lunes, 27 de julio de 2015

El hojalatero



Sus manos me rozan con el mismo temblor que las de su padre diez años atrás, una mezcla intensa de amor y tristeza que altera cada molécula de mi esencia. El sendero serpenteante se abre paso entre los árboles hasta llegar al claro, el lugar exacto donde hace poco más de una década despidieron a su madre.

Recuerdo la mirada perdida de su padre que me apretaba contra su pecho como si fuese un escudo, una armadura capaz de defenderlo. Como si un objeto pudiese cubrir el abismo que se abre cuando falta alguien imprescindible.

En un intento por retrasar lo imposible pidió que guardasen un poco de las cenizas de su esposa dentro de mí. Sus hijos aceptaron y liberaron el resto en la ladera de la montaña donde quedaron suspendidas por un instante antes de fundirse con el bosque. De todos los bienes que he guardado éste fue sin duda el mejor, porque acaso puede una vieja lata aspirar a algo más importante que preservar un puñado de polvo enamorado.

Él me fabricó con sus manos cuando no tenía mucho más para ofrecer que su oficio de hojalatero, aprendido al volver del frente. En la fragua de su pueblo fundió la medalla que lo avergonzaba y golpeando el metal descargó la rabia de un destino inaudito. Su familia, como tantas otras, se salvó del exterminio entregándole a la División Azul, gesto de lealtad al régimen sin discusión. Recorrió a pie los campos helados de Rusia en el invierno más largo de su vida y entendió que en los humanos habita la maldad desmedida. Ambos mandos violaban, aniquilaban y descuartizaban a los vencidos sin escrúpulos ni miramientos.

Lo sé porque estaba allí en la noche aciaga en que contó por única vez la historia a su mujer. Reposaba en la alacena de madera de la cocina, escondida entre las especias y el café cuando los gritos de él despertaron a todos los objetos de la casa. Ella intentó calmarlo y lo trajo a la mesa del comedor. Puso un par de leños en la estufa y le ofreció un vaso de agua. Él no paraba de balbucear incoherencias, entonces ella se sentó frente a él y cogiéndole la cara con ambas manos le pidió

— Cuéntame.

Las compuertas de su memoria se abrieron y una avalancha de horrores llenó la estancia. Las lágrimas de ambos mojaron la mesa. Marchas forzadas sin abastecimientos, muertos empalados en el hielo y caníbales alimentándose en las calles de Leningrado.

— Éramos críos cuando salimos de España y en las costas del Ilmen fuimos capaces de arrasar aldeas… Una locura… Nos dieron una medalla… ¡Una medalla! Si el honor nunca existió en esa guerra, nunca…Tengo miedo todo el tiempo, siempre, siempre…Los demonios nacen en quien menos te lo esperas— dijo él susurrando.

— Ahora somos dos para defendernos de ellos— contestó la mujer que lo acompañaría a todos los sitios hasta el último suspiro. Era esa clase de mujeres que no cuestionaban los motivos y sólo hacía lo que tocaba hacer según su moral simple e inquebrantable.

Fue un pacto sin papeles ni escenarios pomposos, cotidianos y trascendentes como los que tanto gustan a los humanos porque los de esa clase rara vez se olvidan.

Yo fui el cofre del tesoro familiar. No confiaban en los bancos y guardaban en mis entrañas las pesetas que ambos ganaban para un futuro mejor. Iba dentro de las alforjas de la Montesa Brio cuando dejaron su Albacete natal para probar suerte en la pujante Barcelona.

Los años pasaron, llegaron los hijos y los nietos, pero cada tanto los gritos congelaban la noche y la escena de la cocina se repetía como una ceremonia silenciosa de fidelidad.

Hoy el grupo es similar al de la última vez. Tal vez un poco más ojerosos, cansados y viejos. Sus miradas reflejan otro tipo de miedo, el miedo al futuro. Es entendible porque jamás vivieron, ni creyeron, el pasado de espanto de sus mayores, donde cualquier cosa era mejor que lo vivido.

Sólo la nueva incorporación es diferente. Es un niño de siete años con el pelo negro azabache, los ojos encendidos y las mejillas surcadas de lágrimas calientes. Es la primera vez que la Muerte se presenta en su vida y le cuesta asimilar el golpe, pero es el único que no tiene miedo. Tal vez haya suerte y los bisnietos de la generación más sufrida de este país tengan el coraje necesario para imaginar de nuevo un mañana.

El sol de esta primavera asiste a la ceremonia y el aire tibio trae olor a tomillo.Varias manos me sostienen ahora, abren la tapa y echan dentro las cenizas del hojalatero. Por un instante siento una vibración extraña que recorre este metal viejo y oxidado. Quiero pensar que la magia existe y ellos vuelven a estar juntos para sellar el pacto.

Cavan un pequeño hueco en la ladera de la montaña, debajo de una encina, y me acomodan con cuidado. Otra tumba sin nombre, compartiendo la suerte de los vencidos. El pequeño tira el primer puñado de tierra mientras uno de ellos susurra mi epitafio favorito.

— Sit tibi terra levis. Que la tierra te sea ligera.

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3 comentarios:

  1. Maravillosa historia, Lunática querida. Qué historia tan emotiva y bien contada. Creo que aún me queda alguna lagrimilla retenida. Miles de gracias por regalarnos estos cuentos: los echaba mucho de menos. Un abrazo enorme!

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    1. La agradecida soy yo, Mayte, por tus visitas y tu apoyo impagable al blog. Me alegro que te gustase el cuento. Otro abrazo de los nuestros ;)

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  2. Igual que Maite, yo también añoraba mucho estos cuentos dulces y duros que hacen pensar. Un abrazo Lorena.

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