lunes, 22 de septiembre de 2014

A prueba de tijeras




Pocas cosas tan arriesgadas en la España del rey Felipe VI como entrar en las Urgencias de un hospital público. Las caras de la atestada sala de espera no pronostican nada bueno, y la de la enfermera que me atiende aún menos.
—¿Ha tenido fiebre?
—No.
Voy perdiendo puntos para “urgenciar” la consulta.
—¿Diarrea?
—No.
30 puntos menos.
—¿Náuseas? ¿Vómitos?
—No.
80 puntos menos.
—¿Dolor al orinar?
—No.
200 puntos menos y peleando por ser la última de los 17 postulantes. Difícil explicarle que soy de las personas anti-hospitales, que sólo estoy allí porque después de tres días de dolor continuo en la «fosa ilíaca izquierda» mi médico de cabecera me derivó y mi compañero de desventuras me ha traído a la rastra.
Evito comentarle mi teoría de que tengo el apéndice en el lado contrario y por eso casi no puedo apoyar la pierna. Me hacen pasar sola al box después de entregar el botecito de orina correspondiente. Allí me piden el cambio de vestuario. Bata atada a la espalda con abertura generosa para ventear el culo. No llevo móvil ni reloj. El tiempo se para.
Duele mucho, mucho, y me concentro en contar cuántos azulejos rotos hay en la pared de enfrente. En esas estoy cuando entra el médico de guardia.
—No se asuste—dice mientras me coge la mano. 
La profesional en cuestión tiene la piel de ébano, los ojos gris plomo y el pelo encrespado al más puro estilo del actor secundario Bob. Le faltan los caracoles y el pollo medio degollado para completar la escena.
Explica que ese tipo de dolor puede tener múltiples causas que irán descartando. Hace la palpación abdominal pidiendo que puntúe el dolor del 1 al 10. Nunca sabrá lo cerca que estuvo de un puñetazo cuando apretó el punto álgido.
Cambio de turno. Mi compañero de desventuras aparece tras la cortina, pálido, desencajado. Tres horas esperando sin ninguna información han podido con su eterna paciencia. Llevo veintidós horas sin dormir, diez sin comer y cuatro en urgencias. El nuevo médico avisa que el único ginecólogo del hospital está atendiendo tres partos complicados, y dice las palabras mágicas «analgésico vía endovenosa». Se baraja una espera larga por lo que convenzo a mi fiel Sancho de su necesaria presencia en casa, para contener la ansiedad de mi trío favorito. Como las paredes están plagadas de carteles sobre la sustracción de efectos personales, decidimos que sólo me dejaría la ropa y, en el bolsillo de la chaqueta, el móvil.
El Paracetamol entra frío en el torrente sanguíneo y Morfeo me recibe cálidamente. 
Al despertar, una cirujana de impecables guantes azules me comenta que va a hacer una exploración rectal. Siempre creí que los hombres exageraban con su pánico al urólogo, pero estaba equivocada. Deberían darle a uno un vaso de buen whisky antes o después de esa práctica medieval.
Sobre la silla desvencijada veo la camiseta y el pantalón. Ni rastro de la chaqueta. Me han robado. Salgo al pasillo con el carro del suero en la mano izquierda y los lados de la bata impúdica en la derecha. Aviso a la enfermera y se monta el operativo de recuperación. El guardia recorre los boxes y no encuentra nada sospechoso. Me dicen que llame desde una línea del hospital y compruebo el grado de indefensión que sufrimos sin nuestros «amigos comunicacionales». No recuerdo ni un solo número de la agenda. Dejo la llamada para más tarde y subo a una silla de ruedas a la que le falta un reposapiés rumbo a la sala de Rayos. 
Placa. Dos horas más de espera. Silla de ruedas hacia sala de ecografías. ¡Aleluya! Cruzo medio hospital con la cara hinchada, los ojos de mapache, el pelo de la bruja Cachavacha y los calcetines deportivos a mitad de pantorrilla. Ahora entiendo por qué no hay espejos en los hospitales. Como el sitio está al lado de la sala de partos, los parientes que esperan me miran con cara de pena imaginándose mil y un pronósticos desgraciados.
La ecografía muestra un quiste del tamaño de una pelota de ping pong en el ovario izquierdo. Ese día le llamaron quiste, luego le dirían tumor y nombrarán una palabra extraña «endometriosis», pero eso es parte de otra historia. Me dan analgésicos más fuertes y firman el alta. En medio del caos recuerdo el número de la línea fija que acaban de instalar en casa. Llamo y mi compañero atiende
—¡Me traje la chaqueta!—suelta después del hola.
Ni fuerzas para enfadarme. Fuera una tromba de agua sacude los cristales. Un par de ventanas de la sala de espera no se cierran bien por lo que varios cambiamos de asiento.
Cuando aparece el coche que anhelo, su conductor lo aparca bajo la saliente del techo, exactamente colocado para que la catarata de agua de en la puerta del acompañante. Me agacho para entrar y al abrir la puerta me clavo la punta de chapa en la frente.
Vuelvo a entrar en Urgencias, llorando a mares. Lloro por el dolor en la cabeza, por las tripas revueltas, por el miedo a lo que se viene, y por la impotencia de ser pobre en un país que se desmantela.

Y entonces veo la magia. El chico de recepción se apresura a llamar a la enfermera que sale del despacho y me llama por mi nombre mientras me acompaña a un box. El médico que firmó el alta me acaricia la cara mientras sopla la herida y con la enfermera ponen tres puntos de aproximación para evitar la sutura. Mi fiel Sancho, empapado, respira más tranquilo cuando los tres soltamos la carcajada. El personal sanitario sigue preocupándose por las personas que entran en un hospital, aunque no haya manera de atenderlas a todas. Me voy a casa creyendo a rajatablas que hay cosas que ningún presupuesto artero puede recortar.

Dedicado a aquellos que en este preciso momento esperan en una sala de Urgencias y a los que desesperan por no poder atenderlos como merecen.

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8 comentarios:

  1. Vaya una tortura, querida amiga. Espero que ya esté todo superado y que te encuentres recuperada del todo. El relato, magnífico. Deprimente, pero estupendo. He podido sentir como tú, aunque también ha ayudado que en estos últimos meses he tenido que bandear con los hospitales públicos al tener a mi madre ingresada.

    Me ha encantado esa parte en la que entiendes porque en los hospitales no hay espejos. Un toque de humor negro maravilloso.

    Cuídate muchísimo que todos necesitamos las historias de la lunática :) Un beso enorme, de esos de madre que lo curan todo. Y abrazos... todos. :)

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    1. Me encantan los besos de madre, incomparable magia cotidiana. Muchas gracias, Mayte. Aún queda camino en la recuperación pero las cosas van aclarándose poco a poco.
      Seguiremos aporreando las teclas para no dar lugar al desánimo. Un abrazo grande lleno de cariño

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  2. Ufff... Lorena. Sin palabras me dejas... que duro, que tierno, que terrible, que sincero, que bonito. No puedo nada más que desearte lo mejor y mandarte a través de este mar de redes entrelazadas un enorme abrazo.

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    1. Mi querido Esteban, tu apoyo a este blog ha sido una cálida compañía en los días complicados. Recibo tu abrazo y sigo felicitándote por tus logros. Gracias, oscuro compañero

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  3. Lorena, lo has descrito todo tan bien que hasta incluso me he visto recorriendo esos mismos pasillos con la mirada perdida y el más que lógico miedo a desconocer qué vendrá después... Ojala y solo sea un quiste (aunque lo llamen tumor) y éste por supuesto sea benigno. Un abrazo muy fuerte y te deseo con mucho afecto que te recuperes muy pronto.

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    1. Gracias por todo, Frank. La cirugía está cada día más cerca y con ella el final de esta maratónica aventura hospitalaria. Otro abrazo para vos con la alegría de ver muchos de tus sueños cumplidos :)

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  4. Hola, Lorena. Me alegro de tu regreso sano y salvo a tu Itaca particular después de tan arriesgado sometimiento. Verdaderamente la mente es capaz de hacer de toda una tragedia, un elogio al humanismo, y algunas, como la tuya, además, de construir una bellísima y tierna historia que a nadie podrá dejar indiferente. Espero que tu salud haya vuelto al estado sólido, después de todo. Un abrazo.

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    1. Mi salud sigue en stand by, mi querido José. Aprovecho los días buenos para escribir y los no tan buenos para juntar "material" que llene páginas de lunáticas ideas. Gracias por pasar y dejar tu huella en mi Luna. Siempre reconforta tenerte cerca. Un abrazo gigante

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