domingo, 1 de febrero de 2015

Escoba nueva




Pedro Fernández veía el mundo desde otra perspectiva esa madrugada. Casi no había dormido de los nervios y repeinado parecía una versión surrealista de Rodolfo Valentino con su traje de rayas fluorescentes. Su jefe, envuelto en una nube de tabaco permanente le había entregado las llaves con la confianza de quien entrega un móvil de última generación a un niño de dos años.
—Ten mucho cuidado, Fernández, que ya nos conocemos —le dijo con la ceja izquierda en alto.
—Tranquilo, hombre, no va a pasar nada —respondió con la mirada fija en el vehículo de detrás.
Era la máquina barredora más hermosa que había visto. Después de ocho años volvía a tener la oportunidad de dejar el carro y el capazo porque ya había cumplido su penitencia por haber volado tres espejos retrovisores y estrechado ligeramente un Seat Panda aparcado con el lateral del camión recolector. Sólo cuarenta y ocho horas había durado como chofer y de poco le fue no perder el trabajo.
Pero esta vez sería diferente. Se sentó en el mullido asiento y acarició los mandos con delicadeza. La cabina de cristal parecía sacada de una película futurista.
—Coronel Quaritch, sus días en Pandora han acabado —soltó para sí mismo con una risita.
Las calles que debía recorrer hasta la plaza se hicieron interminables. Lo tenía todo planeado. Aparcó en la calle de arriba para que la pendiente del terreno ofreciese la mejor vista. Mientras caminaba hacia el bar giró la cabeza para comprobar que su barredora parecía el corcel negro del Zorro en la cima de una colina. Sabía que Rosa estaría tras la barra y el lunes parecía domingo. La crisis había finiquitado a los autónomos de la construcción con aires de Francisco Hernando y él tenía ahora posibilidades. Al fin y al cabo su humilde oficio, quinta esencia de las amenazas maternales a los que no estudian, era visto de manera diferente. Era un funcionario con plaza fija.
—Buenos días —dijo en voz alta al cruzar la puerta.
—Buenos días, Pedro —contestó Rosa mientras recogía las tazas de una mesa —¿Lo de siempre?
—Vale.
—¿Y el carro?
—No más carro, guapa, no más carro. Ven a ver —pidió con un gesto de mano.
Los dos salieron a la calle.
—¿Qué quieres que vea? —dijo la mujer sin entender.
Pedro no podía responder. La sangre se había congelado en las venas y le pitaban los oídos. La barredora no estaba. Tardó unos segundos-siglos en reaccionar. Corrió hasta el sitio vacío y buscó en todas direcciones con la mirada. Nada.
Balbuceaba como un niño pequeño y la mujer preocupada le hizo volver dentro.
Cuando consiguió recuperarse llamó a su jefe por el móvil. Los gritos casi lo dejan sordo por lo que agradeció que su madre no pudiese escuchar los recordatorios que le dedicaba el hombre.
En un cuarto de hora apareció en el frente del bar montado en una Montesa Impala que resultaba pequeña para su humanidad desbordante. Pudo ver el cigarro encendido y los ojos relampagueantes.
—Sube, reverendo gilipollas.
Una hora y media tardó su jefe en darse por vencido. Cosa que agradeció Fernández porque ya no le quedaban santos y vírgenes a los que encomendarse para no caerse del minúsculo trozo de asiento que le pertenecía. Dudaba que alguien hubiese abrazado alguna vez con tanta fuerza a su encargado.
Al volver al depósito se enteraron de la novedad. La policía había encontrado la barredora.
—La conducían dos sujetos que sustraían bolsos por el método del tirón en la NII —dijo el agente municipal tratando de contener la risa.
Pedro Fernández sólo pudo pensar en la letra de una canción.


«Al que nace para martillo, del cielo le caen los clavos»



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