jueves, 6 de octubre de 2016

Cruzar un mar


Dentro de dos días se cumplen catorce años. Catorce años desde aquella mañana en que dejé mi país. Recuerdo como si fuese ahora la cara de mis padres y de mi mejor amigo en el aeropuerto. Disimulaban la tristeza y hacían bromas tontas. A nuestro alrededor otras familias se quebraban como la nuestra. Llevaba de la mano a mis dos hijos, de cuatro y dos años. El mayor aferraba su peluche y se mordía el puño porque sabía que algo estaba pasando. Íbamos disfrazados como personas de dinero que podían pagarse unas vacaciones en Europa, en las maletas no podía haber fotos, recuerdos, ni siquiera ropa de otra estación.Toda precaución era poca para evitar que la Aduana de Barajas nos hiciera volver a las puertas del sueño.
Estaba tan nerviosa que al bajar las primeras escaleras se me cayó al suelo la carpeta con los papeles, pasaportes incluidos. Me agaché a recogerlos y la sensación de pánico se grabó a fuego en la memoria, tanto que puedo revivirla ahora mismo mientras aporreo las teclas. El abismo. «¿Qué estoy haciendo? ¿A dónde voy?»
Es mentira que uno deje su país para no volver, la mayoría de nosotros cree que sólo será un tiempo, hasta que terminemos de acomodar lo económico. Pero las circunstancias cambian, los hijos crecen y el tiesto en el que transportábamos nuestra esencia empieza a echar raíces en tierras lejanas.

En las costas del Mediterráneo que habito hoy había temporal, quizás mañana en Libia una mujer como yo sonría a Caronte y enfrente la tormenta.

Esta mañana los diarios daban la noticia de que en 48 horas se habían rescatado 11.000 personas que estaban a la deriva en el Mediterráneo. El director de Proactiva Open Arms, Oscar Camps, explicaba en una entrevista telefónica que el invierno se acerca y las personas que esperan en Libia intentan cruzar.
«Desde el Paleolítico los seres humanos han migrado para sobrevivir. Las condiciones de vida en el norte de África provocan una corriente migratoria que no parará ante nada.» decía. A la pregunta del periodista, «¿Hasta dónde puede llegar la maldad humana?», respondió «Los que viajan hacinados en la bodega de las barcazas generalmente van encadenados, porque si suben a cubierta pueden hacer que se hunda. Allí muchos mueren asfixiados por la falta de espacio y los gases del motor. Las imágenes que vemos a diario son infernales. Los que tienen más dinero viajan en esas condiciones, a los más pobres se les ofrece pagar la mitad si salen en días de temporal. Llevan escrito en el pantalón, porque creen que es lo último que se pierde al ahogarse, el nombre y el teléfono de su madre. Los pobres esperan el temporal para cruzar.»

El Mediterráneo, la cuna de la civilización occidental, vuelve a ser el escenario de la peor de las barbaries. El continente que hace setenta años enviaba millones de personas a todos los puntos cardinales del planeta después de las grandes guerras hoy mira hacia otro lado e intenta detener lo imparable.
Para los que no se han quedado de brazos cruzados y se juegan la vida y la cordura rescatando personas de las aguas toda nuestra admiración y respeto.
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