sábado, 14 de marzo de 2015

Más que un gato





La mayoría de los ateos jamás en su vida han pisado un quirófano. Es difícil mantener la no fe cuando alguien que no conoces de nada va a abrirte con un bisturí. Vienen a la memoria las mil historias escuchadas de parientes y amigos sobre fallos, olvidos y malos entendidos.
A pesar de haber pasado casi ocho meses en el purgatorio de las listas de espera la fecha señalada me pilla por sorpresa. El ingreso se hace la misma mañana con el ayuno y la ducha antiséptica hecha en casa. La enfermera redobla los relajantes para hacer corta la espera y me explica los pasos que van a seguir. Mi médico tiene tanta mala fama que al decir su nombre la mujer hace una pausa antes de agregar

—Tranquila, siempre son dos en quirófano.

Esto promete. La camilla pasea bajo un cielo de luces rectangulares mientras el camillero sonríe y me nombra augurando un «rato cortito». Uno va perdiendo edad por el camino y cuando entra al reino de los barbijos no es más que un niño al que le tiembla la mandíbula. Sólo queda confiar, como cuando exhalamos el aire sin preguntarnos si hay más alrededor.
Somos varios en el pasillo de quirófanos, todos con la bata mínima y los gorritos vintage en la cabeza. A mí me ponen en un rincón junto a los monitores estropeados, interesante coincidencia. Un hombre moreno y bajito, la antítesis del Dr.House, me explica que mi médico no va a operarme y que en su lugar él lo hará según lo que dejó instruido. Lo conozco, llevó mi último embarazo de manera impecable. En siete años no ha perdido la calidez en la voz.
¡Show time! Las puertas vaiven se abren cual salón de western para mostrar el techo plagado de luces redondas.
Una mujer sonríe con los ojos y me pregunta desde su barbijo de florecitas

—¿Sabes qué es un anestesista?—dice simulando un bostezo—. Alguien medio dormido que cuida a otro más dormido.

En una risa me duermo pensando en las florecitas y en el tacto frío del acero en mi espalda.
Al despertar, el cirujano tiene mi mano entre las suyas y explica despacio

—El tumor estaba cubriendo el ovario y la trompa izquierda que no se pudieron conservar. He tenido que desprenderlo de los intestinos pero se extirpó sin provocar daño en ningún órgano. Lo mandé a anatomía patológica para que lo analicen pero tiene toda la morfología de un endometrioma, así que no deberíamos preocuparnos —limpia con el pulgar la lágrima que rueda por mi cara y sonriendo agrega—. La ligadura de la otra trompa está hecha como querías.

La «puta bolita», como la habíamos bautizado en la intimidad, ya no está y su pesadísima carga de dolor espero se haya ido con ella. Y por elección libre mi etapa de reproducción finaliza. Agradezco en silencio el milagro que dos veces ha convertido en cuna a ese triángulo de vida que hoy ha concluido su misión. Cierro los ojos y revivo en un momento el calor especial, las volteretas, las patadas y las caricias que experimenté por dentro. Algo tan importante se merece una despedida a mi manera.
De cintura para abajo tengo tantos tubos conectados como una máquina expendedora de refrescos y ya quisiera el ferretero de mi barrio tener las grapas de la larga herida que marca la línea del bikini. Bikini modelo Frankenstein para este verano. Toca ahora batir los récords de 100 mts llanos en pantuflas mientras empujo el carro del suero, la borrachera de calmantes a cargo de la Seguridad Social y los caldos hospitalarios de fideo único. 
Por la ventana de la habitación 503 el Mediterráneo me parece más azul que nunca. El dolor y el miedo son una combinación infalible contra las preocupaciones estúpidas que cambia tu lista de prioridades. Un suspiro largo, profundo, celebra que por séptima vez he superado un quirófano.
Tal vez las lunáticas tengamos más vidas que un gato.


Dedicado a todas las niñas y mujeres que sufren endometriosis. 
Ojalá algún día nuestro dolor sea cosa del pasado y esta enfermedad tenga cura.

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