domingo, 20 de septiembre de 2015

Felicitación para "El rencor de los dioses vivientes"

Hay cosas que deben celebrarse y el primer cumpleaños de un "hijo literario" es una de ellas.
En el blog "Lo juro por mi tatuaje" están de enhorabuena 
y desde la familia de La Lunática quisimos participar en el festejo.

Pillamos todas las cámaras, móviles y trípodes que encontramos, 
subimos al castillo de nuestro pueblo y disfrutamos de varias tardes inolvidables.

El resultado de la aventura mediática son estos vídeos.

José, es nuestra manera de agradecerte los buenos ratos que regalas con tu arte.





Y para compartir con ustedes las escenas editadas, este último



La historia vive en este blog y en este libro

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lunes, 27 de julio de 2015

El hojalatero



Sus manos me rozan con el mismo temblor que las de su padre diez años atrás, una mezcla intensa de amor y tristeza que altera cada molécula de mi esencia. El sendero serpenteante se abre paso entre los árboles hasta llegar al claro, el lugar exacto donde hace poco más de una década despidieron a su madre.

Recuerdo la mirada perdida de su padre que me apretaba contra su pecho como si fuese un escudo, una armadura capaz de defenderlo. Como si un objeto pudiese cubrir el abismo que se abre cuando falta alguien imprescindible.

sábado, 14 de marzo de 2015

Más que un gato





La mayoría de los ateos jamás en su vida han pisado un quirófano. Es difícil mantener la no fe cuando alguien que no conoces de nada va a abrirte con un bisturí. Vienen a la memoria las mil historias escuchadas de parientes y amigos sobre fallos, olvidos y malos entendidos.
A pesar de haber pasado casi ocho meses en el purgatorio de las listas de espera la fecha señalada me pilla por sorpresa. El ingreso se hace la misma mañana con el ayuno y la ducha antiséptica hecha en casa. La enfermera redobla los relajantes para hacer corta la espera y me explica los pasos que van a seguir. Mi médico tiene tanta mala fama que al decir su nombre la mujer hace una pausa antes de agregar

—Tranquila, siempre son dos en quirófano.

Esto promete. La camilla pasea bajo un cielo de luces rectangulares mientras el camillero sonríe y me nombra augurando un «rato cortito». Uno va perdiendo edad por el camino y cuando entra al reino de los barbijos no es más que un niño al que le tiembla la mandíbula. Sólo queda confiar, como cuando exhalamos el aire sin preguntarnos si hay más alrededor.
Somos varios en el pasillo de quirófanos, todos con la bata mínima y los gorritos vintage en la cabeza. A mí me ponen en un rincón junto a los monitores estropeados, interesante coincidencia. Un hombre moreno y bajito, la antítesis del Dr.House, me explica que mi médico no va a operarme y que en su lugar él lo hará según lo que dejó instruido. Lo conozco, llevó mi último embarazo de manera impecable. En siete años no ha perdido la calidez en la voz.
¡Show time! Las puertas vaiven se abren cual salón de western para mostrar el techo plagado de luces redondas.
Una mujer sonríe con los ojos y me pregunta desde su barbijo de florecitas

—¿Sabes qué es un anestesista?—dice simulando un bostezo—. Alguien medio dormido que cuida a otro más dormido.

En una risa me duermo pensando en las florecitas y en el tacto frío del acero en mi espalda.
Al despertar, el cirujano tiene mi mano entre las suyas y explica despacio

—El tumor estaba cubriendo el ovario y la trompa izquierda que no se pudieron conservar. He tenido que desprenderlo de los intestinos pero se extirpó sin provocar daño en ningún órgano. Lo mandé a anatomía patológica para que lo analicen pero tiene toda la morfología de un endometrioma, así que no deberíamos preocuparnos —limpia con el pulgar la lágrima que rueda por mi cara y sonriendo agrega—. La ligadura de la otra trompa está hecha como querías.

La «puta bolita», como la habíamos bautizado en la intimidad, ya no está y su pesadísima carga de dolor espero se haya ido con ella. Y por elección libre mi etapa de reproducción finaliza. Agradezco en silencio el milagro que dos veces ha convertido en cuna a ese triángulo de vida que hoy ha concluido su misión. Cierro los ojos y revivo en un momento el calor especial, las volteretas, las patadas y las caricias que experimenté por dentro. Algo tan importante se merece una despedida a mi manera.
De cintura para abajo tengo tantos tubos conectados como una máquina expendedora de refrescos y ya quisiera el ferretero de mi barrio tener las grapas de la larga herida que marca la línea del bikini. Bikini modelo Frankenstein para este verano. Toca ahora batir los récords de 100 mts llanos en pantuflas mientras empujo el carro del suero, la borrachera de calmantes a cargo de la Seguridad Social y los caldos hospitalarios de fideo único. 
Por la ventana de la habitación 503 el Mediterráneo me parece más azul que nunca. El dolor y el miedo son una combinación infalible contra las preocupaciones estúpidas que cambia tu lista de prioridades. Un suspiro largo, profundo, celebra que por séptima vez he superado un quirófano.
Tal vez las lunáticas tengamos más vidas que un gato.


Dedicado a todas las niñas y mujeres que sufren endometriosis. 
Ojalá algún día nuestro dolor sea cosa del pasado y esta enfermedad tenga cura.

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domingo, 1 de febrero de 2015

Escoba nueva




Pedro Fernández veía el mundo desde otra perspectiva esa madrugada. Casi no había dormido de los nervios y repeinado parecía una versión surrealista de Rodolfo Valentino con su traje de rayas fluorescentes. Su jefe, envuelto en una nube de tabaco permanente le había entregado las llaves con la confianza de quien entrega un móvil de última generación a un niño de dos años.
—Ten mucho cuidado, Fernández, que ya nos conocemos —le dijo con la ceja izquierda en alto.
—Tranquilo, hombre, no va a pasar nada —respondió con la mirada fija en el vehículo de detrás.
Era la máquina barredora más hermosa que había visto. Después de ocho años volvía a tener la oportunidad de dejar el carro y el capazo porque ya había cumplido su penitencia por haber volado tres espejos retrovisores y estrechado ligeramente un Seat Panda aparcado con el lateral del camión recolector. Sólo cuarenta y ocho horas había durado como chofer y de poco le fue no perder el trabajo.
Pero esta vez sería diferente. Se sentó en el mullido asiento y acarició los mandos con delicadeza. La cabina de cristal parecía sacada de una película futurista.
—Coronel Quaritch, sus días en Pandora han acabado —soltó para sí mismo con una risita.
Las calles que debía recorrer hasta la plaza se hicieron interminables. Lo tenía todo planeado. Aparcó en la calle de arriba para que la pendiente del terreno ofreciese la mejor vista. Mientras caminaba hacia el bar giró la cabeza para comprobar que su barredora parecía el corcel negro del Zorro en la cima de una colina. Sabía que Rosa estaría tras la barra y el lunes parecía domingo. La crisis había finiquitado a los autónomos de la construcción con aires de Francisco Hernando y él tenía ahora posibilidades. Al fin y al cabo su humilde oficio, quinta esencia de las amenazas maternales a los que no estudian, era visto de manera diferente. Era un funcionario con plaza fija.
—Buenos días —dijo en voz alta al cruzar la puerta.
—Buenos días, Pedro —contestó Rosa mientras recogía las tazas de una mesa —¿Lo de siempre?
—Vale.
—¿Y el carro?
—No más carro, guapa, no más carro. Ven a ver —pidió con un gesto de mano.
Los dos salieron a la calle.
—¿Qué quieres que vea? —dijo la mujer sin entender.
Pedro no podía responder. La sangre se había congelado en las venas y le pitaban los oídos. La barredora no estaba. Tardó unos segundos-siglos en reaccionar. Corrió hasta el sitio vacío y buscó en todas direcciones con la mirada. Nada.
Balbuceaba como un niño pequeño y la mujer preocupada le hizo volver dentro.
Cuando consiguió recuperarse llamó a su jefe por el móvil. Los gritos casi lo dejan sordo por lo que agradeció que su madre no pudiese escuchar los recordatorios que le dedicaba el hombre.
En un cuarto de hora apareció en el frente del bar montado en una Montesa Impala que resultaba pequeña para su humanidad desbordante. Pudo ver el cigarro encendido y los ojos relampagueantes.
—Sube, reverendo gilipollas.
Una hora y media tardó su jefe en darse por vencido. Cosa que agradeció Fernández porque ya no le quedaban santos y vírgenes a los que encomendarse para no caerse del minúsculo trozo de asiento que le pertenecía. Dudaba que alguien hubiese abrazado alguna vez con tanta fuerza a su encargado.
Al volver al depósito se enteraron de la novedad. La policía había encontrado la barredora.
—La conducían dos sujetos que sustraían bolsos por el método del tirón en la NII —dijo el agente municipal tratando de contener la risa.
Pedro Fernández sólo pudo pensar en la letra de una canción.


«Al que nace para martillo, del cielo le caen los clavos»



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sábado, 17 de enero de 2015

El feo más hermoso del mundo


Laura Acevedo es una mujer moderna, de esa clase de mujeres que distingue entre un tweet, un sms y un mail. Lo sabe porque son las maneras en que más de un cobarde huyó de su vida. Tiene, como corresponde a los que eligen su camino, la mirada intensa, el humor ácido y el corazón hecho añicos.
Su única religión es el conocimiento y cree que las personas son una oportunidad única e irrepetible de aprendizaje, por eso mantiene conversaciones eternas con aquellos que comparten experiencias de vida. Una receta de cocina, una canción olvidada, una palabra en otra lengua, un olor o una historia de la infancia. Todo atesora Laura con su memoria de árbol.
Más de una vez se pregunta qué utilidad tiene aprender tan variadas cosas. En la adolescencia pensaba que esta afición tendría sentido algún día, pero pasados los cuarenta presiente que sólo servirá para deleite personal como aquellos que coleccionan sacapuntas o dedales.
“Una inteligencia desperdiciada” opina su madre que nunca pudo ver a su hija graduada en la Universidad. Laura tiene días en que esta de acuerdo con ella pero otros en que se siente fuerte por haber sobrevivido a innumerables pruebas. Las mujeres pueden conquistar el universo y sentirse luego culpables por olvidar el bocadillo del niño en la encimera. Cosa de los astros, la luna o las hormonas.
Como la mayoría del tiempo se siente pequeña ante las adversidades, ríe. Aprendió que la gente que ríe de su propia suerte parece más fuerte, o más loca. El humor es una armadura eficaz contra enemigos internos y externos.
Hace no mucho había conocido a Jeremías Arzuaga. Era un hombre antiguo, de los que no ven maldad en el prójimo y confían más allá de la prudencia. Lo primero que le llamó la atención de él fue su espalda encorvada. Es que como el hombre llevaba más de media vida escuchando que era pequeño se lo había terminado creyendo y su cuerpo obedecía a la imagen equivocada de su cerebro.
Jeremías tenía los ojos bonitos, la voz gruesa y la sonrisa triste. Era el extremo opuesto al tipo de hombres que atraían su atención así que Laura dictaminó sin dilaciones que era feo.
“Mejor —pensó. No estoy yo para embarcarme en pasiones desenfrenadas que terminan sin rastro de las felices perdices”.
La segunda vez que lo vio confirmó que no era guapo pero reconoció la capacidad espontánea que tenía para hacerla reír. Se ponía nervioso cuando estaba cerca de ella y cometía torpezas entrañables. Ella propuso pasar una noche juntos para comprobar si había química, aunque en realidad pretendía encontrar una excusa para no seguir adelante.
Estaba muerta de miedo porque Jeremías cumplía uno a uno los puntos de una lista que jamás había escrito. Sabía de música, de literatura, de hierbas, de mecánica, de anatomía, de metafísica y un largo etcétera. Pero a pesar de ello era humilde y sabía escuchar.
“Lo importante está en el interior de las personas” había pregonado hasta la saciedad y ahora el maldito universo de Coelho venía a exigir que defendiera esas palabras.
Laura Acevedo nunca había dado un paso atrás y esta vez no iba a ser menos.
Desnudar el cuerpo y las emociones ante un hombre como él fue delicioso. Como hundir las manos en un saco de legumbres, como pasar la lengua por el cuenco donde hicimos la mezcla del bizcocho, como escuchar el latido del corazón al taparnos los oídos.
Supo desde el primer amanecer que Jeremías Arzuaga era diferente a todo lo que había vivido y no se equivocó. Él la veía, sin más y no pretendía cambiarla.
Dicen que repetir un comportamiento y pretender una respuesta diferente es el principio de la locura así que con él pateó el tablero y estrenó amor. No sería fácil, nunca lo es cuando dos vuelven a jugar donde han perdido tanto.
Laura entiende que a su edad las mariposas en el estómago han sido desbancadas por sendos pterodáctilos que revolotean en sus entrañas y se abraza con fuerza a su feo, orgullosa de haberse atrevido, una vez más.


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