viernes, 23 de mayo de 2014

Backstage



Casi las nueve de la noche y no he escrito el micro de hoy. ¡A quién se le ocurre lo de uno al día! Ana me mira desde el sofá, parapetada detrás del portátil con la suficiencia de sus trece años. Sólo tengo una frase que me ronda en la cabeza desde la mañana “Uno se muere del todo cuando nadie lo recuerda”. Busco en Google por si la he leído en algún sitio y no, es mía. Sobre esa frase comienzo a buscar en mi mente la historia mientras termino de pelar las patatas y ponerlas a hervir.
— ¿Verdura para cenar?—pregunta Ezequiel con cara de adolescente contrariado.
Ante mi mirada furibunda sigue camino hasta la habitación.

“La sala está llena de cajas que evita con dificultad hasta llegar al sofá. Recoge del suelo…”
¡Ostras! ¿Cómo corcho se dice “carpeta al crochet” en español?
Twitter. Mensaje de S.O.S. a mi enciclopedia de las sombras y múltiples saberes, José M.Bartolomé.
—Si aún estás despierto, consulta técnica. Cómo se llaman acá esas mantitas tejidas a ganchillo que decoran los sofás de las abuelas?
—Tapetes. Yo los llamo “putasmierdascogepolvo” pero por tapetes los conoce todo el mundo.
Salvada. Sigo con la escena del hombre recordando a su mujer.

“De una caja cercana asoman unas fotos Ya dije “cajas” en la primera línea.
“Del reposabrazos asoman…” ¿Es reposabrazos o reposabrazo? ¿Apoyabrazos?
“En una silla cercana” ¿Silla cercana? Suena fatal.

—“En la MESILLA descansan unas fotos” —sentencia Ana evidenciando que llevo un rato hablando en voz alta. Carcajada mutua de complicidad.
Redondeo la idea y termino de teclear. Contengo la respiración un momento. Siempre lo hago cuando acabo una historia por más simple que sea. Blogger. Publicar.

La verdura está lista. Pongo la mesa con mis hijos y disfruto del placer inmenso que provoca confirmar que, un día más, he sido fiel a mí misma.

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jueves, 22 de mayo de 2014

Epifanía


El viento frío le despeina el pelo y las ideas consiguiendo que se detenga en medio de la acera. Ella deja en el suelo la bolsa del supermercado y se frota la mano marcada por el exceso de peso. Y ocurre.
Un golpe seco en el centro del pecho, un escalofrío que recorre la espalda, el estómago deshaciéndose en alas agitadas. La tibieza, recorriendo todo el cuerpo y los latidos repicando como las campanas del Ángelus.

Un segundo, dos, cinco y la belleza se esfuma. Con los ojos empañados de emoción acaricia su pecho. Quizás allí dentro el corazón dormido sueña, o tal vez son sus estertores  negándose a morir.  

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lunes, 19 de mayo de 2014

Operación Justicia



Las ocho y media de la noche. Hora perfecta para pasear en la agonizante primavera de la ciudad. El sol aún alumbra y la brisa acaricia. Ella elige minuciosamente la posición ideal en el banco del parquecito. La cristalera lateral del gimnasio queda a escasos seis metros. Ni un solo obstáculo que interfiera las deliciosas vistas. Clase de "spinning", nombre refinado para referirse a doce atléticas y sudorosas personas encaramadas a bicicletas fijas con gesto concentrado cual corredor del Tour de Francia.
Deja el bolso a un lado y comienza el ritual. Con una cucharilla de plástico come muy despacio el helado pantagruélico que acaba de comprar. Siente el despertar de las papilas gustativas, el paroxismo de las endorfinas, la saliva mezclando sabores y acompañando el líquido exquisito hacia la garganta. Entorna los párpados de manera involuntaria mientras las comisuras de los labios se estiran en una sonrisa.
Al abrir los ojos nuevamente, cinco pares de ojos lanzan llamas de envidia desde el otro lado del cristal. Ella levanta del banco esa figura que inspiraría a Rubens para sus Tres Gracias y saluda a los del otro bando.
Inmejorable resultado de la Operación Justicia. Ambas partes saben qué significa desear lo que no pueden tener. 





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viernes, 9 de mayo de 2014

Mis geriátricas

Si eres mujer, mayor de 40, con hijos a cargo y formación fuera de los circuitos oficiales, te encuentras en lo que llamo “el limbo laboral”. Tienes una vasta experiencia que se refleja en toneladas de curriculums, que entregas sólo para masacrar bosques enteros porque su destino final es una papelera.
En las oficinas de empleo tienen una palabra interesante “RECICLARSE”. Que yo sepa, en este país lo único que suele reciclarse es la basura, por lo que cuando salgo de estos despachos de esperas eternas me siento el despojo de un sistema que se llevó los mejores años de mi físico y a cambio tiene poco para ofrecerme.
En ésas estaba, renegando de la máquina de triturar optimismo en que se ha convertido el llegar a fin de semana (lo de fin de mes suena utópico), cuando me enteré de un curso que hacían en mi pueblo. Llevaba tres cursillos en el último año por lo que me sentía bastante conforme, seguramente la parada mejor capacitada de la comarca. Pero Judith, mi incansable trabajadora social, insistió.
“Atención socio sanitaria a personas dependientes en instituciones sociales” Vamos, el auxiliar de geriatría de toda la vida. Allí estábamos, 16  mujeres y un pobre hombre, Josep María, al que pronto rebautizamos como “María José”. El curso duraría la friolera de 5 meses y obtendríamos un certificado de profesionalidad que nos habilitaría para trabajar en instituciones. Sólo 6 tenían experiencia trabajando en el sector y hacían el curso para obtener la titulación imprescindible en Cataluña a partir de enero del 2015. El resto éramos paracaidistas de actividades variopintas buscando una salida.
Como era de esperar, tanta mujer junta 25 horas a la semana generó algún roce, gruñido y/o ceja peligrosamente levantada. Pero con el correr de los días el grupo se fue consolidando. Hubo que dejarse las pestañas estudiando. La falta de costumbre después de diecimuchos años lejos de exámenes hizo que las cefaleas camparan a sus anchas y los intestinos acusaran recibo de los nervios. Anatomía, Farmacología, Nutrición, Patologías Físicas y Psíquicas, Estimulación Cognitiva, Estructuras de las Organizaciones, Comunicación, Movilizaciones de pacientes, Primeros auxilios, Manipulación de Alimentos y hasta preparación de un cadáver.
Y ya se sabe, cuando el conocimiento llega a nuestra vida derrumba muros y prejuicios. Ahora entiendo el mal humor de muchos ancianos. Su cuerpo ya no responde, los huesos se quiebran y no sueldan, el cerebro trastabilla y el pasado devora irremediablemente al presente. Conviven con el dolor cada día y se adaptan lo mejor que pueden.
Las residencias no son “depósitos de personas mayores” y en la mayoría de ellas hay sitio para las risas, los abrazos y la aceptación. Cuando el ayer no admite contradicción, las auxiliares pierden su nombre y se transforman en la esposa, hermana o madre que el delirio reclama. Cuidar a personas mayores no se limita a cambiar pañales XL. Es escuchar 14.000 veces la misma historia y sonreír como si fuese la primera vez, es aprender la letra de una canción con más de medio siglo para tranquilizar al abuelo que no quiere ducharse, es arriesgar el tipo cuando la demencia avanza, es contener la preocupación de las familias y asumir el olvido de otras.
He visto como cada una de nosotras evolucionaba en estos meses. Una se libró de la condena perpetua hipotecaria pactando una dación, otra de la condena sutil del maltrato psicológico cargando sus petates en el coche una tarde cualquiera, un par se enteraron de la llegada del primer nieto y una tercera pudo sostener en brazos a su nieta antes de acabar el curso. Una se casa dentro de unos días, aunque intentamos convencerla de lo contrario y otra descubrió que llevaba siete años legalmente divorciada sin enterarse.
Hemos compartido anécdotas, recetas de cocina, risas, ánimos para lidiar con adolescentes, tristezas y bromas sobre sexo, muchas.
Mujeres que cierran etapas, cosen las heridas del alma, respiran hondo y levantan la frente para mirar a la cara al miedo traicionero con el orgullo de haber sobrevivido a las tempestades.
Una profesora nos dijo “Vais a estar para acompañar a la persona en el tramo final de su vida” Nada más y nada menos.

A saber qué nos depara el porvenir, por qué mares nos llevará el viento, pero en esta incertidumbre hay algo que tengo claro. Si mis días terminasen en una residencia, me iría tranquila si personas como ellas sostuviesen mi mano en el último segundo.

Les presento a mis geriátricas

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