martes, 1 de abril de 2014

Camino a casa

Hace 75 años alguien mintió que la Guerra Civil Española había terminado. 
Como si del infierno se pudiese regresar.
Todo el respeto hacia los que allí quedaron.





Abro los ojos. La habitación en la que estoy es sencilla. Por la ventana entra una brisa que mueve las cortinas blancas y trae el olor de un patio recién regado. Los rayos del sol delatan la danza del polvo en el aire. Las sábanas limpias tienen un tacto suave. Se escucha una voz de mujer que canturrea. Paz. Podría quedarme una eternidad en este sitio pero no puedo. Debo continuar mi camino. No sé cómo he llegado aquí. Lo último que recuerdo es la huída del hospital de campaña. Aproveché la oscuridad de la noche para escapar Los médicos habían dicho que mi oído no estaba cicatrizando bien y que debían operarme la pierna para quitar las esquirlas. Maldita suerte. El sargento que nos hizo avanzar antes de hora y el obús nos cayó al lado. Casi me mata uno de los nuestros, tiene gracia la cosa. Estamos perdiendo. Tanta carnicería inútil no ha detenido el avance de los franquistas. ¿Cómo diablos habré llegado a esta casa?

Debo marchar antes que me encuentren. Quién hubiese imaginado que me convertiría en un desertor. La carta que recibí hace tres meses lo ha cambiado todo. Mi Elvira me contaba  que ha nacido nuestro hijo. Un hijo mío. Le ha puesto por nombre Salvador, como mi padre, que en gloria esté. Ese día me olvidé por un instante de la guerra, del hambre y del horror. Llovía y el agua convertía las trincheras en lodazales apestosos. Comencé a gritar de alegría abrazando al pobre Carbonell, que no entendía nada. Quedé en el suelo, de rodillas, riendo y mirando al cielo. Era un republicano y no podía decirlo en voz alta, pero agradecí por dentro a Dios, a la Moreneta y a todos los santos que recordaba por permitirme vivir una felicidad como ésa. Quiero conocerlo, estrecharlo en mis brazos, besar a su madre y hacerme viejo con ellos a mi lado.
¿Dónde estarán mis botas? Al lado de la cama sólo hay unas alpargatas. Son de mi número. Al agacharme la pierna manda un flechazo de dolor hasta la mitad de la espalda. Mi cabeza no responde muy bien. Una niebla cubre parte de lo que veo. He perdido mucha sangre y aún estoy débil, eso será. Voy despacio hacia la puerta y me asomo apenas. El pasillo está vacío y veo una puerta abierta. Me pego a la pared y llego hasta ella. Nadie a la vista. Libre otra vez. El patio de esa casa da a los campos por lo que no ha sido difícil escapar. Voy hacia un bosque de encinas. He de evitar los caminos. Si me encuentran, rojos o franquistas, me pegan un tiro sin más. Como a los hermanos Soler, 17 y 19 años, que después de la primera batalla en el frente del Segre huyeron espantados a su casa. Del batallón de ciento treinta, volvimos cuarenta y ocho. Su padre, al verlos, tuvo miedo del castigo y los mandó de vuelta a que pidiesen perdón. Los fusilaron sin mucho trámite. Al igual que a aquel teniente que cometió la imprudencia de decir al pasar nuestra compañía “pobres nanos, los llevan al matadero”. Al paredón, por derrotista. Pero aquello era peor que un matadero, por lo menos los animales viven en la ignorancia hasta el último momento, pero nosotros no. El olor de la pólvora y las explosiones  atontaban los sentidos. Avanzábamos apretando los dientes y las balas pasaban silbando a nuestro lado. Recuerdo a Carbonell murmurando
—Me matarán, me matarán.
—Ponte detrás de mí— le dije
Al poco rato una bala le mató. Su cuerpo se arqueó en el aire y cayó al suelo sin ruido. Murió en silencio como había vivido. Su madre vive cerca de mi pueblo, cuando todo pase iré a verla. Le mentiré, diré que fue una granada en la trinchera mientras dormía. La verdad sólo sumaría otra herida. Los agonizantes siempre llaman a sus madres. Es la terrible nana que resuena en las noches de barro y miedo.
El bosque en sombras se deja desnudar por el otoño. He conseguido unos madroños para mitigar el hambre y un hilo de agua medio escondido ha humedecido mi garganta. El dolor no cesa y me cuesta moverme. Un poco más lejos se ve un claro y en él unos pedruscos donde descansar. Me acomodo en ellos. El sol está bajando y el frío me abraza como un viejo amigo. En el cielo una bandada de pájaros vuela hacia el sur. Yo voy hacia el norte. Hacia el pueblo que dejé atrás hace unos meses, que hoy parecen siglos. Subimos al camión entre bromas, con un saco al hombro. Una muda, una manta, un plato, un vaso, un tenedor y una cuchara. En alpargatas, a la guerra. Mi madre, que sabía lo que estaba pasando lloraba en medio de la calle. Elvira le ponía un brazo sobre los hombros y con el otro saludaba fingiendo una sonrisa. Su pelo negro cayendo sobre los hombros y el vestido de flores, mi favorito, ciñéndole el talle. Sus ojos, con el brillo del amor y las lágrimas. En su vientre, una vida que yo desconocía. Salvador, hijo mío. Me estoy durmiendo, deja que te vea en sueños.
He dormitado de a ratos, no puedo fiarme. Al aparecer la luna llena he aprovechado su luz para salir del bosque y caminar. Cobarde. Eso dirán muchos. ¿Cobarde? Esa palabra es para el capitán que me encañonó amenazando con lo peor si no defendía esa posición. Los moros de Franco estaban ya encima. Con la cara desencajada huyó corriendo. Yo grité a mis compañeros
—Si él tiene miedo, a nosotros nos sobra. Vamos- escupí mientras seguía sus pasos.
— ¡Rojillos! ¡Rojillos!—gritaban los moros disparándonos.
Ahora la claridad anuncia la aurora. En el horizonte distingo una silueta familiar. El campanario. El corazón repica desbocado. Aligero el paso. El dolor cual perro rabioso me muerde sin piedad. Mi cuerpo débil no responde como antes. No importa, ya nada importa, estoy cerca. Reconozco tantas cosas, pero otras son diferentes. La maldita niebla de mis ojos me confunde. La plaza, la iglesia, la casa de la familia de Elvira. Llego hasta su puerta intentando que no me vean los vecinos. Golpeo despacio. Se abre la puerta. Apenas puedo sostenerme. Una mujer que no conozco aparece.
—Perdone...Elvira...necesito verla— balbuceo
—Aquí no vive ninguna Elvira, señor
—Elvira Valls... Esta es su casa
—Se equivoca, hace tiempo que vivimos en esta casa y no conocemos a esa familia. ¿Quiere que avise a alguien?— pregunta la mujer preocupada
—No puede ser...Ella...El niño
Mi cabeza da vueltas. Siento un fuego quemándome las tripas y subiendo por los brazos. ¿Qué es esto? ¿Dónde están? El grito sale sin control
— ¡Elvira!
Y con ese nombre desaparece la luz a mi alrededor.


Abro los ojos. Estoy en la misma habitación de ayer. Hay un hombre a mi lado, sentado en el borde de la cama. Tiene mi mano cogida y me habla muy despacio. Me explica que estoy enfermo, que esa enfermedad hace que no recuerde las cosas. Dice que tengo setenta y tres años, que él es mi hijo y que mi mujer murió hace dos años. Lo miro y veo los rasgos de mi padre. Debe ser verdad lo que dice porque sus ojos son iguales a los de mi Elvira. Brillan, como los de ella esa mañana, por el amor y las lágrimas.



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6 comentarios:

  1. Maldito alzheimer que nos roba lo más preciado. Un muy vívido relato Lorena, uno se siente allí en la piel de ese soldado republicano. Un abrazo.

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    1. Ladrón traicionero si los hay, mi querido Esteban. Si he logrado que por un momento te sintieses allí, objetivo más que cumplido. Un abrazo confianzudo, amigo

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  2. Qué emotivo, Lorena, me ha encogido el alma. Poco más se puede decir, quizá nada. Un abrazo, que para eso siempre es tiempo.

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    1. Si como un disco rayado, el protagonista vuelve a su propio infierno una y otra vez, la enfermedad se transforma en el peor de los verdugos. Un abrazo grande grande, amiga mía. Gracias por tu apoyo y calidez, mi Luna no sería la misma sin tus huellas

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  3. Hola, Lorena. Bravo por este relato tan precioso y lleno de humanidad. El final es genial, simplemente; todo cuanto de sorpresa tiene lo convierte en delicado tacto para con este fenómeno clínico tan desventurado como es la patológica desmemoria. La narración en primera persona del soldado me ha parecido brillantísima: pausada, reflexiva y sin nada que le sobre. Enhorabuena, amiga.

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    1. Este relato me costó más de un disgusto en aquella Tus Relatos de nuestros odios-amores. Intentar un ritmo distinto al habitual es caminar sobre una delicada y endeble cuerda floja. Celebro, de corazón, que te haya gustado. Gracias por tus visitas, José, llenan mi satélite de luz.

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