viernes, 3 de febrero de 2017

Capítulo I : «Deméter» de Esteban Díaz





¡Estamos de vuelta!
Y en esta nueva etapa el propósito es fomentar la lectura. Para ello echaremos mano de diferentes soportes. Porque lo fundamental, a nuestro parecer, es que las letras que nacen del alma de un escritor encuentren eco en un lector compatible, alguien que vibre en esa misma sintonía.
La primera fase de la luna es la más oscura, y para hacer los honores a este nuevo comienzo hemos invitado a uno de los más oscuros entre los oscuros, Esteban Díaz.

A continuación les dejamos el primer capítulo de su novela «Deméter» en tres formatos:
vídeo, podcast y transcripción literal.
Al final de la transcripción encontraréis los enlaces para seguir conociendo a este autor.


















6 de Julio de 1889, antes del alba

La neblinosa noche de Varna, que ya corría rauda en busca del amanecer, era tan silenciosa como el sueño de un difunto. Desde las sombrías callejuelas del puerto, la muchacha miraba una y otra vez a su espalda, nerviosa, temiendo ver  aproximarse la enorme figura de Vladimir o escuchar la susurrante y ronca voz de Lustz, acompañada siempre por esa risilla desagradable,  que tenía la capacidad de helar los huesos de la joven hasta el tuétano. Misha observó las cajas de madera rotas al fondo del siniestro callejón, cubiertas por una montaña de desperdicios, tras las que había escondido a Vanja, abrazada a la maleta con el escaso equipaje que habían logrado sacar de “El Palacio de la Lujuria y el Pecado”. Desde la esquina de la calle en la que Misha se encontraba vigilando, con los nervios completamente alterados, podía oler el hedor que desprendía el lugar bajo el que se hallaba oculta su hermanita, enterrada entre un mar de sobras de pescado, verduras podridas y aguas fecales. Sabía que su hermana tenía que estar sufriendo terribles nauseas y mareos; seguro que estaría haciendo un enorme esfuerzo para contener las arcadas y no vomitar lo que hubiera dentro de su estómago.

La quietud nocturna sobrecogió a la joven, ni un alma parecía moverse en el puerto de Varna a esas horas intempestivas en las que el sol todavía debía esperar un largo rato antes de iluminar la ciudad con su resplandor. Misha regresó junto a su hermana, haciéndose cargo de la maleta, tomó a la niña del brazo, la sacó del sombrío callejón  y ayudó a Vanja a avanzar hacia la orilla del puerto, siempre alerta a cualquier ruido o movimiento que indicara que habían sido descubiertas por sus perseguidores. Después de un buen rato husmeando por los muelles, finalmente, encontraron el barco que estaban buscando, era una goleta de cuarenta metros de eslora, unos nueve de ancho y quince o dieciséis pies de profundidad. En la oscura madera se podía leer grabado en letras pintadas de un tono carmesí, el nombre de la embarcación: Deméter.
Una enorme tabla unía el muelle con la cubierta, dando acceso al barco. Había  una luz parpadeando en el interior de la nave, provenía desde la cabina que se encontraba bajo el castillo de popa. Andreizj no les había mentido, la tenue luz indicaba que allí se encontraba el hombre que iba a sacarlas de Bulgaria para llevarlas a Londres, donde podrían comenzar una nueva vida, lejos de todo, de Madame Lestkovitz y de las pobres chicas del burdel, del enorme Vladimir y el cruel Lustz y, sobre todo, de su horrible tío Gregor, que era el culpable de todos sus males y de todos sus problemas.
—Andreizj no ha llegado —comentó Vanja con preocupación—. ¿Le habrá ocurrido algo?
—El barco no zarpará hasta las doce del mediodía. Aún está a tiempo de llegar. No te preocupes por él, Van. Andreizj sabe cuidar de sí mismo —respondió Misha intentando mostrarse segura de sus palabras, esperando que de verdad el chico apareciera en el último momento, pero no las tenía todas consigo. Puede que lo hubieran descubierto. Sólo de pensar en lo que su tío podía hacer al pobre muchacho, por el pecado de ayudarlas, se le revolvió completamente el estómago.
—Tenía que haber estado aquí ayer por la tarde, Mish —dijo Vanja que veía claramente la nube de preocupación que cubría el rostro de su hermana.
—He dicho que no te preocupes por él, Van. Aparecerá. Estamos muy cerca de conseguirlo, eso es lo único importante ahora ¿De acuerdo?
—De acuerdo —accedió Vanja, aunque no parecía para nada de acuerdo.
—Subamos al barco y hablemos con ese tal capitán Dimitriev —dijo Misha tendiendo la mano a su hermana menor para subir juntas al barco.
Parece mentira, pero de verdad estamos a punto de lograrlo,  pensó Misha, maravillada al ver lo cerca que se encontraban de conseguir lo que durante tantos años de sufrimiento habían anhelado. Después de tanto tiempo encerradas en la oscuridad y el dolor, nos aguarda la libertad, nos espera más allá del mar; y la puerta es este barco con nombre de diosa clásica: Deméter. ¡Alabada sea!
En el instante en que Misha, apretando la mano de su hermana para insuflarle ánimo y valor, comenzó a subir la rampa para embarcar, sintió como las uñas de Vanja se agarraban a su muñeca con fuerza, raspándole la piel,  provocándole un intenso dolor. La niña se negó a dar un paso más, comportándose de pronto de manera violenta y se dejó caer de rodillas acosada por temblores incontrolables.
Lo que nos faltaba. Otro de sus malditos ataques ¡Cómo siempre en el peor momento!
Si el capitán del barco o cualquier miembro de la tripulación presenciaban el ataque, viendo a su hermana en ese estado, era muy posible que no las dejaran subir a la nave. La epilepsia era considerada como una enfermedad del diablo y lo último que querrían los supersticiosos marineros, sería un pasajero con semejante tara, y mucho menos siendo dos mujeres que viajarían ocultas y en secreto, en un barco de carga sin permiso para transportar pasajeros.
Misha apartó como pudo a Vanja de la embarcación, regresando hacia las sombras. Una vez que se encontraron protegidas por la oscuridad donde nadie podía verlas, ya fuera desde el barco o desde los muelles, le puso a la niña un trozo de tela entre los dientes para que no se mordiera la lengua y, como tantas otras veces, sujetó a su hermana lo más firmemente que pudo entre sus brazos, hasta que el cruel ataque llegó a su final. Tras un rato de atroces convulsiones, la niña se quedó laxa y débil. Respiraba lentamente como si le costara un terrible esfuerzo tomar aire. Vanja señaló el barco con una pálida mano temblorosa.
—Sangre… sangre. Hay sangre…  por todas partes —dijo la niña con una voz, casi inaudible, que parecía provenir de un lugar muy lejano
—¿Qué es lo que dices? —preguntó Misha con el corazón en un puño.
—¡Es un barco en el que viaja la muerte navegando sobre un mar de sangre! —exclamó aterrada su hermana—. No podemos subir a ese barco, Mish. Algo terrible va a suceder durante su travesía. ¡Vámonos a casa!
Misha, que había aprendido por experiencia propia a no desdeñar las premoniciones y presentimientos de su hermana menor, estuvo tentada de hacer caso a la niña. Retroceder todavía más entre  las sombras y fundirse con la noche de Varna, alejándose del barco y del mar.
Pero, ¿a qué casa regresaríamos? Desde la muerte de nuestros padres ya no tenemos ningún lugar al que podamos llamar hogar.
Su tío, Gregor Hideromovich, se había hecho cargo de ellas y había convertido su nuevo hogar en una pesadilla. No, no había para ellas más hogar que una nueva tierra, muy lejos de su pasado y de la oscuridad que las perseguía. Justo en ese momento, con Vanja todavía recuperándose de su ataque y de la consiguiente visión que acompañaba a las convulsiones, dos sombras surgieron al final de los muelles. Dos figuras reconocibles para ambas niñas: una silueta era delgada y pequeña, de movimientos nerviosos como los de una comadreja (Lustz), y la otra era enorme y de movimientos torpes y pesados, como un oso pardo (Vladimir). Los dos matones predilectos de su tío estaban husmeando como sabuesos en el callejón que acababan de dejar atrás, se internaron en las sombras y escarbaron entre los restos de basura tras las cajas, donde minutos antes se ocultaba Vanja. Por lo visto, los trucos usados para despistar a sus perseguidores habían fallado en el último momento. Cuando la libertad se encontraba tan cerca que ya casi podían rozarla con la punta de sus dedos.
Misha tapó la boca de su hermana con la mano, y a pesar de ver la súplica desesperada en los ojos de Vanja, la ignoró, arrastrando a la niña por la fuerza hacia el interior de la goleta.
—Lo que hay dentro del barco no puede ser peor que lo que nos espera si nos atrapan esos dos y nos devuelven al lugar del que hemos escapado. Recuerda lo que pasó después de nuestro primer intento de fuga, lo que me hicieron cuando nos encontraron. Acuérdate de lo que dijo el tío Gregor que haría si lo volvíamos a intentar. Tienes que confiar en mí, Van —susurró desesperada al oído de su hermana, mientras embarcaban en el Deméter.
Encontraron al hombre que buscaban, junto a su primer oficial, en el camarote bajo el castillo de popa, preparando todo para zarpar a la mañana siguiente. El capitán Dimitriev era un ruso de avanzada edad, de escaso cabello gris, rostro severo y ojos claros; por su parte, el primer oficial era un tipo corpulento, un rumano de boca torcida, gesto avinagrado y ojos pequeños que no miraban a las dos muchachas con ningún afecto, dejando bien claro que no le agradaba en absoluto la presencia de esas dos mujeres en el barco. En su expresión malhumorada se podía leer claramente que no estaba para nada de acuerdo con esa anómala situación.
Misha sabía, por lo que le había contado Andreizj, que el capitán tenía muchas deudas de juego que le colocaban en una complicada situación con un grupo de acreedores a los que debía una abultada suma. Por lo tanto, el viejo había aceptado sin dudar el dinero que le habían ofrecido por sacar a las dos jovencitas del país y llevarlas en secreto a Londres.
—Ya lo hemos hablado —masculló el viejo capitán con una mirada autoritaria dirigida a su primer oficial, retomando una conversación anterior en la que seguramente los dos hombres habían discutido sobre la conveniencia de llevar esa carga humana de contrabando. Misha se percató de que el oficial estuvo tentado de discutir con el capitán, pero, finalmente, el hombre de aspecto tremendamente severo se encogió de hombros.
—Su barco, sus reglas —dijo el rumano en un correcto ruso, con cierto acento. Dejando patente su disgusto para luego salir del camarote del capitán sin dirigir la mirada a las dos muchachas, como si estuvieran contagiadas con la lepra.
—Un tipo rocoso. Testarudo como una mula y con un carácter de mil diablos —comentó el capitán, ofreciendo a las muchachas un lugar para que se sentaran, en un banco de madera clavado al suelo, junto a la mesa llena de cartas marinas e instrumentos náuticos—, pero un oficial de primera. No se preocupen por él. Gruñe, pero raras veces muerde, por lo menos si yo no se lo ordenó.
Misha ayudó a Vanja a sentarse. La niña todavía no se había recuperado del todo del ataque sufrido, y se encontraba muy pálida y temblorosa. Dos cárdenas ojeras daban sombra a sus, en ese momento, apagados ojos azules. Entonces, Misha sintió un vuelco en el corazón y el miedo correr libremente por su columna vertebral como un ratón juguetón que disfrutara mordisqueando cada uno de sus nervios. Desde el muelle llegaban voces. Reconoció la inconfundible y desagradable voz de Lustz gritando desde el exterior del barco. La mano de su hermana apretó la suya con temor.
El capitán, que era un hombre perspicaz, notó como su rostro se había demudado al escuchar las voces que provenían del muelle.
—No se preocupen —dijo con un susurro reconfortante—. Nadie subirá a este barco sin mi permiso, señoritas. Se encuentran a salvo aquí. No hay nada que temer.
El viejo marino se hizo con un arma de fuego. Una pistola, que sacó de un armero de madera cerrado con candado que se encontraba junto a su lecho, y escondiéndola bajo su casaca oscura salió al exterior del camarote.
 Misha escuchó atentamente las voces que llegaban del exterior. Por la subida del tono de las voces la muchacha percibió que había comenzado una fuerte discusión, aunque no pudo entender lo que decían, porque las voces sonaban distorsionadas por la distancia, si que pudo reconocer la afilada voz de Lustz que sonaba como un serrucho tajando carne, acompañada por el grave y desprovisto de sentimientos vozarrón de Vladimir, dos voces que nunca en toda su vida podría olvidar. Por suerte, también resonaban con firmeza los furiosos gritos del oficial rumano y la autoritaria voz del capitán que, por lo visto, puso fin a la discusión.
Minutos después, el viejo marinero regresó al camarote con una cordial y tranquilizadora sonrisa dibujada en los finos labios, casi ocultos bajo la barba oscura surcada por hebras grises como hilos de plata.
—Asunto arreglado —contó el capitán—. Esos dos caballeros buscaban algo que se les había perdido, pero ya les he hecho saber que en mi barco no hay nada de su interés. Se han puesto un poco bravucones, pero el enorme cuchillo del señor Lacatus, acompañado de mi sonrisa encantadora, además de la pistola que apuntaba a sus cabezas, les han hecho entrar en razón. Han seguido buscando, sea lo que sea que extraviaron, muelle abajo.
—¿No sospecharan de su actitud agresiva? —inquirió Misha, todavía atenazada por los nervios y el temor—. Pueden pensar que usted, capitán, esconde algo.
—Ningún oficial hubiera dejado subir a su barco, la noche antes de zarpar, a dos hombres con el aspecto de esos dos tipos. Nuestros barcos son nuestros reinos, señorita, y no permitimos a los bravucones hacer su antojo en nuestros reinos. Seguramente han tenido ya alguna conversación semejante con alguno de mis camaradas muelle arriba, y tendrán alguna más muelle abajo. No, señorita, no sospecharán nada. Como le dije a Andreizj: en mi barco se encontrarán a salvo y las llevaré a Londres sin que sufran ningún mal. Por cierto, ¿dónde se encuentra el pequeño truhán? Tenía entendido que nos acompañaría en este viaje.
—No lo sabemos —respondió Misha, preocupada—. Lo esperábamos hace horas, pero no ha acudido a nuestro punto de encuentro, por eso vinimos al muelle de noche y buscamos su barco nosotras solas por nuestros propios medios. Quizá se ha retrasado y llegue antes de la hora de partida, pero lo cierto es que no sabemos nada de él desde hace días.
El capitán las escrutó con ojos inquisitivos, intentando averiguar la historia que acompañaba a esas niñas y la relación que las unía con su sobrino.
Seguramente ha perdido la cabeza por la espigada pelirroja. La verdad es que no me sorprende. Si yo tuviera varias décadas menos y mi corazón no estuviera quebrado por la vida, o si aún sintiera la estúpida alegría de la juventud y el ardor que la acompaña, también correría detrás de esas faldas. Eso va a suponer un problema para los hombres. Lástima que no estén llenas de granos y verrugas. Si fueran feas y obesas, eso facilitaría un poco las cosas… aunque sólo un poco, pues estoy convencido que después de un mes navegando en alta mar, más de un miembro de mi tripulación se follaría cualquier agujero por repugnante que fuera el envoltorio. Ojalá pudiera echarme atrás y sacar a estas pobres niñas del barco. No saben el peligro al que se enfrentan durante la travesía, pero no puedo, siento la soga anudándose en mi cuello, limitando mucho mis opciones.
—Esperemos que Andreizj llegue a tiempo —dijo—. Siempre quiso echarse a la mar para navegar conmigo, pero mi hermana no lo había permitido hasta ahora. Es un buen chico, pero sólo me dio la mitad de una bolsa de monedas. Me prometió que ustedes, señoritas, me darían otra parte al embarcar y una parte final al llegar a destino. Siento ser tan poco cortes, pero estos tiempos que corren no son corteses, son malos tiempos, en los que abundan los hombres malos, como esos amigos suyos que se acaban de marchar.
Misha sacó rápidamente una pequeña bolsa llena de monedas, que había separado del resto de lo que le había robado a su tío al escaparse del burdel, y le tendió la considerable suma al capitán. El viejo lobo de mar cogió la bolsa, guardándola después en un bolsillo interior de su casaca, sin tan siquiera abrirla.
—Los malos tiempos mejoran al conocer a bellas damas como las aquí presentes —comentó el capitán, riendo con una alegría contagiosa, mientras acariciaba juguetonamente, casi con lujuria, el bolsillo donde había guardado el dinero—. Tengo mucho trabajo, el amanecer se acerca raudo por el horizonte y a media mañana todo debe estar preparado para partir. Las acompañaré al pequeño refugio que mi amigo Lacatus y yo hemos dispuesto para ustedes, señoritas. Lamento comunicarles que no es gran cosa, me temo que nada de comodidades y sí muchas incomodidades, pero les servirá para llegar al lugar al que desean llegar, y es bastante secreto y difícil de encontrar, por lo tanto, las mantendrá ocultas a ojos indiscretos hasta que zarpemos y nos encontremos en alta mar; y luego ocultas a las manos y los ojos celosos de los agentes de aduanas con los que nos crucemos durante el viaje. Los sobornos son muy útiles contra semejantes esturiones, pero, aun así, es mejor saber que las señoritas se encuentran bien escondidas y a salvo cuando esas alimañas suban al barco. Creo que unas buenas de esas monedas, que celosamente guarda la dama, serán muy útiles, llegado el caso, para tapar ojos y cerrar bocas, ¿no le parece así a la joven?
Misha asintió, entendiendo perfectamente a donde quería llegar el capitán, y dejó caer otra buena cantidad de monedas en las arrugadas manos del viejo.
—Con eso será suficiente, querida señorita. Acompáñenme, pronto esto se llenará de marineros y jornaleros que vendrán a cargar la bodega con las mercancías que transportáremos en esta travesía: cajas de arena de plata y un encargo de cincuenta cajones de tierra que deben llegar a Londres.
—¿Arena de plata? —preguntó Vanja con curiosidad. La muchacha de largos cabellos rubios había comenzado a recuperar el color y el aliento. Sus ojos azules volvían a brillar con la intensidad habitual en ella. Tan brillantes como dos zafiros bañados de luz.
—Sí —asintió el capitán—. Se utiliza para pulir piedras litográficas.
—¿Y la tierra? —inquirió Misha, extrañada por tan singular cargamento.
—Eso sí que es un misterio, señorita, incluso para mí. Cincuenta cajones llenos de tierra, procedentes de Transilvania, de Bistriz o de los alrededores, que deben ser transportados a Inglaterra. ¡Qué el diablo me llevé si sé para qué demonios alguien quiere llevar tierra de Transilvania a Londres!, pero el caso es que es un transporte muy, pero que muy bien pagado, así que el diablo se lleve las preguntas, como dicen en mi pueblo natal. ¡Bienvenidas al Deméter, señoritas! ¡Qué la travesía sea benigna y las olas nos acunen con amor durante lo que dure el trayecto!



Espero que hayas disfrutado de este autor.

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4 comentarios:

  1. A tus pies Lorena. Muchas Gracias de nuevo. Es un honor absoluto inaugurar esta nueva etapa en tu luna que seguro va a estar llena de éxitos y alegrías. Un abrazo enorme.

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    1. Sabes que mi Luna se viste de gala para recibirte, Esteban, porque tus historias lo ameritan. Seguiremos recorriendo caminos porque la meta es sólo una excusa. Gracias por confiar en nosotras. Un abrazo, oscuro querido

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  2. Una gran entrada, un gran autor y un aspecto formidable el de tu blog, querida luna. Una suerte para todos que vuelvas a las andadas.

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    1. Es como las relaciones de pareja, mi querido amigo, si vamos a intentarlo de nuevo que sea por todo lo alto. Y qué mejor que este autor para comenzar el nuevo camino :)

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