miércoles, 7 de junio de 2017

Ayer hice un trío


Ayer tocaba médico en el Hospital de Calella. Otra vez al sótano de siempre a detener el tiempo. Como conozco de memoria la rutina me llevé "El último abecedario" de Gonzalo Jeréz @elselenita que me había robado toda la tarde anterior y la mitad de la noche. Necesitaba un lugar donde sentirme a salvo de lo que me esperaba. La ciudad convulsa, caótica y vista desde el caleidoscopio de personajes que plantea Gonzalo era perfecta.
Continué el vuelo sobre las páginas y llegué a la letra S (cada letra es un personaje y juro que odias que sólo haya veintisiete). Una abuela buscaba sentido al pasado mientras cuidaba de su nieto y padecía por la suerte de sus hijos. Y allí, en ese sentimiento que conozco de sobra sucedió el milagro de la buena literatura. Ese momento en que conecta contigo y te abraza, te consuela o te despierta, según te haga falta. El Selenita aporreaba sus teclas y conectaba con una madre preocupada en la sala de espera de otro hospital, el San Jaime en este caso. Un par de lagrimones talla extra grande decoraron las páginas del libro, porque el puñetero Gonzalo ha puesto el alma en sus historias y eso se nota.
Me limpié los ojos y entré al consultorio al escuchar mi nombre. Allí estaba uno de mis médicos favoritos, Alejandro López, el que me operó en 2015, el que confirmó que la endometriosis había campado a sus anchas en mí. No habíamos vuelto a coincidir en este tiempo. Le conté que había sido parte de uno de mis relatos y le gustó la idea. Siempre ha sido uno de esos médicos que te reconcilian con la profesión. Se tomó media hora para teclear un informe que justificara la derivación al hospital de máxima complejidad de Cataluña. Y en ese teclear me fue explicando lo complicada que había sido la cirugía, lo comprometidos que estaban los órganos (ovarios, trompas, útero e intestinos) y la probabilidad que el cuadro se hubiera repetido en este tiempo porque mi cuerpo no respondía a los tratamientos. Me lo iba diciendo despacio, mirándome a los ojos, como deberían decirse siempre las cosas importantes que afectan tu futuro. Porque en esos momentos uno viene a ser como un niño pequeño con un casco de plástico y una lanza de palo de escoba defendiéndose de un tsunami.
Le agradecí su calidez y sinceridad, no son las normales por desgracia.
Salí del consultorio con una pila de papeles para tramitar la derivación en el mostrador del primer piso pero las escaleras se me hicieron eternas. Elegí un rincón a mitad de camino, saqué el móvil y volví a leer un par de capítulos del "Diario de un escritor quejica" de Blas Ruiz Grau @BlasRuizGrau para darme ánimos y de paso el mail que me escribió. Porque es tan rematadamente buen tipo que contesta los mails estando de vacaciones.

"Sea como sea seguimos aquí, vivos, dispuestos a dar guerra."

Respiré hondo, metí el móvil y el libro en la mochila como quien mira de reojo para comprobar que los compañeros de trinchera sigan contigo y continué el periplo. Mi incombustible sonrisa volvía a estar presente.
Vale la pena seguir la batalla porque en algún lugar hay pirados entrañables, como estos dos, escribiendo libros que quiero leer.
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