martes, 4 de julio de 2017

Firmas


     La primera firma de mi vida se pierde en la memoria de la infancia. Cuando no sabía hacerla dibujaba cuatro monigotes: una nena, un perro, una casa y un sol. Era mi manera de firmar las cartas kilométricas que mi madre escribía a mi abuelo. La escenificación de un “Yo estuve aquí” que repetí en algún pupitre escolar y en las poesías que escribía en aquella época. Con grandes círculos y tachones o pequeñita con subrayado titubeante, dependiendo del ánimo de ese día.
     Luego vendría el graduado y el primer contrato de trabajo. Los papeles van cambiando de tamaño e importancia con el correr de los años, el trazo se vuelve seguro y cuando menos lo esperas estás firmando delante de una jueza mientras la familia aplaude, tu madre llora y tu flamante marido te da un beso en la boca con más nervios que arte.
     Haces planes, desordenas sábanas y discutes por tonterías. Exiges a tu compañero de aventuras la devoción y equilibrio de un monje tibetano y después de deshojar media docena de calendarios ya has firmado una libreta de familia. Tiemblan las convicciones y tu otrora palacio es una habitación pequeña de la que dos rinocerontes intentan escapar derribando las paredes. Las promesas que has hecho por escrito se convierten en papel mojado, de lágrimas básicamente. Toca mirar hacia donde no quieres, asumir que el acuerdo ha terminado y repartir lo más preciado, el tiempo de tus hijos.
     Nunca olvidaré ese día tan importante. Juro que al firmar el final pude oler las flores del principio, pero esta vez no había aplausos ni familia cerca. Salí del juzgado y caminé sola hasta la estación. Los primeros pasos del camino que me llevaría de vuelta hacia mi esencia.
     Si me hubiesen explicado que tardaría unos años, pero conseguiría hacer las paces con los demonios de fuera y de dentro; que bajaría hasta lo más profundo y allí encontraría el amor propio que había perdido; que dejaría de cuestionar a los espejos y escucharía en cambio las historias de vida de los que me rodeaban habría preguntado sin dudar.


—¿Dónde hay que firmar?
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