tan buena. No podías cerrar mejor este capítulo de una historia que espero (más bien, deseo) que siga hasta ver como evoluciona la relación de estas dos personas tan alejadas de una normalidad en la que no encajan, una realidad que al margen del mundo en el que ellos viven. Me encanta esta historia. Un abrazo enorme.

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    1. Es hermoso contar con lectores como ustedes. Dan más ganas de robar horas al sueño aporreando teclas ;) Ya veremos qué pasa con estos dos outsiders. Un abrazo confianzudo, querida amiga

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  5. Me está gustando mucho tu historia, es muy original y hasta me he sorprendido pensando cómo sería eso de exorcizar sueños con tinta y papel. Me gusta mucho el papel del anciano y la bibliotecaria. A todos los iniciados les tiene que iniciar alguien. jajaja. Un abrazo fuerte para tu satélite.

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    1. Abrazo recibido, Olaya! Los ritos iniciáticos suelen tener una figura como guía. Espero seguir teniéndote como invitada a mi Luna. Otro abrazote para vos!

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  6. Hola, Lorena. Sigo con intriga tu historia. Este capítulo ha terminado en ascenso, y por eso el truncamiento abre el abismo al hambre literaria, a la intriga, al suspense. No me canso de repetir la gran calidad narrativa que tiene tu pluma. Y por eso me apunto al grupo de pacientes de este proyecto. Un fuerte abrazo, amiga.

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