viernes, 9 de mayo de 2014

Mis geriátricas

Si eres mujer, mayor de 40, con hijos a cargo y formación fuera de los circuitos oficiales, te encuentras en lo que llamo “el limbo laboral”. Tienes una vasta experiencia que se refleja en toneladas de curriculums, que entregas sólo para masacrar bosques enteros porque su destino final es una papelera.
En las oficinas de empleo tienen una palabra interesante “RECICLARSE”. Que yo sepa, en este país lo único que suele reciclarse es la basura, por lo que cuando salgo de estos despachos de esperas eternas me siento el despojo de un sistema que se llevó los mejores años de mi físico y a cambio tiene poco para ofrecerme.
En ésas estaba, renegando de la máquina de triturar optimismo en que se ha convertido el llegar a fin de semana (lo de fin de mes suena utópico), cuando me enteré de un curso que hacían en mi pueblo. Llevaba tres cursillos en el último año por lo que me sentía bastante conforme, seguramente la parada mejor capacitada de la comarca. Pero Judith, mi incansable trabajadora social, insistió.
“Atención socio sanitaria a personas dependientes en instituciones sociales” Vamos, el auxiliar de geriatría de toda la vida. Allí estábamos, 16  mujeres y un pobre hombre, Josep María, al que pronto rebautizamos como “María José”. El curso duraría la friolera de 5 meses y obtendríamos un certificado de profesionalidad que nos habilitaría para trabajar en instituciones. Sólo 6 tenían experiencia trabajando en el sector y hacían el curso para obtener la titulación imprescindible en Cataluña a partir de enero del 2015. El resto éramos paracaidistas de actividades variopintas buscando una salida.
Como era de esperar, tanta mujer junta 25 horas a la semana generó algún roce, gruñido y/o ceja peligrosamente levantada. Pero con el correr de los días el grupo se fue consolidando. Hubo que dejarse las pestañas estudiando. La falta de costumbre después de diecimuchos años lejos de exámenes hizo que las cefaleas camparan a sus anchas y los intestinos acusaran recibo de los nervios. Anatomía, Farmacología, Nutrición, Patologías Físicas y Psíquicas, Estimulación Cognitiva, Estructuras de las Organizaciones, Comunicación, Movilizaciones de pacientes, Primeros auxilios, Manipulación de Alimentos y hasta preparación de un cadáver.
Y ya se sabe, cuando el conocimiento llega a nuestra vida derrumba muros y prejuicios. Ahora entiendo el mal humor de muchos ancianos. Su cuerpo ya no responde, los huesos se quiebran y no sueldan, el cerebro trastabilla y el pasado devora irremediablemente al presente. Conviven con el dolor cada día y se adaptan lo mejor que pueden.
Las residencias no son “depósitos de personas mayores” y en la mayoría de ellas hay sitio para las risas, los abrazos y la aceptación. Cuando el ayer no admite contradicción, las auxiliares pierden su nombre y se transforman en la esposa, hermana o madre que el delirio reclama. Cuidar a personas mayores no se limita a cambiar pañales XL. Es escuchar 14.000 veces la misma historia y sonreír como si fuese la primera vez, es aprender la letra de una canción con más de medio siglo para tranquilizar al abuelo que no quiere ducharse, es arriesgar el tipo cuando la demencia avanza, es contener la preocupación de las familias y asumir el olvido de otras.
He visto como cada una de nosotras evolucionaba en estos meses. Una se libró de la condena perpetua hipotecaria pactando una dación, otra de la condena sutil del maltrato psicológico cargando sus petates en el coche una tarde cualquiera, un par se enteraron de la llegada del primer nieto y una tercera pudo sostener en brazos a su nieta antes de acabar el curso. Una se casa dentro de unos días, aunque intentamos convencerla de lo contrario y otra descubrió que llevaba siete años legalmente divorciada sin enterarse.
Hemos compartido anécdotas, recetas de cocina, risas, ánimos para lidiar con adolescentes, tristezas y bromas sobre sexo, muchas.
Mujeres que cierran etapas, cosen las heridas del alma, respiran hondo y levantan la frente para mirar a la cara al miedo traicionero con el orgullo de haber sobrevivido a las tempestades.
Una profesora nos dijo “Vais a estar para acompañar a la persona en el tramo final de su vida” Nada más y nada menos.

A saber qué nos depara el porvenir, por qué mares nos llevará el viento, pero en esta incertidumbre hay algo que tengo claro. Si mis días terminasen en una residencia, me iría tranquila si personas como ellas sostuviesen mi mano en el último segundo.

Les presento a mis geriátricas

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8 comentarios:

  1. Ahora ya entendí por qué me comentaste esta mañana en mi poema, aquello de; "esta noche te enterarás de por qué me ha encantado tu poema". Y ojala se te abra un "nuevo mercado" de trabajo, aunque sea cuidando a nuestros benditos ancianos, si duda ellos se merecen personas admirables como tu. Un abrazo y feliz fin de semana.

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    1. Me emocioné con la coincidencia, de verdad. Un abrazo gigante, Frank

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  2. Una experiencia enriquecedora, sin duda. La cuentas muy bien, con esa capacidad para sentir la verdadera esencia de las cosas que te convierte en minoría. Sentimientos contrarios se gestan en las entrañas del lector presente, porque al mismo tiempo conozco algo de eso. Y lo más importante: la familia que se crea cuando se toma la mano vecina para avanzar o simplemente para compartir la alegría o la pena. Qué necesidad tenemos de esto. Si lográramos comprenderlo algún día.
    Enhorabuena, Lorena.

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    1. Si lográsemos entenderlo, mi querido amigo, muchas medicinas sobrarían. Ojalá esa "familia" nunca falte. Un abrazo confianzudo y lleno de esperanza

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  3. Muy emotivo relato. El final hasta las lágrimas!!!!!!!!!!!!!!EXITOS PARA TODOS!!!!!!!!!!!

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    1. Gracias por tus palabras y por visitarme.Un saludo lunático

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  4. El mercado laboral es realmente terrorífico. La experiencia de la que hablas muy especial. Un abrazo Lorena.

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    1. Cuánta oscura realidad hay allí fuera, mi querido Esteban. Experiencia movilizadora como pocas. Un abrazo, compañero

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