sábado, 17 de enero de 2015

El feo más hermoso del mundo


Laura Acevedo es una mujer moderna, de esa clase de mujeres que distingue entre un tweet, un sms y un mail. Lo sabe porque son las maneras en que más de un cobarde huyó de su vida. Tiene, como corresponde a los que eligen su camino, la mirada intensa, el humor ácido y el corazón hecho añicos.
Su única religión es el conocimiento y cree que las personas son una oportunidad única e irrepetible de aprendizaje, por eso mantiene conversaciones eternas con aquellos que comparten experiencias de vida. Una receta de cocina, una canción olvidada, una palabra en otra lengua, un olor o una historia de la infancia. Todo atesora Laura con su memoria de árbol.
Más de una vez se pregunta qué utilidad tiene aprender tan variadas cosas. En la adolescencia pensaba que esta afición tendría sentido algún día, pero pasados los cuarenta presiente que sólo servirá para deleite personal como aquellos que coleccionan sacapuntas o dedales.
“Una inteligencia desperdiciada” opina su madre que nunca pudo ver a su hija graduada en la Universidad. Laura tiene días en que esta de acuerdo con ella pero otros en que se siente fuerte por haber sobrevivido a innumerables pruebas. Las mujeres pueden conquistar el universo y sentirse luego culpables por olvidar el bocadillo del niño en la encimera. Cosa de los astros, la luna o las hormonas.
Como la mayoría del tiempo se siente pequeña ante las adversidades, ríe. Aprendió que la gente que ríe de su propia suerte parece más fuerte, o más loca. El humor es una armadura eficaz contra enemigos internos y externos.
Hace no mucho había conocido a Jeremías Arzuaga. Era un hombre antiguo, de los que no ven maldad en el prójimo y confían más allá de la prudencia. Lo primero que le llamó la atención de él fue su espalda encorvada. Es que como el hombre llevaba más de media vida escuchando que era pequeño se lo había terminado creyendo y su cuerpo obedecía a la imagen equivocada de su cerebro.
Jeremías tenía los ojos bonitos, la voz gruesa y la sonrisa triste. Era el extremo opuesto al tipo de hombres que atraían su atención así que Laura dictaminó sin dilaciones que era feo.
“Mejor —pensó. No estoy yo para embarcarme en pasiones desenfrenadas que terminan sin rastro de las felices perdices”.
La segunda vez que lo vio confirmó que no era guapo pero reconoció la capacidad espontánea que tenía para hacerla reír. Se ponía nervioso cuando estaba cerca de ella y cometía torpezas entrañables. Ella propuso pasar una noche juntos para comprobar si había química, aunque en realidad pretendía encontrar una excusa para no seguir adelante.
Estaba muerta de miedo porque Jeremías cumplía uno a uno los puntos de una lista que jamás había escrito. Sabía de música, de literatura, de hierbas, de mecánica, de anatomía, de metafísica y un largo etcétera. Pero a pesar de ello era humilde y sabía escuchar.
“Lo importante está en el interior de las personas” había pregonado hasta la saciedad y ahora el maldito universo de Coelho venía a exigir que defendiera esas palabras.
Laura Acevedo nunca había dado un paso atrás y esta vez no iba a ser menos.
Desnudar el cuerpo y las emociones ante un hombre como él fue delicioso. Como hundir las manos en un saco de legumbres, como pasar la lengua por el cuenco donde hicimos la mezcla del bizcocho, como escuchar el latido del corazón al taparnos los oídos.
Supo desde el primer amanecer que Jeremías Arzuaga era diferente a todo lo que había vivido y no se equivocó. Él la veía, sin más y no pretendía cambiarla.
Dicen que repetir un comportamiento y pretender una respuesta diferente es el principio de la locura así que con él pateó el tablero y estrenó amor. No sería fácil, nunca lo es cuando dos vuelven a jugar donde han perdido tanto.
Laura entiende que a su edad las mariposas en el estómago han sido desbancadas por sendos pterodáctilos que revolotean en sus entrañas y se abraza con fuerza a su feo, orgullosa de haberse atrevido, una vez más.


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