domingo, 10 de diciembre de 2017

Mi árbol





Suelo sonreír cuando escucho las críticas a la Navidad como celebración comercial. Para mí siempre ha sido una época especial, de las pocas que podía ver al resto de mi familia. Un zafarrancho de costumbres variopintas producto de la integración cultural argentina. Sidra, pan dulce (panettone), turrón de cacahuetes, vitel toné y regalos debajo del árbol a las doce de la noche.
El árbol. Mi preferido era el de mi abuelo, tenía como treinta años y unas ramas de plumas teñidas de verde. Un Papá Noel de cuando mi mamá era chica con una barba de algodón carcomida, unas bolas de vidrio finísimo que iban cayendo como soldados en combate y unas guirnaldas de felpa eran los adornos. Nunca hubo presupuesto para luces. Lo adoraba y a la danza de comida, vestidos de tirantes, petardos y lágrimas melancólicas que se formaba alrededor.
Cada 8 de diciembre de mi vida adulta he montado el árbol. No he faltado a esa tradición ni en el primer diciembre en este lado del mundo. Mi árbol europeo ha ido creciendo en estos quince años de navidades invernales. Está torcido y es hortera como pocos. En sus ramas de alambre y plástico cuelgan las tarjetas/manualidades del cole, que son las protagonistas de las discusiones tradicionales sobre autoría. Hay poemas en castellano, en inglés y en catalán, estrellas de cartulina con deseos de trabajo para todos que llevan una década sin cumplirse, muñecos de nieve hechos con calcetines, una punta dorada que hemos arreglado mil veces y dos hilos de luces que coronan la esperpéntica decoración. Las dos veces que el desamor tocó mi puerta y hubo que partir peras lo tuve claro: mis hijos y el árbol. El resto era intrascendente.
Al poner el trapo que tapa las patas apuntaladas con cartón lo miro una vez más y me vuelvo a enamorar. Cómo no quererlo si tiene quince años de caricias de mis enanos, horas de peleas sobre el orden de los adornos, cientos de sonrisas recordando anécdotas de otras Navidades, y el abrazo que nos damos cuando terminamos de armarlo.
Mi arbolito de Navidad, el dios pagano de la República de mi casa, emocional y destartalado como yo. Que la vida nos permita celebrar muchos años juntos y que algún día alguien te recuerde con el mismo amor que yo al de las plumas verdes.

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