sábado, 29 de marzo de 2014

¿Paseamos?

Ante la repetida pregunta “¿Cómo llevas lo de estar tan lejos de tu tierra?” escribí estas líneas. Precios que se pagan en el camino del aprendizaje vital.




Vení, cerrá los ojos. Agarrá fuerte mi mano y dejá que mis palabras te lleven. Vamos lejos, muy lejos. Cruzamos un océano, más grande desde hace unos años, porque se alimenta de las lágrimas que lloramos los que nos fuimos, que lloraron los que se quedaron allá con los brazos vacíos.
Al sur, en la que fue la tierra prometida hace un siglo, hay un pueblito. Se llama Mendiolaza. A un par de kilómetros de ese pueblo hay un valle. Valle del Sol. Las calles de tierra tienen nombre de pájaros. En la que se llama “Los Caranchos” hay un lugar especial para mí. La ladera de la montaña que elegí en el 96, porque en ese trozo de tierra los árboles formaban un monte apretado que hacía de cada rincón un descubrimiento. Algarrobos, espinillos, quebrachos y chañares. Y pájaros, pájaros que hacían las veces de despertador al amanecer.
Veintiocho. Veintiocho escalones tenía la escalera que bajaba de la calle hasta mi casa. Lo sé porque la mitad de ellos los hice con mis propias manos. Buscando la manera de acompasar la tierra en cada peldaño. La mezcla rematada con los dedos entre piedra y piedra. Entre ladrillo y ladrillo. La escalera en la que me sentaba a ver el atardecer, porque al cubrir las sombras el monte, en verano se veían las luciérnagas.
A la mitad de la escalera hay un rosal. Un rosal que florece cuando quiere y que nadie riega. Un rosal que vive porque le da la gana.
En la puerta de mi casa, mi casa de madera, que huele siempre a caja de lápices recién estrenada, hay una galería. En la galería hay una hamaca para tumbarse a soñar.
Dentro, donde los colores reinan a mi antojo, hay un comedor con una cocina abierta. Abierta a los amigos, a las confesiones, a las papillas, a las empanadas, a mis eternos canturreos, al saludo matutino a mi gata que se asoma a la ventana. El suelo del pasillo tiene un diseño inventado que logré plasmar a base de romper el doble de mosaicos de los que coloqué. Las habitaciones están llenas de recuerdos. Unas figuras de papel, pájaros que cuelgan sobre la cuna de Ana, los hice cuando estaba embarazada y le di un beso a cada uno. Para que mi princesa o príncipe, no lo quise saber hasta que le vi la cara, tuviera cientos de besos de mamá sobre la cabeza. En un rincón de esa habitación infantil hay un collage de notas de amor. Las que nos escribieron amigos y parientes cuando Ezequiel llegó para convertirnos en familia.
En las otras habitaciones hay muebles de maderas nobles, cuadros originales de mi madre y sus compañeros de Bellas Artes.
Debemos irnos, los ojos se me nublan de ayer  y no voy a poder emprender el camino hacia el norte. Sí, esa de ahí soy yo. Una parte de mí se ha quedado acá. Antes de irnos cerrá la puerta de arriba para que Mafalda y Libertad, mis perras, no se escapen.

Volvamos. Mi otra casa me espera. Mi nueva tierra, mi mar. Ojalá hayas entendido un poco más lo que a veces te explico. Es un viaje que no podemos hacer en la realidad cotidiana. Porque mi gata y mis perras murieron hace casi seis años, porque el rosal se secó el día que me fui, porque los nuevos dueños demolieron la casa. Sólo queda la puerta de entrada que da a la calle. La que usaba mi hijo para medir lo que crecía.

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lunes, 17 de marzo de 2014

Un imprescindible

Dicen que si el cienpies pensara en cómo mueve las patas no podría caminar. Lo mismo pasa cuando eres madre. Son innumerables los frentes en los que has de presentar batalla y tantos los campos que siembras de manera inconsciente.
Asusta y genera interrogantes ¿Con qué parte del baúl de experiencias se quedarán ellos?¿Sabré explicar la belleza caótica de la jungla que les espera?
En esos devaneos estaba, cuando mi hijo mayor (15 años bien puestos) me contó que ante una pregunta de la profesora de Castellano, sólo él supo responder quién era Joan Manuel Serrat. Mi Ana (13) comentó risueña que no hacía mucho en su clase había pasado lo mismo.
No, no hacemos las cosas bien. Si en un pueblo de la provincia de Barcelona, los adolescentes no saben quién es el Nano, los adultos estamos equivocando la siembra.
A finales de los 80, en mi Córdoba del hemisferio sur, hice horas de cola para entrar en mi primer concierto de Serrat. Era una cría con acné y emoción contenida que la soltó a borbotones cuando el catalán subió al escenario. Porque cuando el Nano canta en Argentina, provoca ovaciones desmesuradas. Nunca ni en mis más remotos sueños hubiera imaginado que disfrutaría del Mediterráneo que él cantaba ni que mis hijos hablarían esa lengua dulce.
Tan ocupados estamos que perdemos de vista lo importante ¿A qué sonarán hoy las palabras de amor?¿Quién recita versos de libertad en sus oídos? ¿Qué nombre tendrá la que espera en un banco marrón?
Será que nací en el siglo pasado, que tanta información y tantas prisas me están hartando. Quizás haya cosas que estén destinadas a desaparecer, pero me niego en rotundo a que entre ellas figure el arte de Serrat.
No quiero esperar a que una triste noticia nos despierte. Por eso va esta entrada, para seguir como entonces remando contracorriente



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sábado, 8 de marzo de 2014

Expectativas (de Mayte Ireth)

Cuando leo a Mayte Ireth, siento que una parte de mi vida habla a través de sus palabras. Es difícil, por no decir imposible, no identificarse con las vivencias que explica esta escritora en su historias. Si las mujeres venimos de Venus, Mayte domina el "venusino". Gracias, amiga mía, por emocionarme hasta las lágrimas tantas veces.


Expectativas (por Mayte Ireth)




Se incorporó lentamente. Sentada al borde del sofá, prendió un cigarrillo con la lumbre de una vela casi consumida que titilaba entre platos con restos de cena y copas a medio vaciar. Apuró la suya de un trago. Ya en pie, se dirigió hacia la ventana sin hacer ruido. La luna, rota por nubes desgarradas, inundaba el salón. Una luz en el edificio de enfrente le recordó que estaba desnuda; se cubrió con la cortina mientras seguía mirando la blancura con la que la luna, impúdica, invadía la noche.

Las tres de la madrugada. O de la noche. Daba igual. Las tres y no podía dormir. La pantalla aún seguía encendida, surcada de temblorosas rayas grises que hablaban de un final que, ocupados en otras cosas, no habían llegado siquiera a intuir. Intentó recordar qué película habían visto. No pudo. Tampoco importaba. Sí recordaba sus ojos, expresivos, inteligentes, alegres. Y su voz, profunda sin ser grave, y la conversación: el valor de las cosas, del tiempo, de la vida. Mejor dicho, los distintos valores según de dónde vinieras.

Ella le escuchaba, atenta, bebiendo de sus experiencias, plasmadas en un libro de fotos que hojeaban con cuidado. Él sentía su admiración y le agradecía con cada golpe de voz, el interés que ella, con la mirada y el gesto, le regalaba. Dejaron de lado el libro y pusieron la película con la intención de verla mientras cenaban. My blueberry nights, sí, ahora se acordaba. Ella, como la protagonista, también intentaba saber quién era tras la ruptura, no hacía tanto. Tiempos tristes que intentaba dejar atrás. Una historia como tantas. Hundida en la rutina no supo ver que el amor había muerto. Sin discusiones ni tensiones, era fácil dejarse llevar por la inercia de la costumbre. La pasión, poco a poco, se diluyó en el aburrimiento de una convivencia gastada, hasta que una chispa insignificante hizo saltar todo por los aires. Una chispa que prendió el fuego del despecho y la venganza; una chispa que iluminó lo peor de alguien a quién creía íntegro; una chispa que la dejó con quemaduras que, aunque curaron, dejaron marcas. Al principio dudó si había acertado al dejarle; después, se sorprendió de no haberlo hecho antes; ahora, intenta olvidar en los brazos de otros hombres.

Y allí estaba, con un hombre nuevo, diferente, encantador. No hicieron caso de la película, que quedó como murmullo de fondo. Él siguió contando y ella no dejó de escucharle mientras la cena avanzaba lentamente. Ante sus ojos recreaba las escenas que, a lo largo de los años, había visto a través del objetivo. La alegría, la miseria, ambas de la mano. Rellenaba su copa aun cuando no estuviera vacía. Bebía de la suya, mientras las palabras empezaban a perderse enredadas en efluvios alcohólicos dentro de su cabeza. Y siguió contando de la mirada de los niños con un Kalashnikov en las manos, de la ilusión de quienes por primera vez ven una muñeca, de los ojos hueros de las mujeres violadas, de la esperanza de la música que surge de la nada, del vacío de las madres que entierran sus hijos, de la fuerza del consuelo de misioneros o cooperantes.

Las tres y cuarto. Miró hacia el sofá en el que el hombre, ajeno a sus movimientos, dormía profundamente. Volvió a él, apagó el cigarro y sin que el más leve rumor delatara su cercanía, recorrió su espalda con la yema de los dedos en una caricia lenta, sutil y dulce, deslizando suavemente sus pechos sobre él hasta llegar a su oído y susurrarle palabras de las que sólo era perceptible el roce del golpe de aliento en la piel que terminó en un beso, casi invisible, en su cuello laxo. Un movimiento inconsciente, como de cansancio, fue la única reacción.

Habían seguido con el vino y parecía que había pasado una eternidad desde la primera caricia, tímida, en la mano, y él, cómodo, seguía contando, cada vez más lento, mientras se dejaba acariciar. No era lo que había imaginado, pero al menos se dejaba querer y recibía lo que ella le daba apreciándolo como el regalo que era. Respondió a sus labios con el silencio de su lengua y a sus manos con la presión de sus brazos. Pero no eran esos los besos que esperaba ni su piel respondía como ella deseaba. Quizá fue el alcohol, quizá la impaciencia, pero todo fue tan rápido. Tierno, dulce, pero pasó sin sentir. La abrazó, intentando acogerla, y acunado en el olor de su pelo, se durmió. Ella quiso que fuera suficiente, quiso dormirse a su lado, quiso creer que eso era lo que había soñado.

Las tres y media. Un solitario motor rompió el silencio de la noche. Ella se apartó. Su piel se consumía añorando las horas de pasión que le faltaron; echó de menos caricias, besos, palabras de amor, aun sabiendo que hubieran tenido fecha de caducidad para aquella misma noche.

Deambuló sigilosa por el salón, perdida en un espacio tan frío y vacío como su ánimo. Buscó en el revoltijo de ropas enredadas que yacían en el suelo y se vistió con la misma calma con la que se había movido hasta ese instante, envuelta en el mismo silencio que lo invadía todo y del que ella parecía un elemento más. Se ajustó el cinturón del abrigo y buscó un papel para dejar una nota. No lo encontró. Sacó el teléfono del bolso y, con breves y concisos movimientos, puso en un escueto mensaje un adiós escondido entre agradecimientos.


Cerró la puerta tras de sí mientras, en un extremo de la mesa, junto a las copas vacías, una pequeña luz intermitente hablaba de un mensaje no leído.

Contado a mi manera (batallando contra el viento)


Visita a Mayte en su espacio abierto y no te arrepentirás
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domingo, 2 de marzo de 2014

La leyenda de la Dama de las Nieves (por Esteban Diaz)

 Al recorrer su Oscura Realidad, uno puede comprobar que las historias más terribles nacen en el interior del alma humana. Su trabajo de documentación es excelente por lo que sus letras cobran una verosimilitud perturbadora. Esta Luna Nueva tiene el honor de contar con la visita de un escritor al que admiro. Gracias de todo corazón, mi querido Esteban.



La leyenda de la Dama de las Nieves 
(por Esteban Diaz)







Intentando abrigarse, sin conseguirlo, tiritando en su refugio, nada más que una simple pared de piedras mal colocadas para evitar, en lo posible, el viento del norte y un techo de paja húmeda con más agujeros que un colador, el pastorcillo observa el valle entre montañas, cubierto por una capa de nieve espesa y profunda. Desde lo alto del monte ve caer la nieve sobre la aldea con pesados copos del tamaño de monedas de cobre. Las ovejas en el corral se restriegan unas con otras para darse calor con su mutua compañía.
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