jueves, 24 de abril de 2014

Desde la trinchera: "Aprendiz de mago"



Se muerde el labio inferior, concentrado en terminar los dibujos a tiempo. Mira de reojo la puerta de la habitación. Un momento cortito y ya estará listo. Vuelve a contarlas, una, dos, tres, cuatro, cinco y seis. Perfectas.
Su madre lo espía asomando los ojos  sobre ese libro aburrido, sin colores, que según ella lee. ¡Mentira cochina! Le va a crecer la nariz. Él sabe que lo usa de escondite, de fuerte invencible, de torre de vigilancia.  Se hace la que lee para  mirar sin ser vista. Es un juego que a él le gusta, un súper poder que quiere tener de mayor. Pero se necesita practicar mucho, porque es réquete difícil no reírse.  Ella es capaz de pasarse noches enteras controlando todo lo que pasa en esa habitación. Seguro que sabe el número exacto de cuadrados que hay en el suelo.
Escucha las risitas y los aplausos. ¡Ya llega! Primero aparece su compañero, Gregorio, un oso color canela con gafas que se asoma por el marco de la puerta saludando. Luego esa nariz roja, esponjosa, inconfundible y colgando de la mano enguantada un reloj enorme que tintinea.
La hora diferente. Durante un rato no hace falta  que mire hacia otro lado ni que sea valiente ni mayor. Puede aplaudir, saltar sobre la cama y jugar a caballito con el colgador del suero. Ella, su payasa de los jueves, hará salir flores de la cuña,  globos de debajo de la cama y carcajadas detrás del libro de su madre.

Le muestra, orgulloso, las estrellas que ha dibujado. Una por cada semana en el hospital. Su madre hace sonar unas tijeras que ha pillado a saber dónde y las recortan. La enfermera de la tarde, que tiene las cejas dibujadas como las muñecas, corta trozos de esparadrapo y le cuelga las seis estrellas de campeón en el pijama de Doraemon. Más aplausos y risas. Se hacen una foto para que cuando vuelva al cole sus amigos puedan conocer a los que le enseñaron magia. La magia de curar el cuerpo y el corazón.
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martes, 15 de abril de 2014

Desde la trinchera: "Lluvia"

Hay una guerra sin cuartel ni tregua, que se pelea en el día a día. La que declaramos al miedo y el desánimo, donde está en juego nada menos que nuestra esencia.
Esta serie de relatos, escritos en las trincheras, estarán basados en las historias que maravillosamente me regalan los compañeros de lucha. El de hoy nació por uno de los mejores mensajes que ha plasmado la pantalla de mi móvil.
"Por fin he dado el paso. Me voy"







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miércoles, 9 de abril de 2014

Querida alma gemela

Hace casi diez años, estaba pintando una puerta que daba a la calle. De la nada apareció una mujer mayor. Bajita, pelo blanco con diadema y unos 80 años.
—¿Tienes novio?—preguntó la mujer.
—No, señora, me estoy divorciando.—respondí disculpándome, y esperando la reprimenda típica.
—Haces bien.—dijo regalándome la mejor de las sonrisas— Debes buscar el amor verdadero, el que te haga sentir que recorrer el camino vale la pena. Yo hace 7 años que soy viuda y el recuerdo de ése amor aún me reconforta. Que tengas un buen día.
Y se fue como había venido, dejándome con los ojos llenos de lágrimas y el interrogante de dónde escondía esa mujer las alas.
Pensando en ella escribí estas líneas.






Querida alma gemela:
No me queda claro si esto que escribo es una carta, una despedida o una declaración de principios. Tal vez sea un monólogo terapéutico, muy al estilo psico-argentino.
Contra todo lo que dicta la razón y la lógica, llevo 26 años esperando que aparezcas. Digo 26 porque cuento a partir de la primera vez que me enamoré.  Esa época mágica en que la poesía de Benedetti cobraba sentido y ese adolescente con acné era la quintaesencia del amor. Mis dientes se torcían irremediablemente porque la coquetería condenaba al cajón la ortodoncia y mi cabeza habitaba una Luna de la que nunca bajaría.
Como soy una mujer de finales del siglo XX no asumí el papel pasivo de la espera y emprendí la  búsqueda. Allí donde creía distinguir tu sombra le daba una oportunidad al destino. Conocí hombres estupendos y otros no tanto. Compañeros de ruta que me enseñaron infinidad de cosas. Hasta me atreví a cruzar el océano para vivir nuevas aventuras, como los héroes de mis libros infantiles. Las hojas del almanaque van cayendo y sé, por ejemplo, que no serás el padre de mis hijos ni el cómplice de mis desvaríos de juventud. Ya no verás la piel tersa y la confianza suicida. Con cada golpe perdemos algo de inocencia.
Tal vez en esta vida te has fragmentado y llegas a mí en cada uno de mis amores. La mirada de uno, la paciencia de otro, la pasión exquisita de éste o la creatividad artística de aquél. Quizás resoplas cada vez que alguien habla del tema y maldices a Platón, Coelho y el resto de sus secuaces.
Si es así, si dejaste de creer  y te conformaste con una mujer de la serie, que nunca se pregunta por las historias que esconde el viento del desierto, sabiendo cómo y dónde va a desayunar el resto de su vida, te mereces que deje de buscarte. Aceptaré que la Luna sólo recibe visitas temporales.

Si en cambio, tu aprendizaje te mantiene alejado pero aún sigues preguntándote, al acabar una copa de vino, por mi existencia. Si maldices el cosquilleo que generan en las yemas de los dedos las caricias sin dueño. Si coses las heridas con punto apretado para que no se noten tanto y  así disimular la amargura que encierran. Si entiendes que hay tiempo de sobra aún para recorrer nuevas sendas. Entonces haz el favor de no creer la sarta de patrañas que voy a soltarte cuando te conozca. Abrázame fuerte y no me sueltes, conjuremos  de nuevo la primavera.
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martes, 1 de abril de 2014

Camino a casa

Hace 75 años alguien mintió que la Guerra Civil Española había terminado. 
Como si del infierno se pudiese regresar.
Todo el respeto hacia los que allí quedaron.





Abro los ojos. La habitación en la que estoy es sencilla. Por la ventana entra una brisa que mueve las cortinas blancas y trae el olor de un patio recién regado. Los rayos del sol delatan la danza del polvo en el aire. Las sábanas limpias tienen un tacto suave. Se escucha una voz de mujer que canturrea. Paz. Podría quedarme una eternidad en este sitio pero no puedo. Debo continuar mi camino. No sé cómo he llegado aquí. Lo último que recuerdo es la huída del hospital de campaña. Aproveché la oscuridad de la noche para escapar Los médicos habían dicho que mi oído no estaba cicatrizando bien y que debían operarme la pierna para quitar las esquirlas. Maldita suerte. El sargento que nos hizo avanzar antes de hora y el obús nos cayó al lado. Casi me mata uno de los nuestros, tiene gracia la cosa. Estamos perdiendo. Tanta carnicería inútil no ha detenido el avance de los franquistas. ¿Cómo diablos habré llegado a esta casa?
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